Mal, Obama, mal

 JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO

Siempre ocurre igual: cuando se choca con la economía, el progresismo se termina. El plan Geithner, que plantea dedicar un millón de dólares para salvar a la banca, es sustancialmente igual al que diseñó hace seis meses Paulson. Como el Gatopardo, cambiemos algo para que nada cambie. En ambos casos se trata de limpiar la basura de las entidades financieras con el dinero de los contribuyentes sin recibir nada a cambio. La única diferencia es que Geithner lo hace más alambicado, suponiendo que tal vez así pase desapercibida su verdadera naturaleza.
Comienza por llamar préstamos y títulos heredados a los que hasta ahora se denominaban tóxicos, y continúa por dar entrada en la operación al sector privado en condiciones muy ventajosas. Curiosamente, los hasta ahora denostados hedge funds y fondos de capital riesgo se convierten en los protagonistas y también en los posibles beneficiarios del invento.
Las entidades financieras podrán sacar a subasta sus préstamos y títulos tóxicos (ahora heredados) y el precio lo fijarán los futuros inversores, que sólo tendrán que aportar un euro por cada 14 de inversión –el Tesoro pondrá otro y los 12 restantes serán garantizados por el Fondo de Garantía de Depósitos–. El sistema es asimétrico, ya que el inversor privado obtendrá el 50% de las posibles plusvalías, pero su riesgo quedará limitado a poco más del 7% del precio inicial, aquel en el que se ha rematado la subasta, asumiendo el Estado la práctica totalidad de las posibles pérdidas.

Según el secretario del Tesoro de Obama, la razón de invitar al sector privado radica en que se precisa algún procedimiento para valorar esos activos tóxicos. La fórmula escogida es la de la competencia de los distintos inversores privados en la subasta. Subyace la creencia –un tanto arriesgada– de que esos activos, aunque ahora carezcan de compradores, tendrán en el futuro un valor mucho mayor. La apuesta, sin duda, es aventurada y sin fundamento, y carente de fundamento también es pensar que el verdadero valor de esos activos lo marca una subasta en la que los jugadores exponen muy poco y pueden ganar mucho. El precio de esos activos va a estar sobrevalorado, y resulta difícil entender por qué este es un precio más real que el que estarían dispuestos a pagar esos mismos inversores sin la muleta del Estado.

El camino correcto sería la nacionalización: abandonar a las entidades financieras a su suerte haciendo que administradores y accionistas pagasen los excesos pasados e intervenirlos in extremis, salvando a los depositantes y nacionalizando el banco, no temporalmente sino de forma definitiva. Se hace cuesta arriba comprender cómo, después de los desmanes cometidos por el sistema financiero –que todos estamos pagando–, se puede tener miedo a la nacionalización de los bancos. Únicamente el cautiverio ideológico al que el neoliberalismo económico nos tiene sometidos puede explicar tal cerrazón. Después de la crisis del 29, el sistema capitalista necesitó diez años de una terrible depresión para despertar de su letargo e introducir mecanismos de corrección. Esperemos que ahora se precise menos tiempo.

Juan Francisco Martín Seco es Economista