Opinion · Dominio público

Violencia de género en agosto

dominio-08-14.jpgMiguel Lorente

Hablar de violencia de género en el periodo estival, especialmente durante las vacaciones, significa sobrellevar un tiempo marcado por la amenaza, en el que las manecillas del reloj se unen a las manos del agresor para marcar el tiempo a golpes, y así fijar los límites de manera más nítida ante las circunstancias de estas fechas y la ausencia de los patrones dibujados por la rutina. Se trata del síndrome vacacional de la violencia de género, y se traduce por más violencia y un incremento de los homicidios. Durante los meses de agosto, desde 2003 a 2008, 44 mujeres han sido asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas, lo cual sitúa la media de homicidios en el mes de agosto en 7,3, la más elevada de todos los meses y con prácticamente dos puntos de diferencia respecto al resto del año, cuya media es de 5,4.

El análisis de las circunstancias vuelve a mostrar cómo la violencia de género es diferente al resto de las manifestaciones violentas interpersonales, algo que también se manifiesta en la forma de presentarse, pues la agresión nace de los objetivos y motivaciones de estos agresores, que aunque terminen en el lugar común de la agresión o del homicidio, parten de un lugar completamente diferente, que es el que marca su significado. No es el calor, como a veces se ha oído. El pasado año, por ejemplo, el mes con más homicidios fue diciembre, con 11 casos, y la temperatura media fue de casi 7 º, mientras que en julio y agosto fue de unos 24 º. Las razones son otras. En los casos en que la pareja convive, los principales factores que influyen en el incremento de la violencia en este periodo están relacionados con el aumento del tiempo de convivencia. Las parejas pasan más tiempo juntas y cuando se inicia el conflicto violento la rutina presente durante el resto del año, que habitualmente lo fragmenta –bien porque tienen que marchar a trabajar, a recoger a los niños, porque estos regresan del colegio…– está ausente. Esto hace que la situación de violencia continúe, que pueda incrementar su intensidad y acabar en una agresión grave. Además, durante esta época los problemas surgen con más frecuencia sobre cuestiones relacionadas directamente con la familia en el sentido más amplio (visitas de padres, hermanos, hermanas, reuniones con los cuñados, cuñadas, sobrinos…), una situación que para quien busca el control de la mujer y su aislamiento de las fuentes de apoyo externo supone una amenaza, incluso un ataque.

Cuando la relación se ha roto y no existe convivencia, los agresores que están dispuestos a acabar con la vida de sus ex parejas, antes de llegar a ese extremo, lo que intentan conseguir es recuperarlas o, al menos, impedir que inicien una vida independiente, pues mientras que esto no ocurra ellos creen que sus parejas regresaran a sus dominios. Para conseguir este objetivo, inician una conducta de seguimiento y control a mayor o menor distancia para ver dónde van y con quién lo hacen, comportamientos que durante el resto del año también vienen caracterizados por una cierta rutina, pero que en agosto entran en otra órbita (se sale más, se va a sitios nuevos, con gente diferente, en horarios distintos, hay más ausencias de los lugares habituales…), lo cual hace más difícil el control y permite interpretaciones que los llevan a entender que no podrán recuperar a unas mujeres que consideran suyas. En ambas circunstancias el agresor ve alterada su construcción basada en el dominio de la mujer y en su control. En el primer caso, por sentir cuestionada su autoridad y su traducción en la ruptura de la relación, y en el segundo al entender que la idea de recuperar a la mujer se ve definitivamente frustrada para él.
La pérdida o la no recuperación, lo que se denomina el “punto de no retorno” es el factor precipitante del homicidio, con independencia del periodo anual al que nos refiramos, y en agosto las circunstancias hacen que muchos agresores crean que esa teórica “operación retorno” no se va a producir, algo que termina en un síndrome vacacional de dramáticas
consecuencias. Sin embargo, hay solución. El conocimiento es la mejor referencia para adelantarnos a los hechos y evitar sus consecuencias negativas, y la sociedad, de manera muy especial las mujeres que se puedan encontrar en estas circunstancias, así como sus entornos más cercanos, deben saber cómo se comportan los agresores en estas fechas y no confundir la sensación de distancia con un alejamiento real, ni la relajación de los hábitos vacacionales con la reducción del control que ejerce el agresor. Él siempre busca lo mismo y nunca renunciará a mantener su posición de poder sobre el dominio de la mujer. Por ello, hay que actuar preventivamente y ante los síntomas expuestos acudir a centros donde puedan recibir asesoramiento o información, o llamar al teléfono 016, para así poder actuar y poner tierra, mar y aire de por medio a la violencia y al violento.

Ello no significa que la responsabilidad esté en las mujeres que sufren la violencia. El compromiso es de toda la sociedad con sus instituciones al frente, y el entorno cercano a la mujer es un elemento fundamental en el contexto de seguridad y protección, especialmente si consideramos que entre un 70 y un 80% de los homicidios se producen sin que las mujeres hayan denunciado, y que entre las que lo han hecho este año, cerca de un 10% han minimizado el riesgo que corrían ante estos traidores.

Miguel Lorente es Delegado del Gobierno para la Violencia de Género

Ilustración de Mandrake