Opinion · Dominio público

Los cuatro jinetes del nuevo ateísmo

Javier Sádaba

Javier Sádaba. Filósofo. Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado también por Nazanín Armanian, Enrique J. Díez Gutiérrez, María José Fariñas Dulce, Pedro López López, Rosa Regás Pagés y Waleed Saleh Alkhalifa

Christopher Hitchens, Daniel Dennett, Richard Dawkins y Sam Harris, en una imagen de 2007.
Christopher Hitchens, Daniel Dennett, Richard Dawkins y Sam Harris, en una imagen de 2007.

Son cuatro, Dawkins, Hitchens, Dennet y Harris, los que nos han ofrecido un libro, en forma de diálogo, para defender lo que se ha dado en llamar el nuevo ateísmo. O, lo que es lo mismo, unirse  y reforzar, apoyados en la ciencia, la batalla contra la superstición, el oscurantismo y el fanatismo. Como credenciales, recordemos que uno de los libros de Richard Dawkins se titula El espejismo de Dios, el de Christopher Hitchens Dios no es bueno, el de Daniel Dennet Romper el hechizo, y el de Sam Harris El fin de la fe. Los cuatro discuten las razones del ateísmo y, sobre todo, las sinrazones del teísmo. Digamos también que el área contraria se ha reforzado y un inteligente filósofo como  McIntyre es el presidente  de una asociación de filósofos cristianos. Por no hablar de F. Collins, el sucesor de Watson en la dirección de la secuenciación del Genoma Humano, al que citan varias veces, y que se declara ferviente católico. Como se ve, hay más espadas en alto de lo que solemos pensar.

Dos pequeñas objeciones o comentarios todavía. Los autores no pueden decir lo que exhibía Renan para apuntalar su ateísmo. Había, por así decirlo, dividido sus creencias en dos etapas. En una estuvo a punto de ordenarse sacerdote. En la otra centró toda su batería, sobre todo histórica, contra el teísmo. Pensaba que de esta manera conocía mejor la creencia y la increencia. Por otro lado, los cuatro en cuestión se limitan al cristianismo fundamentalmente. Solo hay una excepción, el islamismo, con el que son inmisericordes, y con razón. Porque el Islam se manifiesta como el último peldaño de una supuesta gran verdad, como el absoluto que todo lo cancela. Todo un peligro. Una ocasión para recordar que es intolerable que haya pasado como algo casi normal la exigencia de una delegación iraní para que las mujeres no se acercaran a los hombres. Causa estupefacción que no se haya oído ninguna voz desde la calle para que se les echara a su casa. O ignorancia, o cobardía o necia indiferencia.

Los argumentos que utilizan los jinetes son conocidos, pero no está de más que no se archiven en el olvido. Contraponen las ciencias a la religión. En las ciencias las hipótesis o teorías se contrastan con los hechos y si estos no nos dan la razón, las hipótesis y teorías se abandonan. Cierto es que no percibimos y es un ejemplo, directamente los electrones, pero vemos sus efectos. El creyente recurre a argucias algunas realmente peregrinas. Por ejemplo, y se trata de una burda imitación de Tertuliano,  sostiene que la creencia porque es imposible se convierte en posible. Una incoherencia propia de un niño. Y es que si lo imposible se trasmuta en posible deja de ser imposible. O que sabemos tampoco de lo que existe que no podemos negar lo que no existe. Ni se niega ni no se niega, sencillamente no lo sabemos. Pero no creamos, desde ahí, ficciones como dioses, milagros, hadas o duendes. Aunque la barrera de las barreras en el campo de los creyentes es el recurso a la fe. Ahí se acabó el dialogo. Es como cerrar una puerta. Por otra parte, con la misma razón que él tiene fe en Dios, yo puedo tenerla en el Diablo. A ver quién gana.

Para el laicismo y la vida cotidiana pienso que son de mayor importancia estas tres cuestiones que expondré a continuación. La primera es si merece la pena hablar y tratar de convencer a aquellos semicreyentes, con dudas y apoyados más en la tradición que en una sólida creencia. Ahí las posturas se dividen. Unos piensan que es una ocasión para pasarles a nuestro bando. Otros piensan, pensamos, que es una pérdida de tiempo. Si le convenzo el martes, el miércoles se le habrá olvidado. Mejor, dirá, dejar todo como está sin sobresaltos ni personales ni familiares ni sociales. La segunda es la que prefiere que se mantenga toda la estética que acumula la religión. Una misa solemne en latín, el Réquiem de Mozart y tantos ritos más convendría mantenerlos al margen de las creencias. A mí me parece bien si es eso lo que sucede, pero no es así. Se trata, de hecho, de ritos sin fuerza, con creencias rancias y que perviven más por una obsoleta tradición y una fuerte presión que por la riqueza del rito. Una primera comunión hoy en familias ni creyentes ni practicantes y que parece una boda tiene no poco de ridículo.  Y no vale decir, salvo excepciones, que se trata de mantener las ceremonias de un pasado que nos acarició y nos llena de ternura. Eso suele ser una excusa. Se trata de no saber resistir la presión de unas costumbres impuestas por la familia, el colegio o el cerco social. Como en política. Como en casi todo.

Finalmente, está la inquietante pregunta de por qué gente  sumamente racional en su vida y en su oficio es totalmente irracional creyendo algo que se escapa a la más mínima inquisición racional. El filósofo ya fallecido A. Flew recurría al “doble pensamiento” de una conocida obra distópica. Seríamos esquizoides. Una parte dice que sí y otra que no. Y las dos conviven. Me parece una explicación sensata, pero soy incapaz de meterme en su piel.