Cabanyal, más de lo mismo

CARME MIRALLES GUASCH

Profesora de Geografía Urbana

El Cabanyal de Valencia, un barrio marítimo, el antiguo arrabal de pescadores de la ciudad, está amenazado por un concepto de modernidad trasnochado que, a lo largo del siglo XX, ha significado la destrucción de tramas urbanas y la desaparición de redes sociales de barrios de muchas ciudades, lugares donde se confundió renovación con destrucción. Y la destrucción sólo entraña desolación y frustración.

Una amplia avenida tiene que prolongarse para unir Valencia al mar, y ello supone la destrucción de 500 casas, la expulsión de sendas familias y la partición del barrio en dos. Además, esta avenida de más de cien metros de ancho cambia la escala urbana original y la relación de la ciudad con el mar. La trama urbana del barrio del Cabanyal es de calles estrechas y paralelas al mar; la nueva avenida, en cambio, llegaría perpendicular a la playa.

Una de las explicaciones que utilizan sus partidarios es que a través de ella se conecta Valencia con la playa, un argumento que demuestra de forma subliminal lo poco que consideran al barrio parte de la ciudad o, al menos, de su ciudad. Y desde esa exclusión les resulta fácil perderle el respeto, degradarlo y demolerlo. Y no se trata sólo de paisajes urbanos físicos, sino también y, especialmente, de memoria urbana, una institución social que ayuda a formar conciencia colectiva. Una memoria urbana que forma parte, inexorablemente, del patrimonio cultural que está en peligro.

El relato, desgraciadamente, no es nuevo, y nos remite a la obra de Jane Jacobs que, ya en los años sesenta, desde el sentido común y la revalorización de la vida cotidiana de su barrio, entendió que el esfuerzo debe mantener con vida el viejo ambiente de barrio, pues sólo él es capaz de nutrir las experiencias y los valores de la libertad de la ciudad, “el orden que existe en estado de cambio y movimiento continuo, la evanescente pero intensa y compleja comunicación y comunión” que se da en las calles a escala humana de las ciudades.

Y cuando se pierde el respeto a esa escala humana, a esa unidad vecinal, a esa memoria urbana, y con frecuencia afloran sólo parámetros económicos y megalómanos, la ciudad y, con ella la ciudadanía, se degrada en su esencia. Marshall Berman, en su obra, Todo lo sólido se desvanece en el aire, al describir la destrucción de su barrio, en los años treinta, por el paso de amplias vías rápidas que conectaban distintas partes de la ciudad, dice: “Los vecinos miraron aturdidos a los demoledores, miraron las calles que desaparecían, se miraron unos a otros y se fueron”. De este modo, despoblado, económicamente reducido, emocionalmente destrozado, el barrio estuvo a merced de la violencia y la marginalidad. Y lo que nos tenía que unir nos devoró y destruyó.

Hace más de diez años que los vecinos del Cabanyal no se miran unos a los otros y se van, como describía Berman. Todo lo contrario: ellos están. Con sus carteles, sus cartas, sus talleres y su música. Y el barrio, aunque degradado en parte, crece y se expande. Y les queremos agradecer que no permitan que nos borren la memoria urbana, que, en lo colectivo, es de todos.