Punto de Fisión

Rescates sin papeles

 

No he visto publicada en muchos sitios la noticia de los dos manteros senegaleses que se lanzaron al agua para colaborar en el salvamento de una muchacha en una playa de Marbella. Probablemente las redacciones de periódicos y telediarios andan saturados con otra clase de rescates, pero quizá la hazaña hubiera merecido algo más de eco. Eran las nueve y pico de la noche; la mar estaba intratable; la víctima se ahogaba a doscientos metros de la orilla; su novio pedía auxilio desesperado; José Lacalle, jugador de waterpolo y nadador experto, oyó los gritos, se lanzó al agua sin pensarlo y llegó hasta ella en seguida pero empezó a flaquear durante el regreso, a contracorriente y con la muchacha a remolque. Fue entonces, mientras un corro de gente observaba impotente desde la orilla, cuando Fallou Mbalo y su amigo se arrojaron a las olas, alcanzaron a la muchacha y la remolcaron hasta tierra firme. "Tuvieron que sacarla ellos" dijo Lacalle. "Yo ya no podía más".

La edición digital de Diario Sur, la que más detalladamente se ocupa del rescate, no especifica el nombre del amigo de Fallou que decidió acompañarlo en el rescate. Pudo ser Ale Gueye o Yapsa Ngom, poco importa cuando, por lo general, esta gente no tiene nombre, nunca aparece en las noticias más que en referencia a un colectivo anónimo y casi invisible; un colectivo que ha alcanzado España de milagro, cruzando a través de catástrofes, desiertos, mafias y naufragios; que sobrevive como puede, a salto de mata, en cuchitriles atestados de humanidad, y que araña unas pocas monedas a base de vender lo que sea, bolsos, gafas y camisetas de fogueo. Quién sabe si, al escuchar los gritos de socorro, al lanzarse de cabeza a las olas, Fallou y su amigo no tuvieron que espantar el ultimátum del mar, el recuerdo de otra tormenta en el Mediterráneo y otra voz caída de una patera.

Hay poco periodismo sobre los manteros, a pesar de las historias espeluznantes, atroces y conmovedoras que muchos de ellos podrían contar, pedazos de vida que revelarían esa zona en tinieblas de un continente que no queremos ver, que huye como loco de la guerra, del hambre y del crimen, que ha venido a refugiarse sigilosamente en el reverso de nuestros pueblos y ciudades. Por eso, cuando Javier Negre se acercó a preguntarle a un mantero si sabía que estaba cometiendo un delito, ni siquiera escuchó sus palabras: se grabó a sí mismo preguntando y respondiendo sobre sombreros falsos, un tipo que había falsificado una entrevista de cabo a rabo y que fue condenado por ello. "Amigo, ¿tienes permiso para estar aquí, no? Pero esto es ilegal, ¿no? Eso son pirateos, ¿no? Está mal vender eso, ¿no?" Como si se estuviera entrevistando a sí mismo sobre su afición a inventarse entrevistas.

De los inmigrantes africanos únicamente se espera que sean héroes o villanos, que vengan a Europa a robar o a salvar vidas. Es el problema de ver la vida en blanco y negro. Hace un par de años, Mamoudou Gassama, un inmigrante ilegal de Mali, se jugó la vida trepando por los balcones de un edificio en París para salvar a un niño que colgaba de la barandilla de un cuarto o un quinto piso. Macron le felicitó personalmente, le prometió que le arreglaría los papeles y le ofrecería un empleo en los servicios de emergencias: lo hizo justo en el mismo momento en que tomaba medidas para endurecer las leyes de inmigración francesas. Probablemente, de haber sido un ciudadano francés y con todos los documentos en regla, Gassama habría obtenido la Legión de Honor, pero pensándolo bien, le venían mejor los papeles y el empleo. En diciembre del año pasado, Gorgui Lamine, un joven senegalés que se ganaba la vida vendiendo artesanía por las calles de Denia, escaló la fachada de un edificio en llamas para rescatar a un vecino que se estaba quemando vivo. Lo cargó a la espalda, lo sacó de entre el fuego y se fue sin esperar aplausos porque tenía que ir con su mujer y su hija. Esta misma semana le concedieron la nacionalidad española. El honor, sospecho, es todo nuestro.