Opinion · Dominio público

Veinte años sin el Muro

 

PERE VILANOVA

dominio-09-11.jpgHay acontecimientos que adquieren una carga simbólica que les trasciende aunque sus protagonistas no sean conscientes de ello en el momento en que se producen. Pero hay ocasiones en que los hechos son de tal importancia que sí, que sus protagonistas y los espectadores que lo contemplan captan en tiempo real que eso que está sucediendo es excepcional. Eso es exactamente lo que (nos) sucedió la noche del 9 de noviembre de 1989, y estos días tendremos ocasión de asistir a su conmemoración de muchas maneras diferentes. El balance es mucho más complejo de lo que parece; no se agota en lo que se diga y se escriba estos días.

Ante todo, una poderosa lección para las ciencias sociales en general y la ciencia política internacional en particular: la impredecibilidad. La caída del Muro es el símbolo de varias cosas, que se reducen a dos íntimamente relacionadas entre sí: el fin de la Guerra Fría y la desintegración de la URSS. Nadie, ningún especialista, ningún dirigente político lo había previsto en años. Hay quien aprovecha la ocasión para disparar contra aquella cohorte de especialistas
llamados kremlinólogos, pero tengamos algo de espíritu deportivo. Nadie: ni Kissinger, ni Jean François Revel, ni Bernard-Henri Lévy, ni Andrè Fontaine (autor en 1975 de un poderoso ensayo de prospectiva: Le dernier quart du siècle,
en el que preveía de todo, menos eso). ¿Por qué? Porque por suerte la política conserva siempre una fuerte dosis de suspense.

Segunda lección: regreso al pasado, sin preaviso. Por ejemplo, en este mundo posbipolar hay elementos de continuidad con el mundo bipolar. De promedio, entre 30 y 40 conflictos armados en el mundo, siempre, desde 1945 hasta hoy. Pero ¿no habíamos dicho que la Guerra Fría era una no-guerra? Falso, como lo confirman 135 conflictos armados a lo largo de cinco décadas. A la vez, los ha habido en sitios donde no los hubo durante la Guerra Fría: por ejemplo, los Balcanes. Las recientes guerras “yugoslavas” se sitúan en el espacio de contacto (y de fricción) de los tres grandes imperios a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, el ruso, el otomano y el austrohúngaro. Ahora tenemos muchas explicaciones, pero lo cierto es que se daba por cerrado el tema en 1945, con la (re)fundación de la Yugoslavia de Tito. Se dijo: la Segunda Guerra Mundial ha cerrado definitivamente el tema de las fronteras intra-europeas.

Fragmentación de poderes, he aquí una cierta novedad. La capacidad de congelación estructural de la Guerra Fría se colapsó, y ello liberó cierta cantidad de energías acumuladas. Unas de tipo conflictivo, otras más constructivas, y otras, simplemente, van a su aire. Entre las constructivas, obsérvese a lo largo y ancho del planeta la vitalidad de los fenómenos regionalistas, esto es, la emergencia de potentes dinámicas regionales que tiene una fuerte autonomía propia. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) se revitalizó en los años noventa, después de una hibernación de tres décadas, y hoy agrupa a un potente conjunto de países emergentes del sureste asiático, con Indonesia a la cabeza. O bien la dinámica
latinoamericana, más allá de las retóricas al uso: hoy en día es imposible ignorar la importancia de MERCOSUR, Unasur, ALCA, ALBA y el proceso no está cerrado. Es un error reducir toda la importancia de Latinoamérica al fenómeno
Brasil, como es un error reducir la importancia de Asia a la recitación que incluye a India como “nueva potencia emergente”. Los últimos 20 años han visto el mapa de la arquitectura europea moverse y crecer de modo espectacular: la
Unión Europea, la OTAN, la OSCE, el Consejo de Europa. Todo ello ha constituido un potentísimo imán, un polo de atracción sin precedentes, para que el conjunto de transiciones del espacio poscomunista fuera en la buena dirección, la de la democracia y la integración regional como mejor antídoto frente a tentaciones involucionistas.

Pero una gran lección adicional, además de la prudencia en el terreno de la predicción, reside en la complejidad y la variedad de los cambios producidos y los que están en curso. Y su consecuencia directa: la dificultad de “pensar” el cambio mientras se está produciendo. En otras palabras, una de las tareas pendientes que tenemos es la de producir un análisis teórico del mundo en mutación que nos toca vivir. La Guerra Fría produjo un rico debate teórico, análisis convincentes, aunque no incluían el colapso del equilibrio bipolar. Desde 1989, sin embargo, se han producido relativamente pocas propuestas de descripción global del mundo posbipolar. Por cierto, algunas de ellas han sido muy criticadas pero poco leídas, y no han sido superadas por alternativas convincentes. Hay motivos para contradecir a Fukuyama, pero su mérito fue escribir sobre la fin de la historia en… marzo de 1989. Huntington puede y merece ser rebatido, pero ello requiere mucho trabajo y, justamente, lo  más complicado es que paradójicamente los primeros años de este siglo parecían darle la razón. Las propuestas de Z. Brzezisnki, en 1997, sobre el Gran Tablero Mundial, las de Fareed Zakaria, u otros, son estimulantes, pero difíciles de trasladar al gran público.

Y finalmente las prisas: el elemento más novedoso es que los tiempos actuales de la información y de la comunicación lo han acelerado todo, nos han metido prisa: lo que no se consiga en unos meses es un fracaso. Miren si no con Obama. ¿Alguien ha intentado mirar en hemerotecas de época cuál era el balance de Franklin D. Roosevelt al año de su primera elección? Gobernó durante… 14 años, hizo el New Deal y de paso fue crucial para la victoria en la Segunda Guerra Mundial.

Pere Vilanova es  catedrático de Políticas de la UB y analista en el Ministerio de Defensa.

Ilustración de  Gallardo