Opinión · Dominio público

Cambios culturales de los jóvenes indignados

Antonio Antón

Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Antonio Antón
Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

En el campo cultural e ideológico, se generan nuevas ideas y mentalidades en la izquierda social y, particularmente, entre gente joven. La cultura democrática y de justicia social de la ciudadanía progresista o los valores igualitarios y solidarios de los sectores juveniles más inquietos, se confrontan con las nuevas realidades socioeconómicas y políticas. Ante la gestión institucional y económica antisocial e impositiva, se desarrolla una nueva conciencia social sobre componentes sistémicos: desconfianza en el poder económico e institucional y las élites dominantes (responsables de la crisis y la gestión regresiva); pertenencia al segmento de los de ‘abajo’, los perjudicados y desfavorecidos; reafirmación de la indignación ciudadana desde la cultura igualitaria de la justicia social, y legitimación de la acción colectiva, progresista y democrática, frente a la involución social y política. Esas percepciones se van consolidando y conforman una nueva visión, a diferencia de la mentalidad dominante en el periodo anterior, sobre la estructura social, el poder económico e institucional y los mecanismos y agentes con influencia sociopolítica y democrática.

Se produce un choque entre el deterioro de las realidades socioeconómicas y políticas dominantes y los intereses y la conciencia democrática y de justicia social de la mayoría de la ciudadanía. Así se generan elementos culturales emergentes que afectan a la percepción de la nueva cuestión social y la necesaria regeneración democrática y, dado el bloqueo institucional junto con la responsabilidad del Gobierno del PSOE por su giro antisocial, se abre paso la iniciativa popular y la protesta colectiva, con una relativa orfandad en la representación política pero con una reafirmación de esa cultura democrática e igualitaria. La existencia de unas estructuras de movilización y la construcción de otras nuevas, permitirán articular esas protestas colectivas, enmarcadas, por una parte, por las agresiones de los poderosos, con sus potentes recursos institucionales, económicos y mediáticos, y el intento de subordinación de la ciudadanía, y por otra parte, por el descontento social derivado del sufrimiento, el empobrecimiento y la incertidumbre vital de la mayoría de la sociedad y, especialmente de los jóvenes. El acierto en la elección del momento, los lemas, los repertorios de acción y los cauces expresivos, será un complemento fundamental para lograr la masividad, la persistencia y la orientación social y democrática de un amplio movimiento de protesta colectiva.

Los sentimientos humanitarios y solidarios, típicos de los jóvenes inconformistas de los años noventa y primeros dos mil, se enfrentan a una nueva realidad, y se modifican y profundizan. No se trata solo, o principalmente, de respuestas a problemas ‘externos’ a su realidad inmediata sobre los que se movilizan y solidarizan para paliarlos o mejorarlos. La anterior experiencia solidaria se situaba en un contexto determinado, aun con sus límites, algo favorable: crecimiento económico y de empleo, desarrollo social, cultural y de derechos, así como expectativas laborales, individuales y colectivas de ascenso social y profesional; todo ello aunque fuese lento y desde la precariedad laboral. Con la crisis del empleo y los recortes sociales, esas trayectorias de mejora progresiva del estatus socioeconómico y político de los jóvenes se bloquean y, mayoritariamente, perciben las dificultades y los retrocesos para ellos mismos y su entorno. La injusticia social (el paro, los recortes sociolaborales, los desahucios, la gestión institucional regresiva…) les afecta directamente y de forma profunda y duradera.

Por tanto, con la crisis socioeconómica y la gestión política antisocial, su experiencia, sus ideas, sus intereses inmediatos y su horizonte vital e ideológico cambian. El motivo de su protesta es directo: sobre todo, evitar para ellos mismos y su entorno inmediato un retroceso de su posición social y garantizar su futuro. En ese sentido, su conciencia y su comportamiento tienen que ver más con la igualdad social y la democracia, que son los dos elementos sistémicos cuestionados por el poder económico y político. La solidaridad se fortalece por la pertenencia común a los perdedores, las relaciones interpersonales y la reciprocidad de los propios sujetos afectados y la comprensión y el apoyo colectivo entre ellos. La conciencia sobre los obstáculos o los adversarios se van reconfigurando, se debilita la visión normalizada de la capacidad de gestión positiva (u ordinaria) de las grandes instituciones y los líderes gobernantes. Esa deslegitimación política del poder o las élites se contrapone con una participación activa y un apoyo a la protesta social, con la legitimidad de agentes sociales significativos.

En consecuencia, las ideas sobre estos elementos sistémicos, de los jóvenes avanzados socialmente, al igual que la misma generación de la década anterior, se siguen basando en la cultura democrática, igualitaria y solidaria, pero se confrontan con otra realidad, se renuevan y reafirman. Ello da lugar a otras ideas fuerza, a la transformación del sentido y la implicación práctica de esos valores. Y los jóvenes indignados de ahora expresan nuevas actitudes sociopolíticas y formas masivas de comunicación y protesta.

Este proceso y su contexto son diferentes a la etapa de los años ochenta con los movimientos sociales viejos –sindicalismo- y nuevos –pacifista, feminista, ecologista…-. Sobre todo, tiene componentes distintos a los de la fase prolongada de desmovilización social desde mitad de los años noventa hasta el año 2010, junto con el debilitamiento de la capacidad movilizadora de los anteriores movimientos sociales. En general, en ese largo periodo, los llamados movimientos sociales languidecen, aunque persisten en un trabajo asociativo de base, y entre los jóvenes solidarios predomina la participación a través de asociaciones y ONG, con temáticas más concretas y gestión asistencial y sociocultural. La excepción en la protesta social progresista se produce, especialmente, en el breve periodo de reactivación de la movilización ciudadana entre 2002/2004: solidaridad internacional, asunto Prestige, huelga general, instrumentalización antidemocrática del gobierno del PP y, sobre todo, movilizaciones contra (la presencia española en) la guerra de Irak. Esa coyuntura tiene muy diferente situación económica, pero presenta elementos sociopolíticos parecidos a los actuales: prepotencia del Gobierno conservador de Aznar, con actuaciones regresivas graves, y respuesta ciudadana masiva, sobre todo desde la esfera social (plataformas y foros sociales), junto con la participación de izquierdas políticas y sindicatos, así como el resto de tejido asociativo y personalidades del mundo cultural.

A pesar de todas las campañas de contención, minusvaloración y desprestigio, promovidas desde los poderes económicos e institucionales y sus correspondientes aparatos mediáticos, en los ámbitos progresistas y de izquierda se ha conseguido un consenso en la mayoría de la sociedad, particularmente entre los jóvenes, sobre la valoraciónpositiva de esta nueva realidad de la protesta social o las resistencias colectivas, de su carácter democrático y social. Se asienta en su amplia legitimación social y el cuestionamiento a los políticos gobernantes. No obstante, existen otros aspectos complementarios, novedosos y más controvertidos que resumo:

1) Las movilizaciones ciudadanas de protesta o resistencia colectiva tienen un cauce y una representación social, inicialmente, doble (sindical y 15-M) y luego más diversos y complejos: dinámicas mixtas, similares o aliadas como Cumbres sociales, mareas ciudadanas, plataforma contra los desahucios, Marcha de la Dignidad, etc. y nuevas articulaciones de grupos sociales y distintas plataformas ciudadanas. Todo ello conforma un entramado asociativo que, con ocasión de las grandes movilizaciones, ha conseguido superar su fragmentación y ofrecer un cauce unitario. La composición de esa ciudadanía activa, de esas bases sociales más participativas, es doble: una parte proviene de la izquierda social (bases adultas y jóvenes de los sindicatos, la izquierda política y otros grupos y movimientos sociales, incluido desafectos y votantes del PSOE) y otra parte proviene de nuevas capas sociales y jóvenes (progresistas), con menores referencias ideológicas y políticas, y de elementos del movimiento asociativo anterior. Aunque también existe una base social común o mixta y una amplia ciudadanía indignada que comparte objetivos e iniciativas comunes.

2) Las movilizaciones se promueven y producen desde la esfera ‘social’, precisamente frente a un gobierno socialista y después de la derecha, es decir, frente a la clase política gobernante y el bipartidismo, responsables de la gestión institucional regresiva. La dimensión y la persistencia de la movilización social desmienten a todos los agoreros de su declive inmediato, su minusvaloración o su carácter ‘pasional’ y evanescente. No constituyen una fuerza social suficiente para imprimir un giro económico e institucional sustancial, pero articula una significativa presión social que condiciona la agenda política, erosiona la legitimidad de los poderosos y sus políticas regresivas y fortalece unas mentalidades democráticas e igualitarias; todo ello es imprescindible para el cambio social y político y positivo para la renovación de las izquierdas y fuerzas progresistas.

3) Su contenido, sus objetivos o sus motivos se fundamentan en dos planos, socioeconómico y sociopolítico e institucional: la oposición al carácter regresivo de la política socioeconómica (el reparto injusto de los costes de la crisis) y una gestión política con poco respeto democrático a la ciudadanía y su electorado. Denotan una amplia conciencia (o cultura) cívica, democrática y de justicia social y apuntan a la crítica y la transformación de componentes socioeconómicos y políticos, inmediatos y sistémicos.

Las movilizaciones sindicales y ciudadanas, con una fuerte composición joven, de este ciclo nacen con un perfil progresista, en lo social y lo económico, y democratizador, en lo político. Cuentan con una gran legitimidad ciudadana, cuestionando consensos institucionales fundamentales sobre este régimen político y el aparato económico de las últimas décadas. Las dos ideas fuerza están presentes en las distintas expresiones de este proceso participativo, aunque de forma algo diferente en cada campaña e iniciativa con mayor o menor protagonismo de unos u otros activistas y representantes.

Esas ideas, razones o motivos están presentes en la mayoría de la gente, particularmente, de los jóvenes, y responden a problemas sustanciales de la sociedad. No son solo ‘emociones’ vaporosas o líquidas. Se asientan en unos valores de justicia social y permiten identificar las protestas sociales con un sentido progresista, pacífico, democrático y de izquierdas… y enfrentadas a los poderosos. Es una respuesta a realidades profundas y duraderas (sólidas), como la crisis social y la pérdida de derechos, la apropiación de riqueza y poder de los poderosos con fuerte desigualdad social y la deslegitimación del sistema político y la élite gobernante. Al mismo tiempo, expresan la aspiración a una dinámica más justa y democrática.