Opinion · Dominio público

Por una desobediencia compasiva

Alicia García Ruiz

Investigadora de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona

Alicia García Ruiz
Investigadora de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona

Alguna vez los perros fueron lobos. En algún momento, sin embargo, debieron extraer alguna ventaja de su amistad cooperativa con los seres humanos. Si comienzo con esta observación es porque uno de los ejemplos más profundos de esa amistad con los que me he encontrado es la idea de “desobediencia inteligente.” Un perro lazarillo entrenado para practicar la llamada “desobediencia inteligente” es capaz de contravenir la voluntad de su compañero humano cuando se encuentra  con una orden que pone en peligro a éste (por ejemplo, cuando la persona ciega se dispone a cruzar un semáforo en verde mientras aún pasan coches) Al animal-guía se le ha enseñado a tomar una decisión alternativa precisamente para salvaguardar a su protegido.

La idea asombrosa de una “desobediencia inteligente” animal habría hecho las delicias del vegetariano Erasmo o del ermitaño Thoreau, ilustres desobedientes y observadores de la naturaleza humana, no como una esencia inamovible,  sino como algo que refleja el resto de los seres vivos y a la inversa. Una larga tradición de pensamiento nos ha habituado a identificar el mundo de los animales con el reino de la obediencia ciega, frente a la libertad de conciencia exhibida orgullosamente por el ser humano. Pero las fronteras no son tan claras. Si la desobediencia inteligente nos muestra un inesperado ejercicio de libertad en el mundo animal, otro gran desobediente, La Boètie, nos enseñó que su opuesto, la servidumbre voluntaria, basada en la costumbre o el temor, también habita en las profundidades del corazón humano.

Los sucesos en la playa de Melilla, las llamadas “devoluciones en caliente” y otros cientos de acontecimientos que se producen a diario nos fuerzan a pensar (y cada vez lo harán más)  sobre los límites de la obediencia y, en segundo lugar, sobre la desobediencia como concepto límite. Frente a las inacabables noticias de las personas que se ahogan a diario en las rutas mortales de la inmigración forzada en el Mediterráneo, acude a la mente otra imagen muy diferente, sucedida en el mismo mar, que recogió hace unos meses la prensa. Un pescador italiano de Lampedusa, dueño de un bar y de una barca, rescató a los náufragos de una patera, pese a la terrible ley italiana que lo sanciona. En la breve entrevista a la que respondió no se podía contener en tan pocas palabras una idea tan importante “Si el gobierno me quiere meter en la cárcel que lo haga” dijo “¿Cómo voy a ver ahogarse a un hombre delante de mí sin hacer nada?” El mismo mar, entre dos mundos que son uno sólo. El mismo espacio, piensa uno, dividido por percepciones incomunicadas entre sí. Como expresa perfectamente Jacques Rancière en El Desacuerdo es “la contradicción de dos mundos alojados en uno solo” el mundo en el que unos cuentan como seres humanos y otros no.

No es mi intención juzgar hechos desde una cómoda posición externa. Existe un momento de absoluta soledad y angustia en la decisión ética. El miedo es tan humano que no pienso que se pueda hacer recaer todo el peso en las personas que intuitivamente creemos que deberían haber desobedecido. Aun así, aunque el momento de la decisión (ayudar, no ayudar) sea individual, solitario, el origen de esta disyuntiva no lo es. El comportamiento de estas personas es, ante todo, indicativo de una situación estructural, la existencia de normas injustas que producen un conflicto interno de obediencia. Eso nos concierne a todos los que observamos estos hechos, espectadores implicados a fin de cuentas. Cuando una norma olvida que su sentido es expresar una relación justa entre seres humanos, esa norma se vuelve vacía, dura como un diamante, dura lex, aunque carente de sentido, porque su acatamiento se rige por una terrible tautología: “obedece, porque debes obedecer.” Pero si la fuente del Derecho está en algún sitio más allá de ella misma, y más allá de la fuerza, seguramente emana de la propia suspensión que los seres humanos son capaces de hacer de ella cuando se encarna en normas injustas.

Quien juzga cómo comportarse en una situación límite está radicalmente solo en el momento de tomar su decisión, a menudo presionado por el miedo. El miedo ante normas injustas usurpa entonces el papel ideal del legislador justo y coloca al ser humano en una angustiosa disyuntiva, que muchas veces se racionaliza con expresiones tales como “no tenía opción”, “eran las órdenes”. Pero los que vemos las imágenes no estamos al margen. Es la sociedad la que aplaude o castiga obediencias y desobediencias; es esta misma sociedad la que debe “acompañar.” o la que deja solo, al “desobediente razonado” en su denuncia de la norma injusta. Planteémonos si el ejemplo del pescador no nos muestra que a veces la desobediencia no es una opción, sino un imperativo. Un paradójico imperativo como sería el de “Debes desobedecer”. Los tiempos presentes, con su proliferación de normas injustas, nos fuerzan cada vez más a su formulación.

Ya hemos visto que la inteligencia no es privativa del ser humano, si por ella entendemos la capacidad de discernir, de juzgar el caso particular. Pero además de la inteligencia los seres humanos poseen un rasgo añadido: la compasión, que en su origen es la capacidad de compartir lo sensible, lo corporal, con otros. Me gustaría pensar que hay alguna continuidad secreta entre la desobediencia inteligente y una posible desobediencia compasiva, que las fronteras entre lo humano y el animal no sólo funcionan para animalizar a los otros sino también para ampliar la consideración de lo humano. No me estoy refiriendo a ningún tipo de humanismo caduco, sino a la fraternidad animal por la que unos y otros nos hacemos cargo del daño, de que antes de poder clamar por sus derechos con una voz articulada, el cuerpo de un ser puede ahogarse entre gritos de auxilio. Puede que nuestras leyes humanas, las que nos damos a nosotros mismos, sean nuestra segunda naturaleza. Pero por ello mismo, son un espejo donde mirarnos y decidir qué clase de animal humano somos unos para otros: compañeros o lobos.