Punto de Fisión

Guerra Garrido, entre la violencia y el desarraigo

Raúl Guerra Garrido.- EUROPA PRESS

Raúl Guerra Garrido murió el pasado viernes en San Sebastián, con 87 años. El escritor se ha ido como vivió, sin hacer mucho ruido, pese a haber levantado uno de los legados novelísticos más sólidos y profundos de la narrativa española contemporánea. El otro Guerra Garrido, el activista político, aparecía mucho más en las noticias, por desgracia para él, sobre todo desde la fundación del Foro de Ermua, las amenazas de muerte y los actos vandálicos contra su despacho farmacéutico en el barrio de Alza, en San Sebastián, que acabó completamente destruido en 2000 tras un ataque de la kale borroka. Poco tiempo después, cuando atentaron también contra la farmacia de su esposa, Maite, Guerra Garrido decidió exiliarse un tiempo a Madrid, su ciudad natal.

"Me siento confortablemente forastero en casi todos los sitios que conozco, quizá porque me horroriza la obsesión de buscar las raíces y lo que me interesa son los frutos". Esta confesión explica unas cuantas cosas, desde su temprana decisión de trasladarse a Euskadi hasta su posicionamiento en primera línea contra el nacionalismo vasco y la violencia etarra. En 1976, más de dos décadas antes de sufrirla en carne propia, Guerra Garrido ganó el Premio Nadal con Lectura insólita de El Capital, una novela que narra el secuestro de un industrial vasco, quien, durante los meses que dura su encierro, únicamente tiene para entretenerse una edición abreviada de la obra maestra de Karl Marx. El magno tratado económico le sirve tanto para intentar comprender la ideología de sus captores como los motivos de la huelga que ha paralizado su fábrica. Con una original estructura en contrapunto -alternando los pensamientos del industrial secuestrado y las entrevistas a familiares, amigos y empleados suyos-, la obra supone una compleja indagación social y moral del fenómeno terrorista, sus consecuencias y sus causas, al tiempo que exhibe el poderío y la maestría técnica de un narrador de primer orden.

Ya en las primeras páginas se manifiestan algunas de las marcas de su estilo: la prosa formidable, la vigorosa imaginación y un fabuloso oído para el diálogo. Únicamente a base de diálogos construyó el primer relato -en realidad una novela corta- de Micrófono oculto (1991), una proeza narrativa casi inverosímil. El trasfondo del terrorismo etarra aparece también en La carta (1990), estructurada exclusivamente en base a los efectos que produce una misiva de extorsión de la banda; en Tantos inocentes (1996), que explora el pacto de silencio de una pequeña comunidad respecto al asesinato de un pobre hombre; en La costumbre de morir (1981), articulada obsesivamente en torno a una prolongada venganza; y sobre todo en La soledad del ángel de la guarda (2007), que habla del momento en que estuvo amenazado de muerte con la presencia de los escoltas que lo acompañaban a todas partes.

En una de sus primeras obras, Cacereño (1970), ya había utilizado su experiencia vital de emigrante recién llegado al País Vasco con sus estudios de farmacia, la sensación de sentirse un extranjero, un maqueto. Aparte de los ya mencionados, bastan unos cuantos títulos (Copenhague no existe (1979), La mar es mala mujer (1987), El síndrome de Scott (1993) o Demolición (2018) para situar a Guerra Garrido en la primera línea de los novelistas contemporáneos. Exceptuando a Marsé, su lirismo a la hora de titular un libro prácticamente no tiene igual en la literatura española. Lamentablemente, no se sabe muy bien por qué, a pesar de la cantidad y calidad de los premios recibidos (entre los que se cuentan el Rodolfo Walsh en 1997, el Nacional de las Letras Españolas en 2006 y la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio en 2019), su obra no ha obtenido jamás el reconocimiento que merece. "Por fortuna" dijo una vez en una entrevista, "para la inmensa minoría de los lectores, algunos títulos se convirtieron en libros de culto. Me siento muy recompensado".