Del consejo editorial

El síndrome de Frankenstein

MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Catedrático de Lógica y Teoría de la Ciencia

Por qué se sublevó el monstruo de Frankenstein contra su creador? Porque se encontraba solo y su creador se quería desentender de él. Es un tema que se repite en otras versiones del mismo mito. Recordemos al replicante Roy, en Blade Runner, pidiendo cuentas a Tyrell por haberle creado con tantas limitaciones. Lo más inquietante de los relatos de ciencia ficción sobre la creación artificial de la vida o del espíritu no es, como parece a primera vista, la impía pretensión de invadir las competencias divinas por parte de la ciencia, sino algo mucho más sutil: la incapacidad de los humanos para cuidar de sus propias criaturas científicas y tecnológicas. Llamaremos a esto el síndrome de Frankenstein.
Ahora ya no es ciencia ficción. Craig Venter ha anunciado a bombo y platillo la buena nueva: en su laboratorio se ha creado el primer ser vivo artificial. En realidad, lo que ha hecho es sintetizar el ADN de una bacteria, insertarlo en una célula y lograr que esta se reproduzca normalmente transmitiendo a su descendencia la información genética artificialmente creada. Se trata de un logro importante de la biología sintética, una de las ramas más novedosas de la investigación actual. Hace tiempo que los científicos saben que la vida se crea a partir de materiales inertes, aunque todavía no sepan reproducir artificialmente todo el proceso (todavía hay que insertar el ADN sintético en una célula viva para que funcione). Pero lo que aporta la bacteria artificial de Venter es la prueba de que ya podemos diseñar y producir organismos vivos completos a la carta. Por el momento de carácter unicelular, pero eso puede ser suficiente para cubrir el planeta con una nueva biosfera plagada de organismos que desempeñen multitud de tareas útiles para la industria, el medio ambiente o la salud.
Da vértigo pensarlo. ¿Estamos preparados para asumir nuestra responsabilidad ante las nuevas creaciones de la ciencia? ¿Vamos a dejar que también en este campo sean las fuerzas ciegas del mercado y de la codicia las que regulen la creación de la nueva biosfera?
Frankenstein no pecó de soberbia por pretender imitar a Dios, sino de estupidez y egoísmo por desentenderse de su criatura. La nueva tecnología anuncia un mundo lleno de criaturas diseñadas a medida de nuestros deseos: deberíamos prepararnos para modular estos y para asumir nuestra responsabilidad sobre aquellas, para librarnos del
síndrome de Frankenstein.