Opinion · Dominio público

La garantía del cambio

Antonio Antón

Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Antonio Antón
Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Las elecciones del 20 de diciembre van a definir el alcance y la orientación del cambio institucional en España. Ha culminado una etapa de cambios sociales, políticos y de mentalidad. Ahora la ciudadanía va a decidir la representatividad de las distintas fuerzas parlamentarias y el sentido de las políticas y programas a aplicar. Se ventila la posibilidad de un cambio sustancial o un simple continuismo más o menos renovado. Es una encrucijada histórica en la que es posible un cambio gubernamental profundo, pero también existe el riesgo de un cambio superficial, con reforzamiento de fuerzas continuistas con ligeros retoques renovadores. En especial, el peso representativo de Podemos va a ser crucial para determinar los próximos equilibrios políticos y el carácter del nuevo ciclo del cambio.

La vieja alternancia bipartidista deja paso a un proceso más complejo de acuerdos y negociación entre cuatro fuerzas parlamentarias más representativas con distintos proyectos y  escenarios. Según las últimas encuestas electorales se mueven en un tramo entre el 17% y el 25%, con una ligera ventaja para el PP y desventaja para Podemos, junto con un ascenso para Ciudadanos que se coloca al mismo nivel que el PSOE. No obstante, considerando los márgenes de error, la persistencia de la indefinición de una parte significativa del electorado y su cierta volatilidad, así como la fuerte pugna de la dura y prolongada campaña electoral, no se puede determinar todavía el ganador o ganadores relativos de votos y escaños.

Existe la certeza de que no se van a repetir mayorías absolutas, es decir, la imposibilidad de un Gobierno de un solo partido y sin acuerdos con un segundo. La situación está abierta, particularmente, quién va a alcanzar la mayoría relativa y con qué distancia respecto del segundo y tercero, para asumir la iniciativa, y qué alianzas y con qué orientación se puede conformar una mayoría parlamentaria suficiente. Sin embargo, aun con esas incógnitas, sí podemos señalar posibles escenarios, con algunas tendencias y sus consecuencias estratégicas y políticas, tal como explico en el libro Movimiento popular y cambio político. Nuevos discursos (de próxima aparición en editorial UOC).

El simple ‘continuismo’ conservador y autoritario del PP está cada vez más desacreditado y aislado socialmente. El cambio ‘seguro’ del PSOE está estancado y no reúne la credibilidad suficiente para remontar claramente su disminuida representatividad. El cambio ‘sensato’ de Ciudadanos ha incrementado su apoyo social hasta situarse en el mismo nivel.

Pero, sobre todo, la novedad más significativa, desde la perspectiva de un cambio institucional sustantivo, es la irrupción en el escenario político de una fuerza alternativa que condiciona todo el marco institucional, con una representatividad popular cercana a la de los anteriores partidos. Se trata de Podemos y sus aliados o afines, incluido Unidad Popular. Un punto débil, su actual división. Frente a un cambio superficial o continuismo más o menos renovado, mantiene un proyecto diferenciado de cambio sustancial. Por un lado, hacia una reorientación de la política socioeconómica, desde los criterios de justicia social y defensa de los derechos sociolaborales de la gente. Por otro lado, por la democracia o la regeneración democrática de la dinámica y las instituciones políticas, empezando por la firme lucha contra la corrupción y el impulso a la participación cívica.

Se abren distintos escenarios. En primer lugar, desde la perspectiva de Podemos y el cambio sustancial, y a pesar de la reducción de sus expectativas anteriores, todavía es posible su apuesta ganadora: disputar la hegemonía del campo progresista al PSOE y conseguir una suficiente mayoría parlamentaria de progreso que fuerce el desalojo de las derechas  (PP y Ciudadanos), neutralice un pacto de continuismo ‘renovado’ (PSOE-Ciudadanos) y abra un periodo institucional democratizador y de progreso. Este cambio podría ser más fuerte o más débil dependiendo del grado de desplazamiento ciudadano hacia un cambio sustancial, traducido por la ventaja de Podemos con respecto del PSOE y el desgaste de las derechas.

En todo caso, solo Podemos sería incapaz de garantizarlo y debería contar con el apoyo del  partido socialista, contando con su necesario y difícil giro hacia la izquierda y un fuerte compromiso democrático y social. No es un secreto la preferencia socialista por un cambio leve o moderado, convergente con el de Ciudadanos y condicionado por sus compromisos con el poder establecido y los consensos dominantes en la UE. No obstante, dejamos abierta esta posibilidad de gobierno de progreso. Supondría llegar a un plan negociado e intermedio susceptible de una mayoría parlamentaria, pero auténticamente de cambio. La experiencia de ayuntamientos, como los de Madrid y Barcelona, lo anuncia, aunque el plano estatal es muy distinto y más complicado para repetir esa opción. Su concreción supondría la mayor movilización de todos sus recursos disponibles, el acierto en su discurso y su liderazgo, así como la convergencia con el resto de fuerzas alternativas.

Una dificultad adicional es la falta de entendimiento con IU y la división existente con Unidad Popular, cuyo impacto negativo, en la subjetividad de mucha gente y la traducción en escaños en las provincias pequeñas, habría que superar con alguna fórmula integradora. La cuestión es que, en el mejor de los casos, con la convergencia máxima entre ellas, deberían sortear la penalización de la ley electoral en las provincias medianas –las pequeñas serían casi inaccesibles- si no se llega en ellas al 18%/20% del electorado.

En segundo lugar, cabe la hipótesis de otro escenario menos deseable para Podemos: ‘perder’ la posibilidad de una participación o influencia directa en la gestión gubernamental para ‘cambiar las cosas’ de la gente. Ya se ha expresado esa probable situación con los datos actuales: la imposibilidad para Podemos de ser hegemónico respecto del conjunto de las otras tres fuerzas continuistas o levemente renovadoras y la inevitabilidad de pasar a la oposición parlamentaria (y activar la social) si las tres se reafirman a través de un continuismo con un cambio cosmético. Se consolidaría el intento del poder establecido de cierre de este ciclo de cambio, con el aislamiento de los sectores más dinámicos, social y políticamente, pero con una nueva legitimidad social renovada para continuar con las políticas dominantes: parchear la política social y económica, al dictado de la troika, y hacer un lavado de cara al marco institucional. Supondría la prolongación de los graves problemas socioeconómicos para las capas populares, un estancamiento moral y democrático y cierta frustración cívica. Esta salida falsa a la crisis social, económica y política afectaría negativamente, además, a la ciudadanía activa, a la base social alternativa y su capacidad transformadora. No obstante, en ese peor escenario para la mayoría de la gente y el proceso de cambio democrático, todavía caben dos posibilidades con efectos y, sobre todo, actitudes muy diferentes.

Por una parte, la perspectiva preferida por las élites dominantes del llamado Régimen restaurado: la consolidación de las fuerzas liberal-conservadoras continuistas (el PP con el apoyo de Ciudadanos y su política económica neoliberal), el fortalecimiento del espacio del ‘continuismo renovado’ o ‘cambio limitado’ y superficial (Ciudadanos y PSOE) y el debilitamiento de Podemos y las fuerzas alternativas (incluido Unidad Popular) por el cambio sustancial, condenadas a la irrelevancia de una representación minoritaria, dividida y distanciada de las otras tres fuerzas.

Ese proceso podría conllevar una dinámica todavía más destructiva en el interior de Podemos y entre las distintas fuerzas alternativas, con la repercusión de cierta desorientación y descomposición orgánica, crisis de liderazgo y discurso, así como pasividad y desconcierto de su base popular. Es decir, la situación postelectoral de unos resultados limitados (alejados e inferiores al 15% de Podemos en las autonómicas y sin apenas representación de IU-Unidad Popular) todavía podría empeorar la dinámica subjetiva derrotista de la gente alternativa, más al compararla desde la expectativa anterior de ganar la mayoría del voto popular. Es el temor que corroe la subjetividad ciudadana del compromiso por el cambio y la necesidad de la apuesta por una nueva ilusión de remontada que active la disponibilidad de la gente.

Desde luego, de producirse ese escenario el movimiento popular y la dinámica cívica en España, así como los sectores progresistas y la izquierda social, sufrirían una pérdida política, social y moral que acentuaría una dinámica de frustración y desconcierto. Ello afectaría a la legitimidad y la credibilidad de las nuevas élites políticas alternativas. Se demostraría, a pesar de su significativo empuje y renovación, su dificultad para estar a la altura de sus responsabilidades de articulación, representación y liderazgo en esta encrucijada histórica, aun con los adversarios tan poderosos. Este proceso estaría ligado a la restauración conservadora del Régimen anterior y a la hegemonía de la gestión y la salida neoliberal de la crisis y la construcción europea.

En ese marco podría generarse alguna novedad de cambio superficial y del sistema de representación: Ciudadanos como desplazamiento de parte de la base del PP y Podemos sustituyendo solo a IU, en sus mejores tiempos, y recogiendo una pequeña parte del nuevo electorado joven e indignado y de los desafectos al partido socialista. Sin embargo, como tendencia dominante ganaría el continuismo algo renovado con el bloqueo a las dinámicas de cambio institucional. En definitiva, la tarea principal para avanzar en la dinámica del cambio es evitar esa derrota estratégica.

Por otra parte, cabe otro escenario complicado y ambivalente: un descenso relativo respecto de las mayores expectativas de Podemos y sus objetivos máximos pero con un avance significativo en la representatividad alternativa y la rearticulación del sistema político. Es perder parcialmente algo respecto de las mayores expectativas de capacidad para imprimir un cambio sustancial a corto plazo. Y, al mismo tiempo, es ganar algo con el avance en la representatividad política y la gestión institucional alternativa y popular, respecto de la situación anterior.

La hipótesis es, tal como apuntan algunos analistas, un gobierno dirigido por el PSOE con el acuerdo o participación de Ciudadanos, o al revés, comandado por Ciudadanos y la subordinación del PSOE, tal como advierten las últimas encuestas. La pugna entre los dos por quién encabeza esa opción va a ser dura y agresiva, al igual que hace unos meses por parte del partido socialista hacia Podemos cuando éste le disputaba su hegemonía, situación que podría repetirse a lo largo de la campaña. Pero ese reforzamiento del cambio moderado como opción mayoritaria, puede llevar aparejado, por un lado, un retroceso significativo del PP y las presiones más conservadoras y regresivas y, por otro lado, una fuerte representación parlamentaria de Podemos y las fuerzas alternativas.

Esta reafirmación alternativa, a pesar de no ganar la mayoría relativa y la hegemonía del tipo de cambio y su principal gestor, aún daría credibilidad a la continuidad de un proyecto transformador. Esa palanca institucional de un fuerte bloque parlamentario crítico, junto con su gestión municipal y su influencia en la gestión autonómica, así como con la imprescindible activación del movimiento popular, condicionaría la acción gubernamental y el carácter del próximo ciclo sociopolítico y económico.

Por tanto, ante las dificultades para conseguir la hegemonía electoral e institucional que avale un cambio sustancial, cobra importancia la revalorización de la posición articuladora de lo social y el refuerzo del movimiento popular real. Así, con esa dinámica también se podrían reforzar las tendencias sociopolíticas de fondo contra la austeridad y por los derechos sociales, laborales y el empleo decente. Empujaría hacia un proceso social y cultural de regeneración democrática y consolidación de fuerzas populares transformadoras.

En definitiva, la garantía para el avance hacia un nuevo ciclo de cambio sustancial es un gobierno de progreso, con un papel relevante de Podemos, y un refuerzo de la participación cívica.