Punto de Fisión

El colapso

Del mismo modo que Chernobyl fue la teleserie estrella del año pasado, El colapso, obra del colectivo francés Les Parasites, es la producción por excelencia de lo que va de 2020, un año marcado por la plaga de una pandemia que arroja sobre estos ocho capítulos asombrosos la sombra de una doble amenaza. Porque si algo ha demostrado el coronavirus es la fragilidad de las estructuras socioeconómicas en las que nos sustentamos: ha bastado un microbio para poner el mundo patas arriba, petar hospitales, cerrar fronteras, reventar mercados, cortar carreteras, clausurar el tráfico aéreo y hacer que el sistema financiero pierda hasta los palos del sombrajo.

Mientras Chernobyl hablaba en pretérito perfecto de la mayor catástrofe producida por el hombre, El colapso lanza la enésima advertencia sobre el apocalipsis por venir, un terremoto universal del que ya hemos recibido diversos avisos. Uno de los episodios, centrado en la explosión de una central nuclear, resalta ese aire de familia, aunque lo primero que hay que señalar es que, por ambición, factura y contundencia, El colapso resulta mucho más plausible y amenazadora que la cacareada Years and Years, además de dar infinitamente más miedo que sobrevalorados tostones del estilo de Dark o El visitante. La angustia de esos ocho planos secuencia (que van desde los veinte minutos escasos hasta la casi media hora del penúltimo, casi inverosímil en su dificultad técnica) muestra el derrumbe de una civilización que se desmorona en cuestión de segundos, sin tiempos muertos, sin sensiblerías ni burdas concesiones al heroísmo.

No es extraño que haya sido un grupo de cineastas franceses el que se ha atrevido a llevar al límite lo que podríamos denominar género post-apocalíptico: ya lo hicieron en los 50 y los 60 con el polar, una estilización del noir estadounidense, y a principios de milenio con el nuevo extremismo francés, variedad truculenta y casi insoportable del cine de terror cuya brutalidad deja en mantillas al gore norteamericano, al giallo italiano y al J-Horror japonés. En cierto sentido, puede decirse que El colapso es algo así como una película de zombis sin zombis, una ecuación horripilante libre de elementos sobrenaturales donde no hay cadáveres resucitados ni mordiscos desde el más allá, pero sí muchedumbres enloquecidas, falta de alimentos y suministros, hordas de saqueadores y paisajes del fin del mundo. A su lado, al lado de su sinceridad implacable, La Guerra Mundial Z, The Walking Dead e incluso las peores pesadillas de George A. Romero se han convertido de repente en operetas cómicas. Aquí el infierno está donde siempre estuvo, como había advertido Sartre: en los demás.

Salvo el último episodio, redundante y completamente prescindible, la teleserie muestra en siete escenarios diferentes el castillo de naipes al que podría reducirse la civilización occidental apenas dejara de salir agua del grifo. Un supermercado donde falta de todo y el corte de luz no permite usar tarjetas de crédito; una gasolinera donde empieza a racionarse el combustible; unos millonarios que han comprado a precio de oro su salvación en una isla remota; una comuna saturada de hambrientos; una residencia de ancianos abandonada a su suerte y donde un único enfermero intenta mantener la humanidad a toda costa. La lección es evidente, la hemos visto en las hambrunas de África, en el maremoto del Índico, en el desastre del Katrina, pero ocurre que nadie escarmienta en cabeza ajena y los remedios llegarán demasiado tarde. Toda esa filfa neoliberal de que el egoísmo es bueno se derrumba a la primera de cambio, apenas uno comprende que sólo la cooperación y la solidaridad pueden salvarnos. Advertidos estamos.