Punto de Fisión

Javier Reverte: la vida son raticos

Una vez, hace muchos años, Javier Reverte me contó que se había hecho una camiseta estampada con una frase de un pescador de Garrucha, Pepe el Vinagre. Javier era un hombre muy culto, muy leído, que bien podía haber llevado sobre el pecho el primer verso de la Ilíada o el de la Odisea, que aún le gustaba más, una sentencia de Shakespeare o una de Cervantes, por ejemplo, su frase favorita del Quijote, ese momento increíble en que el trotamundos más grandioso de la literatura dice: "Yo sé quién soy". Eligió, en cambio, un pensamiento que escuchó un día en Garrucha (el pueblo de la costa de Almería donde iba a refugiarse junto a otro gran amigo, Manu Leguineche) en boca de un humilde pescador, y que Javier cazó al vuelo como cazaba cualquier maravilla en sus viajes por África, por Sudamérica y por medio mundo, los ojos abiertos y los oídos bien atentos: "Nene, la vida son raticos".

Fue lo primero que me vino a la cabeza la mañana del sábado, cuando me enteré que se había muerto, la de ratos que había disfrutado junto a él y la de veces que nos habíamos prometido vernos, la cita que habíamos pospuesto por unas cosas o por otras y que ya no podríamos cumplir nunca. "Nene, la vida son raticos". Le dije que era la mejor traducción posible del carpe diem que había oído jamás y él sonrió con esa sonrisa irresistible que tenía, de niño grande y travieso: "Claro, es que Pepe el Vinagre es un genio". Hay muchos escritores a los que te da miedo acercate, por temor a que te defrauden, por si la persona que hay detrás no se corresponde para nada con sus libros, pero con Javier me pasó exactamente lo contrario: conocí antes al hombre que al escritor, un día que entró en la librería de viajes Altair, donde yo trabajaba, y lo primero que hicimos fue hablar de literatura y lo segundo irnos a tomar unos vinos, y cuando unos días o unos meses después leí El sueño de África, me encontré con el mismo señor afable y generoso llevándome de la mano por los senderos de Kenia y Tanzania.

Otro escritor de la misma cuerda, Fernando Marías, me dijo que recomendaba ese libro a todo el mundo pero especialmente a la gente que dice que no le gustan los libros: tenía razón, si después de leer El sueño de África no estás infectado para siempre con el veneno de la literatura, es mejor dejarlo correr, ya que, después de todo, en la vida hay muchas cosas magníficas que no vienen en letra impresa. Javier Reverte lo sabía mejor nadie y por eso sus grandes libros, aparte de ir repletos hasta los topes de literatura, de amaneceres espléndidos, ríos caudalosos y grandes personajes, con mayúsculas y minúsculas, también están llenos de peatones, anécdotas, historias e intrahistorias, en definitiva, de vida.

Era un viajero de los de verdad, de los de que sólo compran billete de ida, pero en realidad se consideraba un turista porque jamás despreciaba a la gente que sólo va a hoteles de lujo, con guías, en paquetes turísticos o en viajes organizados. En una entrevista que le hice me dijo que Benidorm le parecía un lugar maravilloso porque allí la gente iba a ser feliz, y sólo a un cursi se le ocurriría despreciar eso. También estaba en las antípodas de Canetti, quien decía que el auténtico viajero por fuerza tiene que ser despiadado; al contrario, él iba siempre con las alforjas llenas de compasión, no hay más que leer ese párrafo alucinante de Vagabundo en África en que, sentado a la puerta de un hotel, un muchacho se acerca a pedirle limosna y, para que vea su desgracia, se baja los pantalones y le enseña la cicatriz horrible en el lugar donde estaba su sexo: Javier se echa las manos a la cabeza y sale corriendo escaleras arriba, pensando en volver a casa después de haber visto frente a frente el horror de África.

En ese mismo libro, cuando bajaba por el río Congo, un pelotón de soldados drogados hasta las cejas asalta el barco, uno de ellos se mete en su camarote, le apunta con la metralleta y le dice que le dé todo su dinero, pero Javier tiene un rapto de lucidez y comprende que si lo hace, el soldado va a ametrallarlo y a tirarlo por la borda. Cuando le preguntaron qué pensó en esos momentos, con la boca del cañón a un palmo de la cara y un par de ojos ensangrentados escrutándolo, Javier dijo: "En El Corte Inglés. Era sábado por la tarde y yo los sábados por la tarde suelo ir con mi mujer al Corte Inglés, a aburrirme mientras ella compra ropa o zapatos. Pensé qué coño estaba haciendo yo en el río Congo en lugar de estar con mi mujer en El Corte Inglés". A un escritor así los lectores no sólo lo admiramos sino que lo adoramos, lo queremos siempre a nuestro lado como a un amigo, un compañero de viaje, un hermano.

En la calle Gaztambide, muy cerca de la librería Altair, había un bar llamado Verdi que se convirtió en su centro de operaciones, es decir, el sitio donde iba a charlar, a beber y a jugar al mus con los amigos, y los dependientes de Altair lo acabamos rebautizando el "Reverdi" en su honor. Creo que fue allí donde le pedí que leyera mi primer manuscrito, que no le gustó demasiado y del que, con un instinto infalible, comentó: "Hay un modelo raro por ahí, ¿no?" Lo había pero yo no le dije cuál era. Algún tiempo después tuve la suerte de que sí le gustara mi primera novela, Nanga Parbat, para la que me regaló un prólogo fabuloso donde hablaba de Homero, de Conrad, de Melville, de Mann y de Rilke: "Me he tomado dos copas: primera, a mi salud, pues la literatura, que es lo más amo en el mundo, sigue viva y otra vez regresa renovada y sin dejar de ser la misma; y segunda, a su salud, ya que este libro que termino de leer tendrá un lugar de respeto entre los que yo llamo "mis amigos de los anaqueles", esos escritores con los que nunca me encontré y que, sin embargo, tantas cosas me han dado. A David lo conozco, pero a partir de ahora preferiría leerle más aunque le viese menos".

Yo hubiera preferido verte más, querido amigo, aunque sólo fuese un ratico.