Opinion · Dominio público

La sociedad de los más aptos

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

En esta época políticamente agitada, en la cual las noticias tratan de rivalidades entre partidos, negociaciones ocultas y reparto de poder, resulta anacrónico desarrollar un enfoque filosófico de la política. Recuerda uno la frase del torero cuando le dijeron que Ortega y Gasset era profesor de Metafísica: “¡Hay gente pa to!” Está de moda hablar del fin de las ideologías y suponer que una actitud realista consiste en dedicarse exclusivamente a la resolución de problemas concretos, abandonando por ociosos los debates de ideas. Creo, por el contrario, que esta postura es tan ideológica como cualquier otra y que las ideologías más peligrosas son aquellas que no se muestran como tales. Y que desmontarlas mostrando sus intenciones ocultas es tan importante como sumergirse en las faenas concretas que la urgencia exige. Para intentarlo invito a retroceder unos cientos de millones de años.

La evolución ha tenido bastante éxito. De aquellos primeros tiempos en los que había sobre la tierra poco más que algunos peces, anfibios y líquenes hasta los tiempos actuales en los que abundan millones de especies de plantas y animales y que hasta han dado lugar a un viviente capaz de escuchar música y viajar a la luna  –aunque también de autodestruirse- la naturaleza ha dado pasos gigantescos en la construcción del mundo. Y para ello ha utilizado un método revolucionario: la selección natural. De los millones de especies que han ido apareciendo desde ese comienzo solo han sobrevivido aquellas que fueron capaces de adaptarse a su entorno, dejando por el camino a la mayoría, que carecieron de la fuerza necesaria para vivir en este mundo hostil. Los que sobrevivieron fueron los vencedores en una lucha por la supervivencia que no perdonó a los débiles.

La conclusión es obligada: si la naturaleza ha sido capaz de progresar así ¿por qué no utilizar el mismo método para organizar la sociedad humana? No han faltado propuestas en ese sentido. Por ejemplo, decía W.G. Sumner en 1914: “Dejemos claro que no podemos salirnos de esta alternativa: libertad, desigualdad, supervivencia de los más aptos; no libertad igualdad, supervivencia de los menos aptos. Lo primero lleva a la sociedad hacia adelante y favorece a sus mejores miembros; lo segundo la hace retroceder y favorece a sus peores miembros”. En términos parecidos hablaba H. Spencer, que calificaba de “ley universal de la naturaleza” la que afirma que “toda criatura incapaz de bastarse a sí misma debe perecer”. El mismo Darwin comparaba el resultado de las sociedades salvajes, donde solo sobreviven quienes tienen un vigoroso estado de salud con nuestro mundo civilizado, que protege a los débiles, los lisiados, los imbéciles, los enfermos y los pobres, que propagan estas características gracias a esa protección. Y afirmaba que “esto debe ser altamente perjudicial para la raza humana”. Si bien, como veremos, en otra parte matiza esta afirmación.

Las doctrinas neoliberales, hijas de este darwinismo social, asumen este supuesto, aunque no lo digan claramente y traten de matizarlo. El eje de su ideología no es la libertad, como sugiere su nombre, sino la competencia. Y por más que esta competencia se haya suavizado en los últimos años con respecto a las propuestas del antiguo darwinismo social, sigue en pie la propuesta de organizar la sociedad en base a un individualismo competitivo en el cual resulta inevitable la distinción entre ganadores y perdedores: como en toda competencia, unos ganan y otros pierden. De ahí su insistencia en el adelgazamiento del Estado y su exaltación de la “libertad” del individuo, libertad entendida como posesión individual. “La sociedad no existe” decía Margaret Thatcher. Y John Rockefeller: “El crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto… La rosa American Beauty sólo puede alcanzar el máximo de su hermosura y el perfume que nos encantan, si sacrificamos otros capullos que crecen a su alrededor. Esto no es una tendencia malsana del mundo de los negocios. Sino solamente la expresión de una ley de la naturaleza y una ley de Dios.”

Este proyecto de imitar la evolución biológica ni siquiera es fiel a la historia de la evolución: las distintas especies no solo compitieron sino que en ocasiones colaboraron entre ellas. El mismo Darwin afirmaba que es la propia selección natural la que ha favorecido los impulsos sociales, en especial la simpatía o compasión entre los semejantes, en los que se basa la sociedad humana y que le ha proporcionado enormes ventajas evolutivas con respecto a la mera lucha por la supervivencia. Si en algo se distingue el ser humano de sus ancestros evolutivos es precisamente por su capacidad de formar sociedades estructuradas según leyes lingüísticas y no meramente biológicas, lo cual le permite una capacidad adaptativa muy superior a la de otros animales, en la medida en que implica cierta independencia de las condiciones que lo rodean. Lo “artificial” es lo “natural” en el hombre.

Sin embargo, la debilidad del darwinismo social no radica en razones científicas o históricas sino éticas. A pesar de todo, es verdad que una sociedad que favorezca el éxito de los más dotados por la naturaleza –los más sanos, los más inteligentes, los más astutos, los más fuertes- dejando por el camino a los más débiles puede conseguir algunos objetivos que serían difíciles de lograr en una sociedad solidaria. Que se lo pregunten a Hitler. Pero la cuestión consiste en saber si preferimos volver al estado natural o construir una sociedad humana. Porque la característica de la sociedad humana, lo que nos distingue radicalmente del resto de la naturaleza, consiste precisamente en haber elegido el camino de la cooperación antes que el de la pura competitividad y reconocer que todos los seres humanos gozan de derechos que son independientes de su “utilidad” productiva, que la vida humana – aunque “no sirva para nada” y sea poco eficaz evolutivamente- tiene un valor superior a la del resto de la naturaleza, que los débiles, los tontos, los incapaces, tienen los mismos derechos fundamentales que los genios y los líderes de la humanidad. Lo cual sigue siendo cierto aunque se hayan inventado y se sigan practicando tantas formas de  desmentir esta solidaridad propia de nuestra especie.

El ser humano es un producto “anormal” en el curso de la evolución. Lo característico del ser humano consiste en contravenir las leyes naturales (entre otras cosas). Decía Ortega que “el ser del hombre y el ser de la naturaleza no coinciden plenamente, el hombre es a un tiempo natural y extranatural, una especie de centauro ontológico.” De modo que extrapolar las leyes naturales a la sociedad humana implica perder de vista nada menos que nuestras señas de identidad en este mundo. Una sociedad regida por la competencia, que organice las relaciones sociales según un juego de suma cero, en el cual la libertad de unos es inversamente proporcional a la de los demás según ese mantra liberal que afirma que “mi libertad termina donde empieza la libertad de los otros” es sin duda posible, y no faltan ideologías que la defienden y sociedades que las aplican. Pero creo que somos muchos quienes nos negamos a esta concepción estrecha de la libertad, que conduce al brutal aumento de la desigualdad al que asistimos y preferimos una sociedad que asegure la igualdad de derechos entre los más aptos y los menos aptos, los más inteligentes y los menos, los más audaces y los más tímidos, incluso los más honestos y los más corruptos. Es decir, la libertad entendida como ausencia de relaciones de dominación. Y por más que las versiones actuales del darwinismo social hayan incluido muchos matices que corrigen la radicalidad de sus primeros teóricos, incorporando medidas de protección social, el peso de la ideología competitiva termina imponiéndose en muchas políticas concretas del neoliberalismo de hoy. Basta con seguir el imparable aumento de la desigualdad en el mundo.

En cualquier caso, hay que elegir nuestro modelo de sociedad, porque la naturaleza no lo hace por nosotros. Eso, si nos dejan.