Opinion · Dominio público

La doble moral

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

“Es un fanático de la moral: la tiene doble”, decía El Roto de uno de sus personajes. Una frase que expresa el entusiasmo por la doble moral que comparten muchos políticos, gobiernos e instituciones internacionales. Y que corre el peligro de infiltrarse en el imaginario colectivo.

Supongamos por un momento que el Gobierno de Venezuela (por ejemplo) hubiera mantenido secuestrados durante varios años a cientos de enemigos políticos acusándolos de terrorismo, sin presentar ningún cargo legal contra ellos ni concederles el derecho de presentarse ante un juez, y que algunos se hubieran suicidado y muchos hubieran sido salvajemente torturados, algunos hasta la muerte. Imaginen ustedes la reacción internacional que hubiera provocado una noticia como esta referida a algún país de “mala conducta”, como Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia o Irán; no habría telediario en el que no se pidiera su liberación. Como los hechos los cometió —y reconoció— el Gobierno de los Estados Unidos, las reacciones se limitaron a algunas críticas y artículos periodísticos antes de que esos delitos de Guantánamo pasaran al olvido, donde ya están cómodamente instalados. Mientras, los prisioneros secuestrados siguen allí.

El caso de Guantánamo no es único, pero es muy significativo. Muchos creíamos, ingenuamente, que el derecho al habeas corpus y que la condena y penalización legal y judicial de la tortura eran temas fuera de discusión, aun cuando se siguieran violando esos derechos en todo el mundo, ya que numerosos acuerdos y tratados internacionales en vigor penalizan esas conductas. Sin embargo, altos funcionarios de los Estados Unidos, exdirectores de la CIA, incluyendo al expresidente Bush, se permiten justificarlas públicamente sin que la comunidad internacional haya reaccionado. Y el Parlamento europeo, que se ha apresurado a condenar la existencia de presos políticos en Venezuela, no ha emitido ninguna condena ante esa evidente apología del delito, aunque han pasado nueve años de silencio desde que pidió la regularización de la situación de esos presos.

El espectáculo del Estado Islámico degollando o quemando vivos a prisioneros delante de las cámaras es intolerable y ninguna justificación es capaz de atenuar siquiera esa barbarie. Eso explica la indignada y justa reacción internacional que ha provocado. Pero no se ha producido una reacción siquiera semejante ante agresiones contra miles de civiles, niños incluidos, que han provocado ejércitos como el israelí en Gaza, Estados Unidos y sus aliados en Afganistán, Irak, Libia y Siria, entre otros.

El sufrimiento y las muertes que provocan las bombas, los misiles y las balas no tienen nada que envidiar a la crueldad de los cuchillos y las hogueras yihadistas, aunque su uso haya sido menos mediático y sus víctimas más numerosas. Y creo que nadie supone ya que esas agresiones estuvieron motivadas por el propósito de lograr la paz en el mundo. Entre otras razones, los intereses geopolíticos y el control del petróleo ocupan un lugar preferente en sus motivaciones. A lo cual hay que sumar la ayuda que han prestado esos ataques al crecimiento del fundamentalismo islámico: Al Qaeda tiene mucho que agradecer a la invasión de Afganistán y el Estado Islámico a la intervención en Siria.

Son solo dos ejemplos. A ellos habría que añadir la tolerancia que inspiran países como Arabia Saudí, Qatar y los Emiratos Árabes —por no hablar de China—, en los cuales no se respetan elementales derechos humanos, se financian terrorismos y con los que se mantienen relaciones de amistad —visitas reales incluidas— que serían denunciadas como intolerables si se produjeran en lo que el pensamiento oficial denomina “estados canallas”, donde no parece que la violación de esos derechos sea mayor que la de los mencionados y algunos de los cuales —como Cuba— sufren sanciones internacionales por esa causa.

Max Weber distinguía dos tipos de éticas. La ética de las convicciones, que pone por delante los principios éticos universales y la ética de la responsabilidad, que mira más a los resultados que produce la acción. Según él, esta última es la ética propia del político, que muchas veces debe sacrificar principios morales para conseguir resultados que afectan a la sociedad en su conjunto. Creo que el error de Max Weber consiste en atribuir al político una ética propia, como si el equilibrio entre convicciones y responsabilidad no afectara por igual al ciudadano común que al gobernante, aun cuando, por supuesto, sus consecuencias sean distintas.

Cualquier decisión moral implica una negociación, no siempre fácil, entre las propias convicciones y los resultados que se van a seguir de nuestros actos, porque las consecuencias también dependen de los principios. Pensar que los políticos, por el hecho de serlo, tienen una especie de bula moral por la cual sus acciones no están sujetas a los mismos criterios que el común de los mortales implica aceptar el principio fundacional del autoritarismo o el totalitarismo, consecuencia que seguramente no hubiera deseado Max Weber. Pero lo más preocupante es que esta ética oportunista no se limita al político y termina convenciendo a muchos ciudadanos, que consideran necesarias, o al menos tolerables, las torturas de Guantánamo y el genocidio de Gaza mientras se indignan —con justa razón— ante los crímenes del Estado Islámico o los atentados de París.

Decía Kant que una manera de reconocer el valor moral de una decisión consiste en preguntarse si su propósito es universalizable, es decir, si podemos exigir que en las mismas circunstancias ese mandato debiera obligar a todos. Porque la doble moral es lo que tiene: postula normas contradictorias para situaciones equivalentes, según la conveniencia de quien las promulga. Desaparece así cualquier criterio universal, reemplazado por  las conveniencias del momento, para lo cual se construye un discurso ad hoc que reviste de dignidad moral al oportunismo.

Todos comprendemos perfectamente las razones por las cuales se construyen morales a medida para dignificar comportamientos que en otro caso descubrirían intereses menos confesables. Una de las peculiaridades de los seres humanos, que nos diferencia de los demás animales, consiste en la necesidad de justificar lo que hacemos, elevando nuestras conveniencias a la categoría de normas morales. Y las relaciones internacionales son expertas en el uso de esas artimañas. Las guerras, en particular, han sido siempre objeto de justificaciones éticas y heroicas, llegando incluso a revestirlas de una estética atractiva destinada a ocultar la miseria y el dolor que constituyen su esencia. Una sublimación que poco tiene que ver con las sórdidas intenciones de muchos de sus promotores.

Sería de desear que esos políticos dejaran a la moral en paz y al menos cometieran sus tropelías sin tratar de revestirlas de excelencia ética: nos entenderíamos mejor y nuestra inteligencia se sentiría menos insultada.