Dominio público

La importancia de tener ‘buena memoria’ (histórica)

Miguel Vázquez Liñán

Profesor del Departamento de Periodismo 1, Universidad de Sevilla

El Gobierno español anunció, en junio de 2018, su intención de exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos, situando con ello, en el foco mediático, el siempre controvertido tema de la memoria histórica. Y volvió a ocurrir: el pasado regresó a las primeras páginas como arma arrojadiza entre representantes políticos dispuestos a usar en su favor, y sin el mínimo respeto por el rigor histórico, cualquier asunto que, según su criterio, les pudiera facilitar un puñado de votos. Esta falta de escrúpulos no es una novedad, pero en contacto con temas de calado, como el de la memoria, e interesadamente mezclada en una coctelera mediática que dispara titulares y planteamientos en blanco y negro, podría tener consecuencias indeseables para los ciudadanos. Pero, ¿qué es, realmente, la memoria histórica? ¿Por qué se supone que es tan importante? ¿Qué más da, al fin y al cabo, lo que nos cuenten sobre el pasado, si lo que en realidad nos interesa es el presente y el futuro? ¿Y qué tienen que ver los medios de comunicación en todo esto? ¿No es el pasado asunto de los historiadores? Vayamos por partes.

Somos memoria. Buena parte de lo que solemos llamar "cultura" o "identidad" se nutre de una determinada interpretación de nuestro pasado. Vivir en sociedad significa establecer lazos y construir grupos que se unen, entre otras cosas, por el recuerdo de experiencias comunes. Como colectivo, no tenemos la opción de no tener memoria; otra cosa es el contenido y la propia construcción de esa memoria, que sí está, al menos parcialmente, en nuestras manos. Qué queremos recordar, por qué y para qué son preguntas básicas para plantear cualquier política de memoria. Si la respuesta se limita a un reduccionista "necesito extraer del pasado lo necesario para ganar las próximas elecciones", la memoria se convierte en propaganda electoral simplificada y diseñada para el enfrentamiento, sólo para el enfrentamiento. El hoy secretario general del PP, Pablo Casado, afirmaba en un mitin de 2008, refiriéndose a los de izquierda: "¡Pero si son unos carcas! Están todo el día con la guerra del abuelo, con las fosas de no sé quién, con la memoria histórica". Por desgracia, estos mensajes que usan el pasado para despreciar al enemigo político son demasiado frecuentes… y desde hace ya mucho tiempo. Pocos gobernantes han evitado el uso partidista del discurso histórico que, como el de la inmigración, es fácil de convertir en un mal guion de telebasura, basado en enfrentar a buenos y malos, blancos y negros, rojos y fascistas.

Pero ojo, el uso partidista del pasado no es necesariamente lo mismo que el uso político. Ayudados por una parte importante de nuestros medios de comunicación, hemos llegado casi a identificar política con partidos políticos. Afortunadamente, no son lo mismo. Si la política implica construir formas de organización social y normas de convivencia, los partidos son sólo parte de la misma. Por otro lado, y dado que vivimos en permanente campaña electoral, casi tendemos a igualar, también, política con política electoral. Y en las campañas electorales, ya se sabe; nada de complejidades: todo es un asunto de "ellos" contra "nosotros".

La memoria tiene una clara dimensión política. Bebe del pasado para construir el presente y el futuro. Cuando nos imaginamos a nosotros mismos, como sociedad, en tiempos venideros, solemos echar mano de ejemplos anteriores, cercanos o lejanos, que nos sirvan de modelo para construir nuestro futuro. Habitualmente, las experiencias que tendemos a usar como modelo son aquellas que conocemos (si no sabemos de ellas, ¿cómo las vamos a tener en cuenta?). En una sociedad con prisas, la solución fácil, rápida y efectiva propagandísticamente acaba siendo el uso de lugares comunes de nuestra historia, que todos creemos conocer porque nos han hablado de ellos a lo largo de nuestra vida a través de los medios de comunicación, la escuela u otras formas de mediación. Cuando los representantes de VOX afirmaban, en la campaña de las pasadas elecciones andaluzas, que la "Reconquista comenzará en Andalucía", estaban matando dos pájaros de un tiro propagandístico con el uso de la carga emocional del término "Reconquista". Por un lado, apelaban al Franquismo, que mitificó el período en términos de cruzada y, por otro, recordaban que el enemigo musulmán, hoy revestido de su condición de inmigrante, fue entonces y sigue siendo hoy, según esta lógica, el enemigo de los españoles.

No da igual la forma en la que comuniquemos nuestro pasado. De hecho, podríamos preguntarnos lo siguiente: si me siento orgulloso de un pasado imperial, o racista, o nacional-católico, o todo junto y más, porque me lo han presentado como un período "glorioso" a través de libros de texto o del cine, de la televisión, de un mitin político o de los monumentos de mi ciudad, ¿estaré más predispuesto a aceptar propuestas de ese tipo en el presente? ¿Podría estar tentado a pensar que, si "funcionó" en el pasado, por qué no nos iba a servir en el presente? Razones hay para cuestionarnos: cuando Donald Trump afirma querer hacer grande a América o Vladímir Putin aspira a recuperar la "Gran Rusia", ambos apelan al mismo significado de la palabra "grande", como sinónimo de "imperial". Ganan elecciones apelando a la grandeza imperial y eso, que a ellos les sirve, a los pueblos les pasará factura.

Si la respuesta a la pregunta que planteaba fuese, aun remotamente, afirmativa, merecería la pena pararnos a pensar, como sociedad, y replantearnos, no sólo qué recordar, sino cómo comunicar lo que hemos decidido recordar. Las políticas de memoria que no vayan de la mano de unas estrategias de comunicación no electoralistas estarán condenadas al fracaso (fracaso es, por ejemplo, usar la memoria sólo para ganar elecciones). Dejar en manos de los partidos esta tarea no parece la mejor idea: lo que tenemos entre manos es demasiado importante. Busquemos en la política no partidista; hay espacios para el diálogo. Una parte de lo que seamos como sociedad en el futuro dependerá de lo que hayamos elegido, en el presente, recordar de nuestro pasado. Decía el historiador Le Goff: "Se debe actuar de modo que la memoria colectiva sirva a la liberación, y no a la servidumbre de los hombres". Pensemos cómo y hagámosle caso.