Opinion · Dominio público

Más igualdad de género significa más Complutense y más excelencia

Carlos Andradas

Rector de la Universidad Complutense

Carlos Andradas
Rector de la Universidad Complutense

El pasado miércoles 30 de marzo aparecía en Público.es  el artículo “Complutense: una universidad de mujeres gobernada por hombres”. Al margen de precisar y corregir algunos de los datos que en él se daban, quisiera también contribuir a analizar y debatir el problema de la igualdad de género en el ámbito universitario.

Dejemos claro, para empezar, que la Universidad ha sido una de las instituciones que más ha contribuido en las últimas décadas a los avances producidos en materia de igualdad e incorporación de las mujeres a la sociedad, habiendo vivido la entrada masiva de las mujeres en la enseñanza superior. A pesar de ello, hay aún mucho camino por recorrer en el propio sistema universitario, como indican los datos oficiales. Según el informe del Ministerio de Educación (Datos y cifras del sistema universitario español 2014-2015), en el pasado curso, las mujeres suponían un 54,4% del estudiantado universitario y un 57% de los titulados. Sin embargo, las profesoras universitarias suponen actualmente un 40% de la plantilla docente y sólo una de cinco cátedras está ocupada por una mujer (20,7%). Los datos de la Comisión Europea refrendan también una distribución desigual en el conjunto de Europa: en 2013 las estudiantes (55%) y graduadas (59%) superaban a los hombres, pero el porcentaje de mujeres entre académicos de mayor rango era del 20.9%, prácticamente igual que la media española (cf. “She Figures 2015”).

Todo ello queda claramente reflejado en el conocido “gráfico de tijera”, en el que se observa cómo a medida que se avanza en la carrera académica la proporción de mujeres va disminuyendo y la de hombres aumentando, dando lugar a la denominada segregación vertical. La Comisión Europea ha intentado cuantificar esta segregación vertical a través del llamado índice del Techo de Cristal, que estima, a partir de estos datos, las dificultades que tienen las mujeres, comparadas con los hombres, de alcanzar la más alta posición académica. En 2013, dicho índice era de 1,75 para toda Europa-28  y de 1,80 en España, mejorando el comportamiento de las mediciones anteriores de 2004 y 2010 en que los índices eran de 2,36 y 2,12 respectivamente (cuanto mayor el índice, más fuerte el techo de cristal).

Pero la vertical no es la única forma de segregación, sino que se complementa con la de tipo horizontal, expresada en la desigual presencia de mujeres en las diferentes áreas, disciplinas o campos de actividad. Así, por ejemplo, encontramos en España una menor presencia de profesoras universitarias en Ciencias (38%) y en Ingeniería y Arquitectura (21%), mientras que en otras áreas, como Artes y Humanidades, las profesoras representan el 47,6%. Desgraciadamente, el problema de la desigualdad de género no es exclusivo de la Universidad y se encuentra, incluso acentuado, en otros ámbitos como el mundo empresarial o el de la comunicación,  sin que a veces reparemos en ello. Por ejemplo, en la misma sección de opinión de Público.es del domingo 3 de abril, de los autores que firman con nombre propio hay 16 varones y sólo 2 mujeres.

La Universidad Complutense comparte los problemas de (des)igualdad de género señalados en el conjunto del sistema universitario; aunque debo señalar que, en varios aspectos, estamos comparativamente mejor que otras universidades españolas, con algunos indicadores especialmente positivos que no se mencionaban en el artículo del pasado miércoles. Por ejemplo, la UCM cuenta con un 25% de catedráticas y 48% de titulares de universidad y profesoras contratadas doctoras (frente a las medias nacionales mencionadas antes). Por otro lado, el Equipo de Gobierno de la UCM, es mayoritariamente femenino, formado por 11 mujeres y 8 hombres, acercándose a la proporción de estudiantes mujeres de la Universidad.

Pero, por supuesto, no nos contentamos con esto en nuestra lucha por la igualdad de género. En primer lugar, porque estamos aún lejos de la paridad en muchas cuestiones. En segundo lugar, porque está comprobado que en los entornos en los  que se ha logrado mayor igualdad se ha conseguido también mayor calidad y excelencia y, por consiguiente, a mayor igualdad tendremos una mejor Universidad y una mejor Complutense. Por último, en tercer lugar, porque soy absolutamente consciente de que la Universidad pública debe cumplir un papel fundamental en la transmisión de los valores que una sociedad quiere alcanzar, como es, en este caso, el principio de igualdad y no discriminación, para lo cual, debe también reflejar esos valores en sí misma.

Debemos realizar un análisis y un diagnóstico exhaustivo de la segregación tanto vertical como horizontal en nuestra Universidad, investigando sobre sus causas, ahondando en la raíz del problema, que en parte se encuentra en los procedimientos y funcionamiento en las instituciones, además de en los sesgos inconscientes que se cometen involuntariamente, porque nos enfrentamos a muchos años de una cultura que se ha construido teniendo el modelo masculino como centro y como norma. Estamos pues ante una desigualdad que sigue arraigada, a veces muy sutilmente, en las instituciones, y a la que hay que responder con planes de actuación comprehensivos y contundentes que aspiren a un verdadero cambio estructural hacia una universidad más igualitaria.

Sin duda, esto es lo más difícil: hacer conscientes esos sesgos inconscientes que tenemos interiorizados y que no reconocemos. Hay numerosos ejemplos que muestran que siguen ahí: se han hecho audiciones para la selección de músicos que arrojan resultados distintos en cuanto a género si se hacen de modo ciego o no. Aquí, en el ámbito de nuestra universidad, tenemos un ejemplo muy cercano: el número de mujeres catedráticas ha aumentado considerablemente a raíz de los procedimientos de acreditación y promoción de la Universidad. Probablemente, además de evitar la movilidad forzosa -otro elemento que seguramente discrimina más a las mujeres que a los hombres- el hecho de que la acreditación no sea “presencial” ha influido, primero, en que la proporción de mujeres que se presentan a estos procedimientos haya crecido y, segundo, en que, como en el caso de las audiciones ciegas, los resultados de éxito de las mujeres hayan mejorado.

Para avanzar en este proyecto de eliminación de la discriminación, vamos a poner en marcha un proceso descentralizado y de carácter participativo, coordinado por la Unidad de Igualdad. , en el que a través de Puntos Focales de Igualdad en los Centros y Facultades (en los que participen PDI, PAS y estudiantes), se recogerán las diferentes propuestas que se articularán en un nuevo Plan de Actuación de Género, cuya aprobación pretendemos llevar a cabo en los primeros meses del próximo curso académico. El Plan de Igualdad aprobado en febrero de 2015, por el anterior equipo rectoral, sirvió para hacer un primer diagnóstico y una declaración de intenciones de carácter general. Ahora nos toca seguir avanzando y perfeccionarlo contando con el apoyo de todos y todas.