Del consejo editorial

Obama y Palestina

CARLOS TAIBO

Profesor de Ciencia Política

Sabido es que la visita a Israel del vicepresidente norteamericano, Joe Biden, coincidió, días atrás, con el anuncio de la construcción de 1.600 nuevas viviendas en la Cisjordania ocupada. Es lógico que los gobernantes estadounidenses se hayan sentido molestos ante una decisión que revela bien a las claras dos hechos: por un lado, la firme voluntad israelí de obstaculizar cualquier acuerdo de paz, y por el otro, el no menos firme designio de la Casa Blanca en el sentido de evitar, más allá de las quejas rituales, cualquier suerte de sanción al ocupante.

Lo ocurrido desnuda la política de Barack Obama en relación con el conflicto palestino, y lo hace de la mano de la certificación de que, pese a alguna coyuntural apariencia, el actual primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, se siente tan cómodo con el presidente estadounidense de estas horas como se sintieron en el pasado, con Bush hijo, sus antecesores Sharon y Olmert. Por cierto, que, en un ejercicio lamentable que homologa las responsabilidades de israelíes y palestinos en lo que atañe a la dificultad de reabrir las negociaciones, hace unas semanas Obama señaló que había sobreestimado la capacidad de Estados Unidos para convencer a unos y a otros de la necesidad de dialogar...
A estas alturas, sólo los más ingenuos pueden concluir que hay alguna esperanza de que las cosas cambien del lado israelí, al amparo, por ejemplo, de una incorporación del partido centrista Kadima al Gobierno en detrimento de ultranacionalistas y ultrarreligiosos. Por qué habría de alterar Israel sus posiciones si todo va razonablemente bien para sus intereses. Cómo estarán las cosas para que el propio presidente palestino, Mahmud Abbas, a menudo plegado a las imposiciones israelíes –ahí está su decisivo apoyo para que el informe Goldstone no llegase a La Haya– y poco más que un títere de las potencias occidentales, haya llegado a la conclusión de que, dadas las condiciones presentes, ninguna negociación es posible. El círculo se cierra, en fin, con la lamentable política que abrazan gobiernos árabes como el de Egipto, siempre de espaldas a cualquier proyecto que acarree un respaldo elemental al pueblo palestino.
Que Obama aún está a tiempo de actuar es evidente. Tanto como que no hay ningún motivo sólido para concluir que, de una vez por todas, y asumiendo riesgos, vaya a romper la baraja de una impresentable y duradera solidaridad con Israel.