Del consejo editorial

La culpa es del euro

JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO

Economista

Los últimos días hemos sido testigos de cómo los mercados apostaron en contra del euro. Podríamos preguntarnos el porqué. Aparentemente, carece de lógica. Por una parte, la crisis ha tenido su origen y causa en EEUU; por otra, la balanza de pagos de la Eurozona en su conjunto está prácticamente equilibrada, y el saldo neto de activos y pasivos frente al exterior es positivo. Nada que ver con la situación de EEUU, que presenta un enorme déficit, tanto público como exterior. Y, por último, el tipo de interés fijado por el BCE es superior al establecido por la Reserva Federal. ¿Por qué entonces los mercados prefieren el dólar al euro? La respuesta es muy simple. Detrás del dólar y respondiendo de esta divisa se encuentra un Estado, EEUU, lo que no ocurre con el euro. El problema no radica en la situación económica de Grecia, o en la de Portugal, Irlanda o España, sino en la forma y en los supuestos sobre los que se ha constituido la Unión Monetaria.

Se ha querido ver en las críticas al euro los intereses de ingleses y norteamericanos empeñados en garantizar la supremacía del dólar. Es posible que tales intereses existan, pero ello por sí solo no puede invalidar lo que de acertado pueda haber en tales críticas. Antes de su constitución, el proyecto despertaba serias dudas a todo aquel que hiciese un análisis desapasionado. Se carecía de antecedentes al respecto y los casos que presentaban algún parecido –dolarización en Argentina o el Sistema Monetario Europeo– se habían saldado con un absoluto fracaso, demostrando que sin una cierta unión política resulta imposible mantener dos monedas ligadas indefinidamente.
Se ha pensado erróneamente que por el simple hecho de que todos los países miembros estuviesen sometidos a la misma política monetaria se conseguiría una convergencia en las tasas de inflación. Una vez más, la tozuda realidad se ha impuesto indicando lo contrario, con lo que unos países han perdido competitividad frente a otros, ya que la UE carece de los mecanismos compensatorios que cualquier Estado posee para reequilibrar la situación desigual de sus regiones.
El comportamiento en esta crisis de Grecia, Irlanda o España no ha sido muy distinto del de otros países, empezando por EEUU. La única diferencia radica en el corsé que ahoga a los primeros, que, además de no poder devaluar ni aplicar su propia política monetaria, tampoco pueden recibir ayudas de las instituciones de Europa (lo prohíbe el Tratado) ni del BCE. En EEUU parte del déficit y de las ayudas públicas han sido financiados por la liquidez emitida por la Reserva Federal. En Europa, no. Se ha dado la paradoja de que el BCE financiaba a los bancos y estos eran los que adquirían la deuda pública. Ante la situación creada, el presidente de la Comisión ha hablado de un gobierno económico europeo. Ciertamente es necesario, pero no hay gobierno posible si no cuenta con presupuesto y recursos propios. Sólo el que paga manda. Sin hacienda pública europea y sin mecanismos compensatorios, nunca habrá unión política, y sin unión política, difícilmente se podrá mantener la Unión Monetaria.