Punto de Fisión

Djokovic, el mártir

Activistas a favor de los refugiados en Melbourne el pasado viernes. EFE/EPA/JOEL CARRETT

A mediados de los ochenta le preguntaron a Emilio Sánchez Vicario por qué no abundaban los grandes tenistas negros en el circuito y el hombre respondió que el tenis es un deporte que requiere mucha inteligencia, por eso los negros prefieren el atletismo. Era una teoría bastante arriesgada, tanto que para demolerla bastaba repasar la carrera del propio Sánchez Vicario, campeón de dobles en Roland Garros y en el US Open, y finalista en una docena de torneos del Grand Slam. Más que un cociente intelectual respetable lo que verdaderamente ayuda a forjar a un tenista de primera clase es un físico privilegiado y una familia más privilegiada todavía, lo suficiente para permitir al niño o a la niña un buen profesor, un montón de lecciones y el alquiler de una pista las horas que hagan falta. Me da que el problema de la escasez de negros en el tenis es que tampoco abundan los grandes campeones de origen humilde.

La actuación estelar de Novak Djokovic en el Open de Australia ha puesto otra vez sobre la mesa el peligro de colocar a un famoso en el podio de un experto y de considerar la opinión de un gran deportista a la altura de sus logros deportivos. Jürgen Klopp fue bastante contundente al respecto: cuando en una rueda de prensa le preguntaron por el coronavirus le dijo al periodista que debería hacer caso a los médicos, que él era un simple entrenador de fútbol y que se limitaría a hablar del partido. Suele decirse que todas las opiniones son respetables, pero no es verdad: son las personas quienes son respetables mientras que hay opiniones que son una puta mierda. Por ejemplo, la de Sánchez Vicario sobre los negros o la de Djokovic sobre las vacunas.

Uno de los conceptos más degradados en los últimos tiempos (y mira que ya estaba degradado desde los tiempos de Reagan y de Thatcher) es el de libertad. Lo hemos visto aplicado a las ganas de ir a bailar en una discoteca frente a la sensatez de quedarse en casa para no darle más gasolina a una pandemia letal; lo hemos visto traído por los pelos para defender cualquier atropello de los derechos elementales: la educación, la vivienda, la sanidad; lo hemos visto paladeado en la boca de gentuza que lleva décadas oponiéndose a cualquier clase de libertad: el divorcio, la despenalización del aborto, el matrimonio homosexual.

Después de ponerse el careto de Trump, de Bolsonaro y de Ayuso, la libertad de hacer el idiota y la puñeta ha pasado directamente a encarnarse en la figura de un tenista tan obtuso como para creerse invulnerable a la legislación australiana. El pobrecito Djokovic, aislado tres días en un hotel de Melbourne por no leerse el manual de instrucciones en medio de una pandemia, ha levantado más indignación y más portadas que la persecución mundial contra Julian Assange, refugiado durante años en la embajada ecuatoriana en Londres y finalmente detenido en una prisión de alta seguridad por el terrible delito de informar. Era lógico que un tenista multimillonario acabara siendo un mártir de la libertad en un mundo que hace caso a las opiniones científicas de pelagatos como Miguel Bosé, Paz Padilla, Eric Clapton o Victoria Abril. A ver si la vacuna, además del coronavirus, va a prevenir de la idiotez.