Opinion · Dominio público

Europa imaginada

Vladimir López Alcañiz

Doctor en Historia

Vladimir López Alcañiz
Doctor en Historia

“La imaginación al poder”. Como un eco de otro mayo, regresa a mí esta máxima cuando se acerca nuestra cita con Europa. Pero estoy avisado. Hace poco José Álvarez Junco sostenía que, por desgracia, la imaginación política de la que estamos dotados los humanos es bastante limitada, así que pobres de nosotros si se hubiese hecho realidad el lema del 68. En los hechos, seguramente no le falta razón al gran historiador. Pero eso no significa que hoy no podamos sentir la urgencia de rescatar cierto concepto de imaginación para pensar la política por venir.

Nos pone sobre la pista un libro seminal que escribió Hayden White poco después de aquel mayo explosivo. La imaginación histórica —sugiere el teórico de la historia— es nuestra capacidad de dar sentido al tiempo de forma creativa, pero realista. La imaginación no es, pues, utópica. Ahora bien, todo relato sobre la realidad que excluya ese deseo llamado utopía, que se niegue a escrutar lo posible y aun a pedir lo imposible, no será más que un realismo empobrecido. Y lo mismo ocurre en la política. Toda concepción de la realidad que desaloje la posibilidad de pensar de otro modo, de actuar de otro modo, no será más que el fruto de una comprensión defectiva.

¿Por qué entonces nos conformamos con ella? Las razones son múltiples. Pero una es la degradación de la ética del justo medio en la retórica política, que transforma aquella virtud templada en el perezoso vicio de la equidistancia, en la superstición del centro, ya que si la moderación es una virtud en las formas, no lo es tanto en el fondo. El horizonte político se desdibuja si no es radical, que no extremista, pues no es lo mismo desplazarse horizontalmente hacia los extremos que hacerlo verticalmente hacia las raíces. Hoy, no obstante, como un agujero negro, el centro absorbe el espacio de la política sin que nadie sepa qué se esconde dentro de él. Porque, ciertamente, el centro no es el lugar de encuentro de la deliberación, sino un vacío ideológico que convierte la inercia en fin último de la política. Pero la obcecación centrípeta nos lleva a la necedad, toda vez que, como ha escrito Félix Ovejero, “la política como promedio es, casi siempre, la política mediocre”. Tenemos que cambiar de rumbo. Foucault quizá diría que hay que descentrar la sociedad. Puede ser. Pero de lo que no cabe duda es de que necesitamos relatos de la realidad que no incluyan un solo curso de acción. Necesitamos, si no la imaginación al poder, sí el poder de la imaginación.

No siempre carecimos de él. Ante la crisis del antiguo régimen, los revolucionarios americanos y franceses imaginaron la nación para dar la voz al pueblo. A punto de instalarse en Francia una república conservadora, en París y otras ciudades se ensayó la Comuna como otra forma de democracia. Cuando en el imperio zarista el poder solo circulaba de arriba abajo, se inventó el consejo de obreros y campesinos, el sóviet, esa bella palabra afligida por la suerte de la Unión que tomó su nombre. Después de que Europa se desangrara en dos guerras civiles, personas como Jean Monnet o Robert Schuman imaginaron una comunidad económica para evitar la matanza entre europeos. No por casualidad, se fijaron en el carbón y el acero, las materias imprescindibles para armarse. Al poco, un consenso democrático promovió el estado del bienestar para contener a los populismos. O, en fin, cuando la moral social devino una cárcel los sesentayochistas imaginaron una forma de realismo en apariencia imposible. ¿Y ahora?

La era de las masas es también la era de la inercia, la sociedad del cansancio, como la ha definido Byung-Chul Han. Desde los años setenta nos hemos dejado llevar por un discurso que ha cerrado la puerta a la imaginación de otro mundo posible y ha hecho de la eficacia económica la piedra de toque del mundo realmente existente.

No es fácil vencer la inercia. En nuestro país, la imaginación parece ausente en los dos partidos mayoritarios. La socialdemocracia precisa reencontrarse y la derecha conservadora es congénitamente incapaz de cualquier idea imaginativa y emancipadora. Sintomáticamente, cuando Syriza perdió por un estrecho margen las elecciones griegas de junio de 2012, un tertuliano radiofónico comentó aliviado: “al menos así sabemos lo que va a pasar”. Una actitud extendida que revela la ansiedad ante la incertidumbre y el miedo a pensar sin tutelas ni instrucciones de uso.

Pero no todo está perdido. La crisis económica ha despertado la imaginación en la calle, en los movimientos sociales, en algunos partidos nuevos. En las próximas elecciones, pues, tenemos la oportunidad de decir en voz alta que apostamos por ellos, que no tenemos por qué seguir confiando en los mismos de siempre, que el espacio de la política no se acaba en los límites del centro, que no deseamos ser más los tontos útiles de quienes se escudan en el voto útil, y que ya no consentimos la desvergonzada mediocridad que inunda la política.

¿Acaso no elogiamos y admiramos la imaginación en innumerables ámbitos de la vida? En la literatura, el arte, la cosmología, las matemáticas, la física teórica, la pedagogía o en la biomedicina, la capacidad de imaginar cómo podrían ser las cosas que desconocemos es valiosísima. La política no puede ser una excepción. Y menos aún en Europa, que en sí misma es un continente imaginario, sin fronteras precisas, cuya realidad más profunda es justamente su idea.

Porque lo cierto es que Europa solo alcanza su verdad cuando sueña. O dicho de otro modo, el poder de Europa es la imaginación.