Opinion · Dominio público

Socialdemocracia y utopía

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

Las declaraciones de Pedro Sánchez apoyando el modelo del socialismo francés de Valls y cuestionando el laborista de Corbyn en Gran Bretaña resultan significativas para comprender la filosofía política en que se basa su proyecto socialdemócrata. Vaya por delante que creo injusta la frecuente equiparación que se hace entre el Partido Socialista y el Partido Popular: no defienden el mismo proyecto ni sus dirigentes y militantes son intercambiables, aunque haya entre ambos más coincidencias que las deseables. Y muchos de quienes votarán al Partido Socialista lo hacen porque entienden –con razón o sin ella- que hay un cambio de rumbo en la actualidad y que es la única opción posible para evitar la perpetuación de políticas neoliberales, aun siendo conscientes de que muchas de ellas han sido perpetradas en el pasado por gobiernos socialistas. En cualquier caso, parece claro que un proyecto de izquierdas -aunque renuncie a ese rótulo- debe tener en cuenta a un partido (y sobre todo a sus votantes) que ha sido apoyado por más de siete millones de personas, la mayoría de las cuales comparten objetivos progresistas con diferentes matices.

Sin embargo, creo que las críticas de Pedro Sánchez al proyecto de Corbyn son reveladoras la debilidad del proyecto socialdemócrata en su conjunto, y no solo del Partido Socialista español. Dos afirmaciones de Pedro Sánchez son significativas. En primer lugar, acusa a la propuesta de Corbyn de nacionalizar empresas energéticas de no haber entendido “el proceso de globalización en el que estamos”. Creo que la propuesta de Corbyn se explica precisamente porque Corbyn entiende ese “proceso de globalización en el que estamos”, ya que la globalización implica la pérdida de cualquier posibilidad de control democrático de esas empresas. La característica de  esta etapa financiera del capitalismo con la consiguiente globalización de las finanzas, consiste precisamente en que las políticas financieras –es decir, las decisivas- se toman en anónimos despachos repartidos por el mundo con especial predilección por los paraísos fiscales y ajenos a cualquier control político. Y ante esta situación el único recurso que les queda a los ciudadanos es el de acudir a los Estados, cuyo control constituye la única instancia en la que pueden intervenir mediante el sufragio universal. Es verdad, como dice Pedro Sánchez, que esos poderes financieros “necesitan del control de las instituciones públicas”, pero es más cierto  que tal control se ha revelado imposible en el mercado globalizado; ni siquiera una medida tan modesta como la llamada “tasa Tobin” ha sido posible por la oposición de los inversores. ¿No será el momento de que el Estado asuma por sí mismo la gestión de los productos financieros y de algunos sectores clave de la economía, el menos en una proporción importante? Una medida que, aunque no constituye una garantía, al menos hace posible la publicidad y el control democrático de las decisiones que se tomen. La propuesta de Corbyn acerca de los bancos y empresas públicas parece un medio razonable de introducir racionalidad en un mercado sujeto a los intereses particulares de los inversores antes que a las necesidades de la sociedad.

La segunda propuesta socialdemócrata de Sánchez consiste en colocar como prioridad el aumento del crecimiento, de la productividad y la competitividad como condición necesaria para la redistribución de la riqueza. En sus palabras: “el gran desafío de la izquierda es articular propuestas creíbles de crecimiento”. La frase recuerda la conocida “doctrina del derrame”: el crecimiento consigue que se llene el recipiente de quienes manejan la economía hasta que desborde, de modo que el sobrante asegure su distribución. De manera que si el recipiente no se llena la redistribución es imposible y si rebasa tenemos asegurada la distribución del líquido. Sin duda, algo de verdad hay en esta metáfora hidráulica: de hecho, la miseria extrema ha disminuido en estos últimos años en una parte del mundo, y en nuestro propio país algunos sectores deprimidos han mostrado cierta recuperación gracias al crecimiento macroeconómico. Pero la doctrina del derrame olvida dos cosas. En primer lugar, y siguiendo con el enfoque hidráulico, el recipiente de quienes dominan el mercado tiende a aumentar de tamaño en la medida en que aumentan sus ingresos. De modo que aunque en términos absolutos aumente el caudal de lo que desborda, la relación entre lo que permanece en el recipiente y lo que sale de él es cada vez más desigual. Que es lo que está sucediendo: acabamos de enterarnos de que según la estadística del Credit Suisse –una institución insospechable de izquierdismo- el 1% más rico tiene ya tanto patrimonio como todo el resto del mundo, mientras esta proporción sigue aumentando. Y ya sabemos que una excesiva desigualdad tiene consecuencias fatales de tipo político y económico, como retrasar el crecimiento necesario, dificultar la reducción de la pobreza a largo plazo, imposibilitar la progresividad fiscal, controlar los medios de comunicación y fomentar la corrupción.

La otra consecuencia de la insistencia en el aumento de la productividad consiste en que el mundo no soporta un crecimiento incontrolado como el actual.  Muchos expertos de reconocido prestigio llevan años advirtiendo que nuestro pobre planeta es incapaz de soportar un crecimiento indiscriminado como el que se ha producido en las últimas décadas en occidente, influyendo en un cambio climático de consecuencias imprevisibles. Jared Diamond, un geógrafo, sociólogo y economista norteamericano que está lejos de militar en la izquierda, ha publicado ya en 2008 en el New York Times un artículo titulado ¿Cuál es su factor de consumo? (que puede encontrarse en internet) en el que afirma que la diferencia entre el consumo de recursos y la producción de residuos del  mundo desarrollado y el del resto del mundo es aproximadamente de treinta y dos veces. Cada uno de nosotros consume y contamina treinta y dos veces más que un habitante de Kenia. De proseguir el ritmo actual de crecimiento –transitoriamente limitado por la crisis- la desigualdad entre ambos mundos seguirá creciendo. Como ya lo hace.

Si todo el mundo alcanzara los niveles de consumo y de contaminación de los Estados Unidos, Canadá, Europa occidental, Japón y Australia  el consumo mundial equivaldría a una población de 72.000 millones de personas, es decir, un número absolutamente imposible de mantener en un planeta como el nuestro, cuyos recursos son limitados. Por supuesto que este hecho no se producirá. Pero en el mismo artículo Diamond advierte que si solo China y la India alcanzaran ese nivel, la tasa de consumo y contaminación mundial se triplicaría, lo cual también resultaría insoportable. Y es obvio que esos países, y muchos otros, no están dispuestos a reducir sus planes de desarrollo en homenaje al cuidado del medio ambiente. Kenneth Boulding, uno de los creadores de la teoría general de sistemas, afirmaba que un crecimiento infinito en un planeta finito solo puede defenderlo un loco o un economista.

Sigue siendo cierto que en muchas regiones del mundo es indispensable asegurar importantes tasas de crecimiento. Pero, en nuestro mundo occidental, poner el acento en aumentar el crecimiento sin insistir en la necesidad de frenar un despilfarro de producción y generación de residuos que está poniendo en peligro el planeta de los próximos siglos, y sobre todo sin establecer políticas de redistribución para  frenar una desigualdad que crece todos los días, convierte la propuesta en algo muy parecido al capitalismo clásico y muy diferente de lo que se espera de una propuesta socialista.

Resumiendo. La socialdemocracia pretende ofrecer un programa realista, alejado de los extremos de izquierda y derecha y orientado a disminuir las desigualdades y asegurar el estado de bienestar. Pero creo que el componente utópico –esta vez en el  mal sentido de la palabra- de su propuesta consiste en suponer que el capitalismo financiero es domesticable sin tocar sus fundamentos, dejando las decisiones sobre el manejo de la producción y la riqueza en manos de los actuales gestores, en buena parte inmunes a cualquier control político gracias a una globalización que asegura su impunidad. Nadie –casi nadie- propone reeditar el proyecto de un socialismo estatalista que convierta en empresas públicas hasta los restaurantes de barrio. Pero el manejo de las finanzas, que hoy se han convertido en el motor de la actual etapa del capitalismo, podría convertirse en el instrumento de los Estados –y de un futuro aunque lejano Estado Europeo- para introducir racionalidad en este capitalismo de casino que acumula riqueza improductiva mientras ochocientos millones personas pasan hambre severa. Creo que este sería “el gran desafío de la izquierda” antes que la defensa del crecimiento sin más. Un desafío al que estamos respondiendo con una fragmentación y un sectarismo de las fuerzas de izquierda muy superior al tradicional. Pero este es otro tema.