Opinión · Dominio público

El fraude del diálogo de religiones

Waleed Saleh

Profesor de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro 'Librepensamiento e islam' (Tirant Humanidades, Valencia, 2016). Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado por Nazanín Armanian, Enrique J. Díez Gutiérrez, María José Fariñas Dulce, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, y Javier Sádaba Garay.

En un mundo cada vez más secularizado, ¿qué sentido tiene el diálogo interreligioso? Los que organizan conferencias, congresos y reuniones entre supuestos representantes de las diferentes religiones lo hacen para conseguir algunos fines como la erradicación de la violencia surgida de las propias religiones, la no discriminación racial o confesional y pretenden llegar a un punto de encuentro con el fin de cooperar para el bien de la humanidad.

Cuando fue lanzada la idea hace varias décadas, muchos biempensantes creyeron que los líderes religiosos iban a ser más sensatos que los políticos. Pero la experiencia demostró después que aquellos guardianes de la fe les ganan a estos últimos en su desfachatez y así vistos los resultados, la esperanza en mejorar las relaciones entre los pueblos pronto desvaneció.

¿Pero quiénes son realmente los que se encargan de organizar este tipo de eventos en la actualidad? Suelen ser individuos o grupos ilusionados, bienintencionados y soñadores o manipuladores con fines políticos o con intereses espurios de tipo económico.

El papa Francisco con representantes de otras religiones.
El papa Francisco con representantes de otras religiones.

Es inútil porque las religiones no dialogan. El diálogo se podía haber dado a la hora de la creación de las mismas, no después, porque ya instauradas y con sus doctrinas establecidas cesa el diálogo y lo único que queda es la insistencia sobre la veracidad de su mensaje. Cada una de ellas echa el cierre a la razón y anula la virtud de la duda para los humanos, y así termina el diálogo porque ya posee la verdad absoluta.

Entre las religiones, monoteístas o politeístas, existen grandes diferencias en lo que se refiere a la fe, las prácticas y el dogma. Sus libros fundacionales, sus doctrinas y sus ideas de la divinidad no coinciden y son excluyentes. Cada una de ellas pretende ser la verdadera y que las demás son falsas. La suya es la que salva a la humanidad y las otras aseguran un camino hacia el infierno.

Las buenas palabras de los líderes religiosos en estos encuentros no deben engañar a nadie. Suelen ser discursos llenos de expresiones dulces y amistosos que entran por un oído y salen por el otro, pero nunca llegan al corazón de los presentes. Los mismos oradores suelen tener otro tipo de discurso muy distinto cuando el público es de los seguidores de su propia fe. Reconocen en este caso que las diferencias entre el islam y las otras dos religiones monoteístas son grandes, tanto en el credo como en el papel de los profetas y en cuanto a lo lícito o ilícito.

Los enfrentamientos interreligiosos no se limitan a las distintas religiones, sino que afectan a cada una de ellas internamente. Si tomamos el cristianismo y el islam como ejemplo, vemos que protestantes y católicos no se ponen de acuerdo en lo esencial. Una guerra devastadora entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte duró tres largas décadas y dejó miles de víctimas mortales. En el caso del islam, los conflictos armados hoy en día son interminables. Suníes y chiíes están enfrentados en Iraq, Siria, Líbano o Yemen, entre otros. Es cierto que detrás de estas hostilidades se asoman intereses políticos, pero los pueblos se dejan llevar por su fe y se fanatizan porque piensan que ellos son los únicos que llevan razón.

El Papa del Vaticano se reúne con los líderes destacados del islam e intercambian buenas palabras y positivas intenciones, como ocurrió en el mes de mayo de 2016 cuando el Papa Francisco se reunió con el Jeque de al-Azhar. Pero tanto los imames y profesores de la institución cairota como los obispos y sacerdotes del catolicismo no dejan de criticar a sus adversarios. Es habitual, por otro lado, escuchar a los clérigos cristianos hablando del islam como una religión bárbara y su fundador un farsante. Y los clérigos musulmanes repiten una y otra vez que los cristianos y judíos no son más que los descendientes de los monos y los cerdos. Encontramos decenas de canales de televisión por satélite financiados por grandes empresarios musulmanes o por gobiernos, que emiten día y noche sentencias y fatwas que invitan al odio del tipo de que es ilícito que un musulmán le dé la mano a un no musulmán o le felicite en sus fiestas religiosas.

En una conferencia pronunciada por el Papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona el 13 de septiembre de 2006, el pontífice se sinceró y afirmó que:

“Dios está en concordancia con la razón porque él mismo es Razón (Logos) y por lo tanto ése sería el método universalmente válido para dirimir cualquier cuestión. Por eso, el ejercicio de la violencia para promover la fe es irracional y esto es el problema del islam”. Añadió que esta fe se había expandido con la espada.

Sus declaraciones enfurecieron a una buena parte de los fieles del islam, algo que no tenía que haberles sorprendido porque hacer declaraciones en sentido contrario sería inusual.

Mientras los representantes de las diferentes religiones se reúnen para tender puentes y mejorar las relaciones, la actividad proselitista no cesa. Misioneros cristianos en tierras del islam gastan millones de dólares para convertir a musulmanes al cristianismo aprovechándose de sus necesidades económicas como ocurre en Argelia, Marruecos y los países de África negra. Lo mismo ocurre con los imames en las mezquitas y centros culturales en Europa y otros países del mundo que se esfuerzan para convencer a las personas a que abracen el islam. Tendrán después viajes gratis a la Meca o a Qom y largas estancias de estudio pagados por el erario público de estos países.

Quedarse en la superficie es muy cómodo, pero profundizar e intentar llegar al fondo de los asuntos espinosos como el diálogo interreligioso es laborioso e ingrato a veces. El Consejo Permanente de los Sabios de Arabia Saudí, que se encarga de la investigación y las fatwas, emitió en junio de 1997 con el número 19402 un edicto relativo a este tema. Afirmaba que el islam es la única religión verdadera, es el sello de las creencias y con su aparición abolió a todas las religiones anteriores. El Corán es el último libro revelado que abolió la Tora y la Biblia, libros, aunque de procedencia divina, que habían sido manipulados y deformados por sus seguidores. Mahoma es el sello de los profetas y enviados y si el Mesías apareciera al final de los tiempos actuará a las órdenes del Profeta del islam. Los seguidores del judaísmo y del cristianismo si no abrazan el islam serán considerados infieles y su destino final es el infierno. Por todo ello, el llamamiento al diálogo de religiones y la unión de las creencias es un reclamo engañoso e indigno.

Los musulmanes que rechazan efectuar este gesto amistoso con los seguidores de otras creencias tienen presente el versículo coránico: “Ni los judíos ni los cristianos estarán satisfechos de ti mientras no sigas su religión” (2:120). Acusan a los clérigos cristianos y judíos de prestar su apoyo moral y material a las fuerzas coloniales y a los ejércitos occidentales que han causado millones de víctimas musulmanas y han explotado las riquezas de sus países. Piensan que este tipo de actos no son más que una tapadera para infiltrar proyectos políticos, económicos y militares para aprovecharse de las sociedades de mayoría musulmana. Acusan a los representantes de otras religiones que se encargan del diálogo de ser instrumentos en manos de otras fuerzas interesadas. Son cínicos e hipócritas que se les llena la boca con buenas palabras, pero no mueven un dedo para evitar o condenar algunos crímenes cometidos contra musulmanes, como ocurrió en la década de los noventa en Bosnia o actualmente en Myanmar. Incluso el Presidente del Foro Islámico Internacional para el diálogo, Hamid al-Rifa’i, en una de sus declaraciones dijo que “nosotros no necesitamos que los cristianos reconozcan nuestra religión, porque a continuación nos pedirán que reconozcamos que Jesucristo es Dios”.

Pero también hay cristianos que tienen presente las palabras del Evangelio que dicen: “Al Señor tu Dios adorarás, y solo a él darás culto” (Mt 4, 111). Consideran el diálogo con musulmanes y judíos una especie de auto-demolición porque, en su opinión, es renunciar a lo esencial de su fe. Las creencias religiosas no son homologables ni asimilables entre sí porque cuentan con contenidos incompatibles. La misión de la Iglesia, según algún sacerdote, es predicar y convertir a los hombres a la verdadera fe para ponerlos en el camino de la salvación. “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (MC 16, 1516).

El diálogo entre religiones más que diálogo es una maniobra para encubrir los intereses que sí unen a las religiones. En un país como España y también en otros países europeos procuran conseguir más privilegios y subvenciones de los particulares y de los Estados para llegar al espacio público y a toda la población. Es el “café para todos” para meter clases de otras religiones diferentes a la católica en el sistema educativo. Pretenden poner en pie de igualdad las religiones minoritarias con la católica y de esta manera obtener exención de impuestos y lograr otros privilegios.

Es de sobra conocido que la religión siempre ha dividido a la humanidad y seguirá haciéndolo, y por esto hay que confinarla al ámbito privado en casa y en los templos y nunca en la esfera pública. El diálogo se puede dar en mejores condiciones y en un entorno más sano. Pensemos en la literatura y las artes o el folclore, incluso en la tecnología.