Dominio público

Los bicentenarios

GERMÁN OJEDA

02-20.jpgEn 1810, hace ahora 200 años, se inició en la América española el movimiento independentista, después de haberse declarado independientes la América anglosajona en 1776 y la desgraciada Haití en 1804, después de iniciar la propia España en 1808 la guerra por su independencia, y sobre todo después de haber proclamado la revolución francesa en 1789 la soberanía "de la nación" y "los derechos del hombre y del ciudadano".
La soberanía popular y los derechos del hombre –hijos de la Ilustración, de las Luces y de la revolución– alumbraban una nueva era en la que, como dijo el libertador Simón Bolívar, los hispanoamericanos se rebelaron después de siglos de servidumbre para poder "vivir libres y morir ciudadanos".
Una nueva era, en efecto, que es la nuestra, la del fin del colonialismo, la de la independencia de las naciones y de la libertad de los pueblos. Por eso en la América hispana y en España se han puesto en marcha al más alto nivel comisiones y organismos para conmemorar el comienzo de los bicentenarios de las independencias hispanoamericanas.
El propio Bolívar dejó escrito para la historia su balance de aquel cataclismo con estas palabras: "De cuantas épocas señala la historia de las naciones americanas, ninguna es tan gloriosa como la presente, en que desprendidos los imperios del Nuevo Mundo de las cadenas que desde el otro hemisferio les había echado la cruel España, han recobrado su libertad, dándose una existencia nacional. Pero el gran día de la América no ha llegado. Hemos expulsado a nuestros opresores y fundado instituciones legítimas; mas todavía nos falta poner el fundamento del pacto social, que debe formar de este mundo una nación de Repúblicas... y ¿quién resistirá a tal América reunida de corazón, unida a una ley y guiada por la antorcha de la libertad?".
El libertador proclamaba el nacimiento de la "América reunida", de la "patria grande", mientras España dejaba de ser un gran imperio para convertirse en una modesta nación gobernada por el infausto Fernando VII y sometida al "¡vivan las cadenas!", como habían gritado los partidarios de la vuelta al absolutismo en 1814.
Aquel cataclismo comenzó en 1809 en Bolivia, al que siguieron las recientes luchas indígenas, y fue seguido como un torrente entre mayo y septiembre de 1810 por las insurrecciones de Venezuela, Nueva Granada, Buenos Aires, Nueva España y Chile, al formar, como habían hecho antes los españoles, juntas de gobierno locales, dado que una España sin rey legítimo estaba invadida y controlada por los franceses.
En principio, las juntas americanas reconocían la legitimidad del monarca y pedían autonomía política, pero la respuesta de la Regencia fue el uso de la fuerza militar. Mientras, las Cortes de Cádiz, reunidas por primera vez en aquel septiembre de 1810, no supieron afirmar el principio formulado por el liberal Blanco White en su célebre periódico El Español, según el cual "si las americanas son provincias de España iguales deben ser sus derechos", queriendo afrontar el conflicto "sólo con palabras".

De las palabras se había pasado a los hechos, sobre todo a partir de la vuelta al trono del "rey felón" con la reacción absolutista y la intensificación de la guerra que, dirigida por los criollos y secundada por los indígenas, pardos y negros –sometidos a vasallaje o esclavitud–, combatió ya en todos los virreinatos por la independencia hasta la victoria final de Ayacucho en 1824.
Alcanzada la independencia, Bolívar se propuso conseguir su segundo gran objetivo: la unión confederal de las nuevas naciones –la patria grande– con su correspondiente asamblea representativa que tuviera una política exterior común, pero su propuesta estratégica fue derrotada en el Congreso de Panamá en 1826, como asimismo volvieron a ser sometidas por las viejas oligarquías criollas y por los nuevos caudillos gobernantes las clases populares que habían participado activamente en el movimiento emancipador. Con la independencia, Bolívar había ofrecido a los españoles "una segunda patria", mientras dejaba constancia en sus cartas de las ambiciones del vecino del Norte, advirtiendo poco antes de morir que "los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad", declaración que después ha confirmado la historia neocolonial del continente.
En dos siglos, Hispanoamérica ha pasado de la independencia frente al colonialismo español a la lucha contra el neocolonialismo norteamericano; del fracaso del plan confederal bolivariano a la promoción de nuevos proyectos de integración
–Mercosur, Alba–, y de la exclusión de los pueblos marginados a su parcial incorporación en la refundación de una nueva Iberoamérica.
Son grandes retos históricos en marcha con los que España –hoy con una presencia económica y política mucho mayores que hace 200 años– debería comprometerse para despejar por fin las sombras de tres siglos de brutal expolio colonial, que costó la vida a unos 20 millones de personas. Ya perdió una gran ocasión en el cuarto centenario de la llegada de Colón a América –en 1892–, al declarar el día de la conquista la fiesta nacional, o un siglo después –en 1992–, al convertir el quinto en un "encuentro entre ambos mundos".
Para ello, además de financiar congresos bicentenarios, de contribuir a la recuperación de la memoria histórica de su gesta libertadora y hasta de reeditar, por ejemplo, el periódico El Español –gracias a cuya difusión los independentistas conocieron la unidad del movimiento emancipador–, España debería pedir perdón –como hizo el Papa– de una vez por todas por la infamia colonial. Al fin y al cabo hoy todos los demócratas de ambos continentes podemos reivindicar a la vez a Blanco White y a Bolívar.

Germán Ojeda es profesor titular de Historia Económica de España y América de la Universidad de Oviedo

Ilustración de Iker Ayestaran