Dominio público

Retos para un nuevo Japón

Lluc López i Vidal

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Tal y como venían apuntando todos los sondeos, el hasta ahora opositor Partido Democrático de Japón (PDJ), además de conseguir una histórica victoria en las elecciones celebradas el pasado domingo, ha logrado apartar del Gobierno por vez primera en unos comicios al Partido Liberal Democrático (PLD). Esta alternancia de poder implica el fin de una etapa de dominio absoluto que ha durado más de 50 años y genera esperanzas para que se produzca una nueva y anhelada era política. Fracasados los dos intentos anteriores de cambio de régimen, muchos se preguntan si Japón logrará en esta ocasión reinventarse a sí mismo para salir de la profunda crisis política, social y económica que acecha al país desde hace más de dos décadas.

La historia del PLD ha sido, sin duda, una historia de éxitos y victorias. Desde su creación en 1955 y hasta las elecciones del pasado domingo, ha sabido ganar todos los comicios en los que ha concurrido. Una oposición dividida en diferentes partidos de izquierda incapaces de ofrecer una alternativa de Gobierno creíble para un electorado tradicionalmente reacio al cambio, y unos resultados económicos que coincidieron con el llamado "milagro económico" de Japón, facilitó que el PLD se convirtiese durante años en el único y legítimo partido del poder. Ahora bien, ello no ha implicado la existencia de un único centro de decisión política. Por el contrario, se ha creado un "triángulo de hierro" en cuyos vértices encontraríamos, por una parte, a los políticos del oficialista PLD; por la otra, a los círculos económicos y, por último, a una elite burocrática que en Japón ha jugado un papel muy activo, especialmente a la hora de controlar el diseño y la implementación de las políticas públicas. Después de desatarse un sinfín de casos de corrupción entre y coincidiendo con el inicio de la recesión económica de los años noventa, la sociedad japonesa se percató de que el "triángulo de hierro" había dejado de ser útil y que sólo un cambio de modelo podía volver a encarrilar a Japón por la senda de la prosperidad. Un primer intento se produjo en 1993, cuando una coalición de siete partidos se unió para arrebatarle el poder. Sin embargo, la ilusión sólo duró diez meses, tras los cuales el PLD volvió al Gobierno de la mano del hasta entonces rival Partido Socialista de Japón (PSJ). Esta alianza contra natura, además de enviar al PSJ al destierro, destruyó la confianza del electorado japonés en una oposición que desde entonces ha permanecido desunida y ha seguido siendo considerada demasiado inmadura para tomar las riendas del país. Pero todo cambió cuando el pasado mes de mayo Hatoyama tomó de nuevo el liderazgo del PDJ.

Lo cierto es que la historia a veces produce asombrosas ironías. Han sido precisamente los nietos de los dos primeros ministros fundadores del PLD quienes han terminado por destruir el legado político de sus respectivos abuelos. Tanto el vencedor de las elecciones, Yukio Hatoyama, como el primer ministro saliente, Taro Aso, provienen de dos de las dinastías más adineradas y poderosas del Japón moderno. Mientras Aso ha basado su programa en el continuismo del modelo de clientelismo y de estimulación de la economía a través de infraestructuras públicas que benefician mayoritariamente a los grandes conglomerados industriales, Hatoyama ha sabido presentarse como la gran opción de cambio. En su manifesuto ha incorporado una serie de políticas sociales encaminadas a mejorar el bienestar de los ciudadanos, como la gratuidad total de la enseñanza secundaria, ayudas para fomentar la natalidad, mejora del sistema de pensiones, o la reducción de algunos gravámenes como la gasolina o el impuesto de sociedades. Además, ha manifestado su intención de terminar con una elite burocrática que ha ejercido impunemente su poder durante décadas de Gobierno del PLD.

Como admitía de forma inusual el principal periódico progubernamental del país, Yomiuri Shinbun, las políticas neoliberales a favor de la privatización y de la exaltación de los principios de mercado introducidos por el otrora adalid del reformismo, Junichiro Koizumi, han causado una acentuación de las disparidades entre los diferentes sectores de la sociedad japonesa, han devastado el sistema de seguridad social y han empobrecido las áreas rurales. Ello apunta la idea, respaldada por todos los analistas, de que no ha sido tanto un triunfo del PDJ como una victoria del seiken koutai o deseo de cambio político. A pesar de haber conseguido más de 300 de los 480 escaños en juego, sólo una tercera parte de los electores se muestran partidarios de Hatoyama, por lo que el nivel de exigencia del electorado será a partir de ahora harto elevado. Hatoyama tiene hasta las elecciones a la Cámara Alta del verano de 2010 para aplicar un modelo económico basado no en las exportaciones, sino en el estímulo de la demanda interna, dar respuestas creativas al envejecimiento de la población y la insoportable carga que ello conlleva a los contribuyentes, solucionar el problema de una deuda que para fines de año será ya del doble del PIB japonés e impulsar una política exterior que clama un trato igualitario con Estados Unidos y un acercamiento a sus vecinos asiáticos.

Pero el reto más difícil del próximo primer ministro será controlar las diferentes facciones existentes en un partido que es una amalgama de ex miembros del PLD, socialdemócratas, centristas y liberales moderados. Si, por el contrario, el PDJ termina por remplazar al PLD como partido dominante y adopta sus viejas tácticas clientelares, sin duda alguna, la sociedad japonesa le dará la espalda y el sueño reformista se convertirá en otro fracaso más por reformar el país.

Lluc López i Vidal es Profesor de Ciencia Política de la Universitat Oberta de Catalunya y la Universitat Pompeu Fabra e investigador invitado de la Universidad Keio

Ilustración de Jordi Duró