Opinion · Dominio público

El poeta y el capitán

 FÉLIX POBLACIÓN

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Si es raro que un poeta sea premiado cumplidos los 100 años, más lo es que un periodista, rebasada esa edad, haya mantenido su cita cotidiana como columnista de un diario hasta el punto final de su existencia. En el caso de Victoriano Crémer (1907-2009) han concurrido esas dos singulares circunstancias, pues su libro de versos (El último jinete) obtuvo en 2008 el premio Gil de Biedma y su artículo al pie de la actualidad estuvo hasta ayer, día de su fallecimiento, en las páginas del Diario de León, como ha venido ocurriendo en éste o en otros periódicos de aquella capital a lo largo de casi setenta años, excusado algún tiempo de forzado silencio.

Aunque tiene además libros en prosa de varia condición, es la poesía de Crémer y su copiosa fidelidad al artículo periodístico, en el que se mostró siempre con unas dotes de agudeza y concisa precisión tan amenas como elocuentes, lo más destacable en la obra del fallecido escritor. Autor de más de 15.000 artículos en la prensa local y de unos 6.000 comentarios en Radio León, era tanta la expectación de la audiencia ante su voz en esa emisora que se la reconoció por decenios como la Radio de Crémer. Tanta prosa periodística sería suficiente, según el propio autor, para cubrir por entero la Tierra de Campos.

Su primer reconocimiento exitoso como escritor le va a deparar a Victoriano un serio disgusto. Proclive al ideario libertario –acaso por influencia de su convecino Buenaventura Durruti–, se publica en agosto de 1933 en el diario madrileño La Tierra un texto suyo titulado Vía Crucis (Romance proletario), que glosa la brutal represión desatada por el Gobierno republicano para sofocar la revuelta anarcosindicalista de Casas Viejas. Se trata de un escrito breve en prosa poética, de contextura firme, fraseo corto y muy inspirado, con el que se presentó a un premio literario al que concurrieron casi 700 originales y del que resultó vencedor. Crémer gana con el primer premio una generosa dotación de algo más de 300 pesetas, pero también la apertura de un expediente militar.

Trabajaba entonces don Victoriano como tipógrafo en la imprenta del diario La Mañana, fundado en 1928 por Isidoro García, un emigrante que había retornado de América con los suficientes caudales como para financiar el rotativo. Era cuñado el indiano del militar del Estado Mayor Juan Rodríguez Lozano, que por su condición de letrado vino a desempeñar la función de asesor jurídico de la nueva empresa periodística. Según recoge Crémer en uno de sus libros, el capitán Lozano se hará cargo de su defensa ante el tribunal militar, habida cuenta la amistosa relación entre ambos mientras el primero faenaba en los chibaletes de La Mañana: “Don Juan –rememora Crémer– era hombre ponderado, generoso y fundamentalmente bueno y honorable, y me llamó a capítulo para estimularme en mis ensayos literarios, a los que tuvo acceso, y puedo decirlo sin mengua de recelo, que estoy dispuesto a proclamar que si conseguí algún adelanto en mis pretensiones literarias se lo debo a la influencia del capitán Lozano, el cual, no solamente me tuteló sino que me aconsejó con seriedad y espíritu cuasi paternal”.

Cuenta asimismo el escritor, según se recoge en el libro de Félix Pacho Reyero Victoriano Crémer: el periodista, que tan acertadamente llevó el pleito Rodríguez Lozano, y tan resueltos fueron sus argumentos, que los miembros del tribunal, que le amenazaban “con hierros y rejas”, decretaron la nulidad de los expedientes incoados. Esa defensa coincide en el tiempo (1933) con el ingreso del capitán Lozano en la masonería, en la logia Emilio Menéndez Pallarés de León, con el nombre simbólico de Rousseau, donde llegaría al grado segundo de compañero y no sólo al primero de aprendiz, como sostiene Óscar Campillo, el biógrafo del nieto del militar y actual presidente del Gobierno. Se puede comprobar en el expediente abierto contra el capitán por el Tribunal Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo. Los datos acerca de su
adscripción a la masonería los facilita Rodríguez Lozano luego de prestar declaración en el aeródromo militar de León el 17 de noviembre de 1934, como consecuencia de haberse ofrecido en una carta, fechada el 14 de febrero de ese mismo año, a Julián Zugazagoitia, director de El Socialista, para colaborar en este periódico por “pensar en socialista”.

El 20 de julio de 1936, el golpe de Estado franquista triunfa en León con la detención del gobernador civil, el alcalde de la ciudad, el presidente de la Diputación y otros cargos representativos. Entre ellos se encuentra el capitán de infantería Rodríguez Lozano. Todos son recluidos en el penal de San Marcos, en donde más tarde acabará también Victoriano Crémer, que confiesa que se le “saltaron las lágrimas” cuando contempló a don Juan sometido al régimen de procesado. Va a ser su último encuentro, porque menos de un mes más tarde, el 18 de agosto de aquel verano sangriento, Rodríguez Lozano fue fusilado por el ejército golpista, según consta en el acta de defunción que figura en el mencionado expediente del TERMC.

Dijo Crémer de su oficio: “Escribo para vivir, y después para ayudar a los demás a que vivan. (…) Yo creo que un pueblo, sobre todo como el nuestro, tan propenso al desánimo y a la pereza, si no habla se muere, si no escribe, rabia, porque se traga las palabras y se le pudren dentro y acaba por morir asfixiado de silencio”. Por salvaguardar el derecho a resistirse a esa asfixia fue fusilado el capitán Lozano el mismo día en que otros sicarios del bando fascista asesinaron en Granada a Federico García Lorca, uno de los poetas más universales en lengua castellana. No hay nada más inútil que pretender acabar con la voz de los poetas. Ahí están Crémer y Lorca para demostrarlo.

Félix Población es  escritor y periodista en el Centro Documental de la Memoria Histórica.

Ilustración de Enric Jardí.