Del consejo editorial

Perdón y libertad para Sakineh

LUIS MATÍAS LÓPEZ

Periodista

Resulta lamentable que la campaña para evitar que la iraní Sakineh Ashtiani muera lapidada no suscite un debate global sobre la pena capital, que se aplica aún en 58 países. Se recalcan la insuficiencia de garantías procesales, la inconsistencia de la acusación de asesinato, el acoso a defensores y familiares, la pena de 99 latigazos ya aplicada y, sobre todo, que el delito penado, el adulterio, es una conducta que debería formar parte del ámbito personal, no del judicial. Sin embargo, la conmoción por la suerte de Sakineh no se debe tanto a la sentencia en sí, o a las paradojas lacerantes de la pena de muerte (véase Público del 18 de agosto), sino al mediático factor humano y al método de ejecución previsto.
Matar a pedradas en nombre de la ley es una aberración. Que los verdugos sean voluntarios que invocan a Alá añade fanatismo a la barbarie. Pero ¿hay tanta diferencia entre ese procedimiento, aplicado ya antes en el Irán de los ayatolás, y la inyección letal, la cámara de gas, la silla eléctrica, la decapitación, la horca o el tiro en la nuca? ¿Es más humanitario el corredor de la muerte de Huntsville (Texas) que el de Tabriz?
Con todo, el liderazgo iraní podría hacer algo más honorable que rechazar la presión exterior como ciego instrumento del acoso a la república islámica por el "enemigo sionista" y el "gran Satán" norteamericano, aunque algo de cierto pudiera haber en ello. Podría declarar una moratoria sobre las ejecuciones (en 2009 hubo al menos 388) y anunciar que suprimirá la pena capital. Eso le daría una limitada superioridad moral sobre enemigos como EEUU con doble vara de medir. Tal vez sea pedir la luna pero, con los pies en la tierra, no lo es demandar que se conmute la sentencia de muerte. No sería debilidad, sino clemencia.
El régimen iraní tiene un grave déficit de legitimidad por las sospechas de fraude en las presidenciales y la violenta represión de la oposición. Se enfrenta a una gravísima crisis económica y pende sobre él la espada de Damocles de un ataque exterior para evitar que se convierta en potencia nuclear, aunque lo sea su bestia negra, Israel, ante la pasividad internacional. No le conviene dar más argumentos al enemigo. Si no por convicción, sí por pragmatismo, por su propio interés, Irán debe perdonar a Sakineh y ponerla en libertad. Ya ha sufrido bastante.