Un respiro para la izquierda

Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencias Políticas

La victoria en primera vuelta de François Hollande en las presidenciales francesas se ha seguido en España, así como en otros países de la Unión Europea, con gran atención. A cinco años del comienzo de una crisis aparentemente interminable, con varios miembros de la zona euro prácticamente en quiebra y otros en graves dificultades, todo el mundo estaba pendiente de saber hacia dónde apuntaría el electorado francés por cuanto Francia es uno de los tres grandes de la UE y el que, con Alemania, marca la pauta en la zona euro. En una época de creciente euroescepticismo, este interés prueba que, aunque demediado, existe un ámbito público europeo, pues todos reconocen que el resultado de las presidenciales francesas, si consagra el cambio, puede abrir paso a una recomposición de las fuerzas políticas continentales.

Nunca ha estado tan clara la oposición fundamental entre la izquierda y la derecha. No obstante, el dominio político de la derecha en los países más importantes de la Unión, con los recientes añadidos de los conservadores en Inglaterra y los populares en España, ha arrinconado a la izquierda socialdemócrata en una posición de irrelevancia. A ello se añade que el discurso económico dominante de un fundamentalismo neoliberal de mercado no se enfrenta a ninguna propuesta alternativa de conjunto de clara inspiración de izquierda. La polarización izquierda-derecha es neta pero la izquierda carece de discurso o el que tiene es apenas discernible del de la derecha. Una de las razones de la derrota electoral del PSOE el 20-N, aparte de la costumbre del electorado de hacer pagar por la crisis al gobierno de turno, es el hecho de que su política económica, sobre todo a partir de mayor de 2010, apenas se diferenciaba de la de la derecha.

Ni siquiera la izquierda llamada “transformadora” o más radical contrapone modelo de conjunto alternativo al imperante. Se dice que es preciso sustituir el capitalismo por el socialismo. Pero no se dice cómo. Las medidas que se proponen se orientan a superar la crisis, haciendo pagar esta más a las clases adineradas que a las trabajadoras, así como a estimular más decididamente la economía, pero no postulan un cambio en el modo de producción, al menos de momento. La invocación al socialismo será siempre ideal si, al tiempo, no se propugnan los medios que lo hagan posible y que básicamente consisten en la expropiación de los medios de producción, incluida la tierra, y su gestión en nombre de los intereses colectivos. Algo que no está a la orden del día en Europa.

Resulta así que, a pesar no tener una alternativa clara (pues no puede admitirse como tal el mero enunciado de que hay que presentarse con una), Hollande, el socialismo francés, se ven propulsados a una posición de gobierno en Francia. La razón: se vota lo que sea menos la continuidad de lo que hay, suficientemente fracasado ya durante años. Más o menos la reproducción del resultado electoral español del 20-N, cuando la conciencia de fracaso del PSOE, distribuyó su voto entre la abstención y otras opciones políticas. Son elecciones “contra” y no elecciones “por”. El electorado no se vuelca sobre el PP por sus políticas pues, en buena medida, ni las conoce. Y lo mismo ha pasado en Francia con Hollande y con el signo invertido. Sarkozy es el primer presidente que no gana las primarias. Ha sido un voto de castigo fuerte.

Hollande tiene ahora el reto de presentar propuestas concretas y prácticas para hacer realidad un giro en la forma en que la UE aborda la crisis y un giro asimismo en la propia UE. Es una tarea ingente en la que está todo por hacer y aquí es donde Sarkozy, lo aguarda. Como buen conservador sabe que pisa terreno seguro señalando el carácter aventurero o utópico de las medidas de su adversario y jugando con el miedo de las clases medias (y las  trabajadoras) a cualquier alteración en la vida cotidiana que  pueda llevar a la incertidumbre.

Este es el momento de Hollande, en el que debe confluir toda la socialdemocracia europea para proponer un objetivo de una UE más avanzada, más unificada, más democrática en la adopción de decisiones y con mayor justicia social. Tiene que hacerlo sin que pueda tildársele de  utópico, es decir, con sentido práctico. Pero no tanto que lo lleve a adaptarse a las condiciones imperantes.

Si, ahora que está obligada, la izquierda no consigue formular un programa de reforma de la Unión en el sentido apuntado, que sea una alternativa al desastre en que está inmersa, más vale que vaya pensando sobre la justificación de su existencia.