Dominio público

Las negaciones de Tony Blair

CAMILO NOGUEIRA

dominio-28-10.jpgDespués de cinco años, salvado en Irlanda el último escollo para la puesta en marcha del Tratado de Lisboa y mientras callan los Gobiernos estatales, los medios de comunicación recogen la noticia de que el único candidato expreso para la Presidencia del Consejo Europeo es Tony Blair. Un semanario londinense, en nada favorable a la Unión política, adelanta su apoyo al ex premier británico y rechaza, escandalizado, toda pretensión de elegir a uno de los habituales "Europygmees". Alega que, a pesar de todos sus defectos, Blair es una figura con influencia y renombre, cualidades que les niega a otros que solamente son conocidos en Bruselas.

Tony Blair aparece de nuevo. Ya había ocurrido después del referéndum francés, cuando suspendió la ratificación del proyecto de Constitución que había firmado. Entonces careció de la determinación y la autoridad del laborista Harold Wilson que, después de la adhesión de Reino Unido en 1973 –negociada por el conservador Edward Heath y aprobada por una gran mayoría en la Cámara de los Comunes contra parte de los laboristas–, presentó el acuerdo en 1975, tal como había prometido, para ser aprobado en consulta popular, siendo ratificado con el 67,2% de los votos.

Tras el triunfo del no en Francia, fueron innumerables los que jalearon a Blair como la nueva cabeza de la UE, el modernizador, el que haría nacer la Europa atlantista, lejos del arcaísmo de la Europa social. Voceros de un mundo unipolar lo publicitaron como el deseado para renovarnos. Echaron las campanas al vuelo anunciando el descarrilamiento de la UE y su reorientación meramente económica bajo un sistema neoliberal. Dando la presa por cazada, pusieron en cuestión no sólo el Tratado, que juzgaban comatoso y moribundo, sino también el euro, que osara adelantar al dólar. Sólo la confusión reinante podía explicar que se mirase hacia quien, habiendo participado en la decisión de la guerra de Irak, no quería una Unión que contase con una política social propia y dispusiese de un papel internacional común e independiente. Después de los referendos positivos del Estado español y de Luxemburgo, tuvo que ser Jean-Claude Juncker quien se enfrentase desde su pequeño Estado al premier británico, en aquel momento crecido. En junio de 2005, en el Consejo Europeo de Bruselas, a Tony Blair se le calentó la boca con la tópica idea de que Francia y Alemania no eran ya los motores de la Unión, redundando en la diferencia despreciativa del estadounidense Donald Rumsfeld entre la vieja y la nueva Europa. Y poniendo en cuestión el papel de dos Estados centrales sin los cuales no se habrían creado las Comunidades Europeas medio siglo antes ni sería concebible la UE del futuro.

Más adelante, en su primer debate en el Parlamento Europeo como presidente del Consejo, el dirigente británico –que se había negado a que la política de empleo fuera común y había contribuido a reducir el Presupuesto comunitario– habló de la modernización de la economía de la UE, asegurando que no quería abandonar el modelo social europeo y que pretendía solucionar los problemas de empleo, productividad e investigación. Para ilustrar sus ideas, procuró aquí y allá, en EEUU o en la India, comparaciones siempre desfavorables para la UE. Pretendía aparecer como el salvador de una crisis cuyas causas no le eran ajenas. Las propias limitaciones del Tratado Constitucional en la política social y fiscal que habían sido aducidas en Francia como justificación del voto negativo habían sido impuestas por Reino Unido en el momento de la Convención, en contradicción con posiciones defendidas por la mayoría del Parlamento Europeo. Tony Blair era, como relata Zigmunt Bauman, el que vendía a Reino Unido como un país de baja protección de los trabajadores, de bajos salarios, con empleados acostumbrados a trabajar duro para sus patrones. Aquella Presidencia británica del Consejo no dio una respuesta al problema de la no ratificación del proyecto constitucional ni tampoco fue capaz de presentar una alternativa, tan esperada por los estados del Este, a las Perspectivas Financieras para el período 2007-2013.

Fue Angela Merkel quien procuró una solución, durante la Presidencia alemana de 2007. Lo hizo demostrando su gran personalidad política, apoyada en la fuerza europeísta de su país y en la voluntad manifestada por la mayoría de los estados miembros. Con la propuesta del Tratado Reformador, después Tratado de Lisboa, la canciller recogió lo sustancial del Proyecto de Tratado Constitucional. Triunfaron así las posiciones básicas de la mayoría, a pesar de las concesiones obligadas debidas, principalmente, a las presiones de Tony Blair y de los dirigentes polacos y checos en cuestiones simbólicas como la bandera y el himno, que se mantienen de facto, y la Carta de Derechos Fundamentales, que permanece al ser reconocida en el Tratado Reformador. En abril de aquel año, durante la Presidencia alemana, Tony Blair había renegado por tercera vez del carácter constitucional del Tratado, argumentando que, para el pueblo británico, lo importante no eran las cosas abstractas que le resultaban lejanas, sino "los problemas del pan y la mantequilla, del empleo, la inmigración, el crimen y la energía, absolutamente vitales para nuestros ciudadanos". Ocultaba todas las conquistas sociales logradas durante los 50 años de vida de la Unión.

La posición de Reino Unido no cambió al convertirse Gordon Brown en premier. La actitud de su posible sucesor, David Cameron, es aún más desastrosa, llegando a formar un grupo de derecha euroescéptica en el Parlamento Europeo.

En este contexto, no tendría sentido darle a Blair la ocasión de una cuarta negativa. Si es nombrado presidente, la responsabilidad ya recaería sobre los 27 jefes de Estado y de Gobierno. No puede ser posible.

Camilo Nogueira es ex diputado del Parlamento Europeo. Autor de Europa. O continente pensado

Ilustración de César Vignau