Punto de Fisión

Almeida ataca de nuevo

Hay gente, por ejemplo, mi madre, que no soporta las películas del inspector Clouseau: es un hecho. Ver a Peter Sellers cayéndose escaleras abajo (o destrozando involuntariamente un museo, o provocando sin querer un incendio pavoroso) le provoca un repelús automático, fisiológico, intolerable. "Pero qué tío más patoso y más mendrugo, por Dios, no hay quién lo soporte". Es más o menos el mismo disgusto metafísico que sentimos los madrileños ante cada nueva tropelía del alcalde Almeida, un individuo casi inverosímil que parece extraído de los garabatos de un tebeo o de entre los personajes de una comedia de Blake Edwards. Peter Sellers era un actor extraordinario que ponía voz de tonto, se colocaba un bigote y un sombrero y por pura taumaturgia, apenas Edwards decía "acción", se transformaba en el inspector Clouseau; pero Almeida va tres pueblos más allá, Almeida es Clouseau corregido y mejorado, Clouseau en gafas y dientes, Clouseau que se hizo carne y habitó entre nosotros.

Uno de los grandes agujeros de la franquicia de la Pantera Rosa es el hecho inexplicable de que un sujeto tan zascandil y tan inútil como Clouseau haya ascendido hasta inspector jefe de la Sûreté, cuando difícilmente podría haber pasado de vigilante en un puesto de anchoas. Sin embargo, lo comprendimos todo cuando Almeida alcanzó la alcaldía de Madrid mediante un pacto rocambolesco a tres bandas que ríete tú de los guiones de Blake Edwards. Aun así, el inspector Clouseau se hacía querer, a pesar de su torpeza irremediable, porque Sellers le imprimía al personaje una inocencia y una ternura por la que se le perdonaba cualquier catástrofe. Con Almeida, en cambio, el espectador advierte en seguida la distancia que va de la realidad a la ficción y lo que duele de verdad un pelotazo en plena cara.

El pelotazo, nada metafórico, se lo llevó estampado en la jeta un niño directamente desde el empeine de Almeida, después de que el alcalde se adornara en el centro del campo con una serie de virguerías futbolísticas en las que se puso a imitar a Maradona, dejando claro que ninguno de los sucesores de Peter Sellers, ni Roberto Benigni, ni Ted Wass, ni mucho menos Steve Martin, le llegan a los talones. También dejaba claro que la cultura para él consiste básicamente en pegarle patadas a un balón, por eso tampoco hay que reprocharle mucho la barbarie cometida al eliminar los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la guerra civil en el cementerio de la Almudena. Es, simplemente, el equivalente a una patochada más de Clouseau, un spin-off de aquella hilarante secuencia con la aspiradora.

Ante gañanes de este calibre, y teniendo en cuenta la estela de destrucción que van dejando a su paso, cabe replantearse seriamente la sentencia platónica acerca de que la ignorancia es la madre de todos los males. "Atila el huno es un voluntario de la Cruz Roja comparado con él" dice el pobre comisionado Dreyfuss transmutado en un villano diabólico tras los repetidos encontronazos que lo han llevado al manicomio. En La pantera rosa ataca de nuevo hay una secuencia prodigiosa en la que Clouseau, paseando por una feria y sin darse cuenta de nada, va acabando uno tras otro con los veintitantos asesinos profesionales encargados de matarlo. A su lado, las masacres de John Wick parecen cacerías de conejos, pero Almeida está a dos pasos de superar a Clouseau sólo con la vara de alcalde. No digas sí, Dodó, di oui.