Punto de Fisión

La manga riega

Es normal que haya gente que se resista a admitir la evidencia del cambio climático, a pesar de que la movida ya tiene todos los visos de una teoría científica. Con la ciencia sucede que buena parte del vulgo considera que una ecuación matemática es cuestión de fe y por eso muchos de ellos han decidido desconfiar de la eficacia de las vacunas o la utilidad de la quimioterapia, lo mismo que desconfían de la evolución de las especies o de la redondez de la Tierra, atrincherándose en lecturas de la Biblia o en chorradas de curandero. Es una lástima que el doctor Rosado (aquel cantamañanas que recetaba apagar cigarrillos en el vientre de los niños para evitar ahogamientos) naciera demasiado pronto, porque hoy día se forraba.

La comunidad científica lleva décadas advirtiéndonos de los peligros del calentamiento global, del aumento constante de temperaturas y de los desastres naturales que nos aguardan en forma de tifones, sequías, riadas, incendios pavorosos y glaciares derretidos. Ante la avalancha de datos, nos quedamos igual que Groucho Marx en aquella escena en que decía: "Esto lo entendería hasta un niño de cinco años". Y luego, ya en voz baja: "Que traigan a un niño de cinco años, a mí me parece chino". Llegó finalmente el niño (en este caso una niña ecologista, Greta Thunberg, no de cinco años sino de diecisiete) y cuando todo el mundo parecía entenderlo, los mismos de siempre se replegaron diciendo que no, que ellos preferían escuchar a los científicos. Concretamente, a los mismos científicos que llevaban desoyendo varias décadas.

Desde el primo meteorólogo de Mariano Rajoy -aquel inútil incapaz de diferenciar el clima del tiempo atmosférico- ha llovido lo suficiente como para empezar a ponernos las pilas, cortarnos un poco con las emisiones de CO2, buscar formas de energía alternativas, pero nuestra afición por el folklore nos ha llevado a un punto en que parece que vamos a repetir la historia del arca de Noé, como si retáramos a Dios, a la Naturaleza o a lo que sea, a ver si tiene cojones de lanzar otro diluvio. Esta actitud infantil y un tanto suicida evoca aquel juego que practicábamos en la infancia con los jardineros: "La manga riega, que aquí no llega". Que en el Amazonas y en Australia hayan ardido en menos de un año millones de hectáreas boscosas equivalentes a la superficie de cuatro o cinco países europeos no nos afecta lo más mínimo. Al final estamos poniendo en práctica aquella idea de bombero de George Bush, que proponía talar más árboles para evitar incendios forestales. Por algo el apellido del buen hombre significa "arbusto".

En fin, nunca he entendido muy bien por qué a los reaccionarios los llaman así, cuando si por algo se caracterizan es por reaccionar tarde, mal y nunca. Con el cambio climático está sucediendo lo mismo que cuando Pasteur anunció el descubrimiento de las bacterias y se le rieron en la cara porque nadie creía que pudiera existir algo tan pequeñito. Son la misma gente que en 1967 se oponía a los trasplantes de corazón y en la Edad Media a la invención de las gafas. Por lo demás, el signo más claro del apocalipsis que se nos viene encima es que antes el tiempo era una conversación de ascensor y ahora es un asunto de Estado.