Dominio público

Pánico a la bomba talibán

LUIS MATÍAS LÓPEZ 

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Hay un Estado de más de 160 millones de musulmanes, cuyo nombre significa País de los Puros, creado en 1947 con una base religiosa por el empeño de un islamista occidentalizado llamado Mohamed Alí Jinnah. Este país nació al partirse la India británica y en él se atesoran, se supone que protegidas como las reservas de oro de Fort Knox, entre 60 y 115 cabezas nucleares.

Se llama Pakistán, y no es un Estado fallido. Todavía. Tiene un Gobierno y un Parlamento surgidos de las urnas, un sistema judicial más o menos independiente, una clase dirigente educada en Reino Unido o EEUU y un poderoso Ejército de más de 600.000 soldados. Tres guerras por la disputa de Cachemira mantienen vivo un nacionalismo que oculta problemas más vitales, como la lacerante pobreza.
Pakistán podría ser relativamente estable si no fuese porque su peligrosa frontera con India parece un prodigio de estabilidad comparada con la de Afganistán. A ambos lados de esa separación, más teórica que real, podría llegar a formarse, si Washington e Islamabad no lo remedian, una entidad, llamémosla Talibanistán, en torno a una etnia (la pastún) y una ley (la sharia). Al menos eso pretenden unos radicales potenciados por los errores de EEUU (que favoreció a las guerrillas islamistas contra los invasores soviéticos) que no son una fuerza compacta, que constituyen el gran soporte de Al Qaeda y que desafían, no ya tan sólo al frágil régimen de Hamid Karzai en Kabul, sino al de Islamabad, encogido por el miedo y las divisiones internas.

Si no se les contiene, los talibanes paquistaníes y el conglomerado de islamistas radicales que apenas tienen fuerza en las urnas no se contentarán con controlar zonas próximas a la turbulenta frontera afgana, sino que intentarán extender su ley por todo el país. Puede que este fantasma no se haga carne a corto plazo pero, entre tanto, la reciente presencia de los talibanes a 100 kilómetros de Islamabad muestra la torpeza de quienes en los sesenta decidieron crear una capital en un extremo del país y proyecta una sombra ominosa sobre la seguridad del arsenal nuclear.
Las bombas están seguras, dice Zardari. El almirante Michael Mullen, jefe del Estado Mayor norteamericano, y el jefe del Pentágono, Robert Gates (ayer mismo, en Kabul), se muestran de acuerdo, mientras que Barack Obama y, sobre todo, Hillary Clinton, no parecen tan convencidos. En realidad son expresiones diferentes de un mismo temor. No se trata tan sólo del riesgo de que se desmadre la situación en Afganistán o en las zonas fronterizas. Lo que está en juego es algo mucho más importante para Washington y que, de materializarse, sería un fracaso comparable al de Vietnam: que el régimen aliado paquistaní se venga abajo, lo que podría desestabilizar toda la región (India incluida). Peor aún, que la fusión Al Qaeda-talibanes se haga con el arsenal atómico de Islamabad. Si el raquítico potencial norcoreano o la posibilidad de que Irán tenga la bomba dentro de varios años preocupa en Washington, que la consiga su peor enemigo, Osama bin Laden, o sus aliados y protectores, dispararía todas las sirenas de alarma.

Antes de viajar a Washington, llamado a capítulo por Obama (junto a Karzai), Zardari ordenó una con-
traofensiva generalizada para expulsar a los talibanes del territorio recientemente conquistado, incluso del valle de Swat, donde había aceptado ya la imposición de la sharia. Se diría que esta vez va en serio, pero conviene ser cautos. Incluso si la actual operación tiene éxito, eso no garantiza que la amenaza no se reproduzca más pronto que tarde. Los milicianos islamistas saben muy bien que un repliegue no es una derrota. Además, el Ejército no está motivado. Se le entrena para tener una sola cosa en la cabeza (que su misión es hacer frente a la amenaza india), no asume que los talibanes son enemigos y, como no saben combatir a una guerrilla, se dedica a matar moscas a cañonazos. El resultado: un éxodo masivo de decenas de miles de civiles inocentes.
Pese a todo, no hay exagerar el riesgo nuclear. A corto plazo, es casi imposible que los talibanes se hagan con los arsenales, pero EEUU no se fía. No ayudan noticias como la puesta en libertad (estaba en arresto domiciliario) de Abdul Qadir Jan, padre de la bomba atómica paquistaní, responsable de la transferencia de tecnología nuclear a Libia, Corea del Norte e Irán.

Hace año y medio, The New York Times reveló que EEUU invirtió 70 millones de euros a lo largo de seis años en programas de entrenamiento y equipos para reforzar la seguridad atómica de su aliado, como helicópteros de visión nocturna y otros avanzados sistemas de vigilancia. Sin embargo, se negó a entregar un sofisticado sistema de protección (PALS), que hace imposible activar las bombas sin la utilización de un complejo sistema de códigos.
Bush no se fiaba. ¿Se fiará Obama? Es improbable. El recelo y el nacionalismo han teñido hasta ahora la actitud de ambos aliados, y más desde que EEUU apostó por India y firmó un acuerdo para transferirle tecnología nuclear. Que se sepa, Musharraf no informó a Bush del número y la ubicación de las cabezas atómicas y los cohetes portadores. ¿Facilitará Zardari esta información vital a Obama, suponiendo que este haya logrado que se la entreguen los militares? Estos días, en Washington, la presión ha debido de ser brutal. Si el presidente paquistaní se rinde al imperio en este asunto crucial puede que los generales y los espías del ISI se le echen encima, y está demasiado en la cuerda floja para asumir tamaño reto. Sería como abrir el redil al lobo. El Pentágono tiene planes de contingencia para, en el peor de los escenarios, lanzar una operación limitada que secuestre las bombas de la discordia y las ponga en lugar seguro. O sea, fuera de Pakistán.

Luis Matías López es Periodista.

ILustración de Mandrake