Opinion · Dominio público

La encrucijada catalana

Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid (Autor de 'El populismo a debate', ed. Rebelión)

La encrucijada y los tipos de respuestas que hoy se viven en Cataluña respecto del modelo social y territorial son un motivo de reflexión estratégica y teórica. Esa experiencia contiene importantes enseñanzas y supone un fuerte impacto para una transformación sociopolítica profunda en España (y los países del sur europeo).

En Cataluña se han producido, en distintos momentos históricos, experiencias sociopolíticas y culturales muy valiosas para cambios de progreso en España, emancipatorios e igualitarios. No hace falta remontarse a su tradición republicana, a su papel en la lucha por la democracia o al carácter avanzado de sus movimientos sociales, desde el movimiento obrero y sindical hasta los movimientos feminista, ecologista, vecinal o pacifista y anti-Otan (por cierto, uno de los territorios y temas donde los movimientos sociales ganaron un referéndum al poder establecido).

En esta última fase, desde una perspectiva transformadora, hay que partir de la amplia, pacífica y democrática movilización social, simbolizada por el 15-M, como expresión del conjunto de protestas sociales y laborales por la democratización y los derechos sociales, contra la precariedad y frente a las políticas regresivas y el autoritarismo con los que la clase gobernante (europea, española y catalana) ha respondido a la grave crisis social, económica e institucional. Desde sus distintos sectores populares, intelectuales y de las izquierdas se han realizado muchas aportaciones políticas, fruto de inspiración para el conjunto de las fuerzas progresistas y alternativas del Estado. Desde una situación ‘externa’ pero con esa motivación de aprendizaje y comprensión para las tareas del cambio en España, me atrevo a realizar las siguientes reflexiones.

 

La realidad nacional de España es diversa y mixta

 

Su plurinacionalidad es compleja. La metáfora nación de naciones es incompleta. No hay cuatro (o más) naciones homogéneas a confederar, separar o someter. La identidad española está presente en todas ellas (incluido Cataluña y Euskadi), con variadas fórmulas de pertenencia intermedias, mixtas o mestizas. Son sociedades diversas y plurales en lo identitario nacional con muchos elementos comunes e iguales derechos cívicos.

En el caso de Cataluña una mayoría en torno al 70%, según distintas encuestas, incluidas las del CEO -el CIS catalán-, tiene un sentido de pertenencia doble catalán-español o español-catalán. Es decir, son minoría las personas que se siente solo catalanas (en torno al 20%) y más minoría las que se sienten solo españolas (inferior al 10%). Si en el terreno político se abusa de la identificación de dos bloques, casi paritarios, como ‘unionistas’ o ‘independentistas’, la identificación identitaria es más abierta, con una tercera posición mixta e intermedia mayoritaria.

Por tanto, las identidades nacionales en el interior de esos espacios son más diversas y complejas, así como su interacción democrática e intercultural y su convivencia o mestizaje cívicos. La relación entre ellas en los distintos territorios y la articulación democrática del conjunto es una cuestión crucial para la construcción de una ciudadanía cívica, un país igualitario o una relación fraterna entre sus pueblos.

Además, no puede haber una solución democrática y solidaria si no es a través de un fuerte contenido social, favorable para las capas populares. Es decir, si no hay un debilitamiento de las derechas de los dos ámbitos y su respectivo proyecto, Ciudadanos y Partido Popular, por un lado, y Junts per Catalunya, la antigua Convergencia de Jordi Pujol, por otro. Su carácter dominante en lo social es compartido: neoliberal y regresivo, con una estrategia sistemática desde el año 2010 y unos efectos antipopulares. Y en lo nacional cada una de las dos partes se ha deslizado hacia un nacionalismo excluyente, con fuerte aparato institucional, económico y mediático detrás y en competencia. Predomina su respectivo plan homogeneizador en torno a un nacionalismo prepotente, sea bajo una identidad española conservadora y uninacional, sea bajo una supuesta identidad catalana, esencialista y antiespañola.

Esa pugna exclusivista entre identidades nacionales obscurece su posición similar en lo socioeconómico y les sirve para mantener su política neoliberal y antisocial y legitimar su poder. Hay división en la opción institucional: independencia, porque España nos roba e impide avanzar económicamente y como pueblo; o unidad estatal, como garantía del crecimiento económico y seguridad y normalización política. Las dos derechas nacionalistas hacen frente a su crisis de legitimidad social y buscan la continuidad de una política neoliberal y el refuerzo de su poder en cada ámbito. Es, sobre todo, la lucha entre dos fracciones de las clases dominantes, diferenciadas por su interés corporativo nacional, capaces de representar otros objetivos legítimos y a distintas capas populares y de izquierda. Pero, a pesar de esa transversalidad en la composición social, ni su gestión y su modelo socioeconómicos, ni sus élites dirigentes vinculadas a los grupos de poder económico-institucional, ni sus talantes político-culturales impositivos, unilaterales y poco respetuosos con el pluralismo ofrecen un perfil progresista y ‘popular’.

Por tanto, en la sociedad catalana y española se han producido dos procesos contrapuestos con emergencias nacionalistas de ambos bloques de poder neoliberal, catalán y español, dirigidos por élites dominantes (económicas e institucionales), radicales en su posición nacionalista y su expresión simbólica pero representantes de los intereses del gran poder económico. Al proceso independentista del nacionalismo catalán se ha opuesto un emergente nacionalismo español en Cataluña y en el resto de España, conservador, unionista y con gran apoyo estatal. Se ha producido un choque de ambas estructuras de poder y de legitimidad democrática, con el apoyo a cada una de ellas de casi la mitad de la sociedad catalana, y junto con dos relatos contrapuestos.

 

Superar el bloqueo existente

 

Existe un bloqueo político. Por un lado, persiste la incapacidad fáctica para imponer la vía unilateral a la independencia, la construcción operativa de la república catalana, sin suficiente legitimidad democrática, reconocimiento internacional o apoyo económico, así como su dificultad operativa y legal para instrumentar unilateralmente su poder casi-estatal de la administración de la Generalitat, incluido las fuerzas de seguridad de los Mossos de Esquadra. Por otro lado, la débil legitimidad de la imposición estatal y el inmovilismo del estatus quo territorial, con el interés instrumental de las derechas estatales de consolidar la conformación de un electorado definido por un españolismo conservador y reaccionario e impedir una dinámica de progreso en ambos ámbitos.

Las dos tendencias son poderosas y su confrontación es funcional para ellas. Así, sus beneficios mutuos hacen prever un largo camino para una salida negociada. Pero algo empieza a cambiar en este tema. Por una parte, hay una mayor flexibilidad, con nuevos gestos y retórica, por parte del nuevo Gobierno socialista, tras la exitosa moción de censura avalada por el grupo confederal Unidos Podemos-En Comú Podemos-En Marea, junto con Compromís y las fuerzas nacionalistas vascas y catalanas. Por otra parte, existe un mayor realismo en una parte del bloque independentista (ERC y PDeCAT) respecto de sus límites fácticos y democráticos, descartando la aplicación inmediata de la vía unilateral para la secesión; aunque todavía con la hegemonía del núcleo político en torno a Puigdemont y su nueva articulación de la Crida Nacional per la República, como instrumento para imponer su liderazgo legitimista, su estrategia de confrontación y la subordinación de ERC.

Pero, cabe preguntar ¿Cuáles son los puntos débiles de esa polarización instrumental de ambas derechas desde dos nacionalismos-estatistas excluyentes? Son dos, uno en cada campo. En el ámbito nacional la pluralidad de la propia sociedad catalana, con una identidad mayoritaria mixta catalana-española o española-catalana. Es decir, la identidad exclusivamente española es minoritaria y la identidad nacional sólo catalana es algo más amplia, pero también minoritaria. La cristalización en dos campos políticos antagónicos, independentista y unionista, es, en cierta medida, sobrevenida, forzada e instrumental. No es la dinámica más favorable para el bienestar económico, social y cultural de las mayorías. Pero, también hay diversidad de las identidades nacionales en el conjunto de España y en muchos de sus territorios. Por tanto, España necesita de un proyecto de país de países más abierto y democrático, incluido una reforma constitucional de corte federal con componentes confederales y respetando la voluntad democrática de cada pueblo. Su expresión es necesaria, especialmente, cuando persiste el desacuerdo y hay que regular una salida democrática pactada.

Es decir, la realidad de un Estado uninacional y centralizador no responde a la situación diversa y plurinacional de España, ni tiene suficiente legitimidad democrática e identitaria. Tampoco para resolver el problema catalán. Es imprescindible articular las soberanías compartidas o co-soberanías, de forma similar a las del ámbito europeo, así como las gobernanzas multinivel, incluido el municipalismo, cada vez más importante.

En el ámbito social y económico se ha producido un agotamiento y deslegitimación de las políticas de austeridad y recortes sociales. Hay un deseo mayoritario de las clases populares de garantizar un presente y un futuro mejor en las condiciones laborales y de empleo y las prestaciones y servicios públicos, así como en los derechos sociales, civiles e igualitarios básicos. En particular, han sido expresivas las recientes movilizaciones sociales por la igualdad de las mujeres y unas pensiones dignas. Es un tema que requiere una urgente agenda social de reformas sustantivas, que la actual confrontación institucional e identitaria la subordinaba, aplazándola sine díe o inventando caminos falsos- Su realización es clave para conseguir la clase política una mayor legitimidad cívica y avanzar en un nuevo ciclo de progreso.

La pugna por un país integrado y transversal en lo nacional, bajo criterios de convivencia democrática e intercultural, y socialmente avanzado, forma parte de la mejor tradición del catalanismo progresivo y las izquierdas democráticas. Pero esta tercera posición, defendida por En Comú Podem y en parte por el PSC, debe superar el actual reto político, la consolidación de ese camino transformador doble, social y nacional, y avanzar en las correspondientes respuestas estratégicas y teóricas. Su experiencia y sus lecciones son decisivas para desarrollar el cambio de progreso en España (y la U. E.).