Dominio público

El magnate de la guata

José Carlos Fernández

Doctor en Ciencias Políticas y Sociología

El fundador y primer accionista de Inditex. Amancio Ortega. AFP/ Miguel Riopa
El fundador y primer accionista de Inditex. Amancio Ortega. AFP/ Miguel Riopa

Ahora que (casi) se han extinguido las ascuas del incendio mediático provocado por la donación, por parte de Amancio Ortega, de 300 millones de euros (310 según algunos medios) a la Sanidad Pública española para la adquisición de aparatos de alta tecnología (290 mamógrafos y otros equipos de radioterapia) con los que diagnosticar y combatir el cáncer de mama y otras versiones de esta enfermedad nefasta que en todo el mundo, según la OMS, causa la muerte a más de 80 millones de personas al año (aproximadamente, el doble de los habitantes de España, o bien, la totalidad de la población de Francia o Inglaterra), intentaré ensayar una reflexión serena y desapasionada sobre, al parecer, tan transcendental asunto.

En efecto, todos los periódicos digitales o de papel y los noticiarios de televisión y radio se hicieron eco inmediato de la desinteresada (¿?) munificencia del magnate gallego de la guata, desencadenando un aluvión de opiniones para todos los gustos y disgustos. Buena parte de los líderes sociales y de los partidos políticos se posicionaron a favor o en contra del dispendio. Ideológicamente, del PSOE hacia la derecha se congratularon de la magnánima donación y animaron a que otros ricazos (en feliz expresión de Baltasar Gracián) siguieran los pasos del gallego tomando buen ejemplo de lo que ellos califican de acto generoso y encomiable a favor de los afectados por tan terrible y en ocasiones fulminantemente mortal enfermedad. Hacia la izquierda de los socialistas, el asunto no despertó con tanto aplauso ni regocijo, al contrario, se lamentaron de la obscena ostentación y del impúdico y condescendiente altruismo exhibido por uno de los hombres más ricos del planeta para con sus conciudadanos.

¿Quiénes tienen razones razonables para sostener una u otra opinión? Dirimir esta cuestión desde el punto de vista de las ciencias sociales puede ayudar a posicionarse a los que aún se debaten entre ambos veredictos, sin decidirse a tomar partido por ninguna de las dos opciones.  Comencemos.

"Donación", etimológicamente viene del verbo transitivo "donar", que a su vez procede del sustantivo "don", y del sufijo "ción" que indica efecto, hecho o acción de. Por lo tanto, al decir "donación" se habla del acto de suministrar un "don" a alguien. Así que, habría que comenzar con un análisis teórico de la donación realizada por el magnate gallego, examen que debería guiarse por alguna de las teorías del don desarrolladas por la Antropología Social. Y completarlo inscribiendo ese hecho en su contexto real, esto es, preguntándonos el cuándo, el cómo y el porqué se llevó a cabo.

Aunque existen multitud de investigaciones realizadas en torno a este tema específico, aquí vamos a utilizar la teoría desarrollada por Marcel Hénaff en el brillante, entretenido y lúcido ensayo titulado El precio de la Verdad. Don, dinero, filosofía (Ed. Lom, 2017), por ser uno de los trabajos más recientes y que mejor recoge el acervo académico de los más significativos acercamientos previos al asunto (Bronislaw Malinowski, Franz Boas, Marcel Mauss, Claude Lévi-Strauss, etc).

El don es algo de uno mismo que se da en reconocimiento del quien lo recibe que, a su vez, está obligado a responder a la generosidad y desafío del primero.  En su forma más pura y original, el don recíproco ceremonial practicado en las sociedades de cazadores recolectores servía para establecer y mantener relaciones con los extraños. Cuando, por cualquier causa, personas desconocidas se veían obligadas a relacionarse, no había término medio, o se confiaba en el otro o se luchaba contra él. Si no había lucha, la confianza se desarrollaba mediante la entrega de dones recíprocos. El don ceremonial es relación: "un acto público sin el cual no hay comunidad" (p. 192-193). Ejemplos de este tipo de don es el circuito Kula de las islas Trobriand descrito por Malinowski o el Potlatch analizado por Boas y su equipo entre los pueblos originarios de la Columbia Británica. Ambos coinciden en señalar que la generosidad debía ser ostentosa, porque dar es algo glorioso que da prestigio y honor; también era importante que la acción fuera conocida por todos y, si fuese posible, espectacular. Se ve claramente que no se trata de una generosidad caritativa, sino de liberalidad pública (p. 186).

En este contexto, Hénaff (p. 366) cataloga las relaciones de don acorde a las tres formas características en que históricamente se presentan: la primera, como dones recíprocos ceremoniales que aspiran sobretodo al reconocimiento mutuo de las partes, dando forma a la red de relaciones comunitarias de las sociedades tradicionales; la segunda, se practica en las sociedades políticas de poder centralizado, como don unilateral que procede de seres sobrenaturales, del soberano o de la ciudad/estado; es un favor que se da sin que el receptor haya tenido que hacer mérito alguno para ello; por último, está el don individual de tipo moral que depende de la decisión libre de quien da; en ocasiones podría ser recíproco, pero es ante todo generosidad y compasión unilateral.

"Lo que está en juego en cada caso es la forma del vínculo social" (p. 367).

El don recíproco es una forma de reconocimiento mutuo cuya principal función es crear y fortalecer el vínculo social. Se da y se recibe reconocimiento, entre iguales. No es solo dar en el sentido oblativo; no es cuestión de ceder algún bien, sino de ofrecerlo como prenda; se trata de manifestar reciprocidad, iniciar o continuar ciclos de intercambios. "Desde su origen, toda relación de "don" presenta un carácter agonístico, el don es un desafío que exige réplica (p. 488). El don recíproco se "mueve entre el desafío, la seducción, la súplica y la posibilidad de conflicto" (p. 508). Generalmente, se procura que el bien en que se materializa el "don" no exceda cierto límite para que quien lo reciba tenga la posibilidad de responder con otro equivalente. El exceso podría ofender y deshonrar al receptor ya que dejaría en evidencia sus carencias, rompiendo la cadena don-contra don que sostiene el vínculo social, llegando a provocar, sensu contrario, su enemistad, incluso el enfrentamiento. El don recíproco ceremonial, que se practicaba antes del surgimiento de la polis, sobrevive en la serie de regalos de ida y vuelta que continúan practicándose hoy para celebrar determinadas fechas o acontecimientos: invitaciones recíprocas a cenar, regalos de boda o de cumpleaños, celebraciones de algún logro, etc., la lista es larga (p. 159).

El don unilateral es lo que tradicionalmente ha sido llamado gracia en Occidente. Se pueden encontrar versiones diferentes en la kharis griega o en la jen bíblica, pero su significado no se aleja mucho de lo que hoy se entiende como la gracia cristiana o la baraka islámica. Estos conceptos indican dones de la divinidad a los seres humanos: la vida, la naturaleza, el sol, la luna, las estrellas… Su rasgo distintivo reside en no derivarse de ningún mérito específico de los destinatarios. Es la magnanimidad de los dioses quien lo otorga como despliegue de su poder. Los dones realizados por quienes ostentan poder (el soberano, la Ciudad o el Estado) entran en esta categoría. Su desmesura hace que no puedan ser replicados. Sin embargo, quienes reciben este tipo de don contraen una deuda con la divinidad (o con el poder) que se materializa en su lealtad incondicionada (así se entienden algunas de las reacciones más entusiastas).

El don individual, por último, es la práctica que Aristóteles (Ética Nicomaquea) y Séneca (De Beneficis) asumen y recomiendan que sea practicado por parte de todos sus conciudadanos. El don individual debía realizarse de forma proporcional a la posición de cada uno, pero en el caso de los ricos la obligación ética es mucho mayor ya que ambos filósofos entienden que éstos deben su riqueza a quienes finalmente son receptores del don: su comunidad (tribal, clánica o política).

¿A qué categoría pertenece el "don" realizado por nuestro magnate? La respuesta a esta cuestión servirá para valorar sus implicaciones.

Un primer examen parece incluirlo en el último tipo, es decir, el llamado don individual. Esto nos llevaría a considerarlo un gesto de generosidad y compasión unilateral por su parte que se inscribiría en una ética de fraternidad para con sus conciudadanos. Pero, por otro lado, un examen más cuidadoso enmarca lo desmesurado del donativo entre los gestos de magnanimidad de entes poderosos propio del don unilateral de los dioses o del Estado, lo que nos llevaría a presuponer una pizca de arrogancia viniendo, en este caso, de un particular. ¿Nos está diciendo D. Amancio, que él es tan o más poderoso que ellos? Aún podríamos aventurarnos más allá: ¿quiere decirnos que él es más rico y caritativo que el Estado, ya que debe suplirlo, forzándolo de algún modo, a llegar donde él no llega?

La perspectiva antropológica nos acotando el asunto. Por un lado, tenemos que se trata de un acto de generosidad, fraternidad y compasión con sus compatriotas. Por otro, que exhibe la jactancia de quien pretende suplantar la competencia de esos grandes dones unilaterales al Estado, la Ciudad o los dioses.

Decíamos que Aristóteles convierte en virtud el don unilateral y Séneca recomienda que sea cultivado por todos los ciudadanos romanos. Ambos autores recogen y analizan una costumbre arraigada en una institución social reconocida y respetada por todos, la evergesia: "práctica mediante la cual los ciudadanos más ricos tienen la obligación de regalar a su ciudad monumentos públicos (templos, teatros), construcciones útiles (acueductos, termas, calzadas pavimentadas) o espectáculos, fiestas o banquetes" (p. 340); pero el evergetismo llegaba aún más lejos con la financiación de embajadas políticas y/o comerciales en el extranjero, condonación de deudas, pago de dotes, etc. Para griegos y romanos, el consejo iba mucho más allá de una simple recomendación; era un deber inexcusable. A ese nivel, considera Hénaff, es donde puede situarse lo que Weber llamó posteriormente "ética religiosa de la fraternidad" a cuya versión secular, como "ética protestante", asignaría el importante papel de catalizador del capitalismo. Esta tradición se perpetúa hoy en el mecenazgo de las bellas artes o de la ciencia, donaciones de edificios históricos, colecciones de arte y derechos de todo tipo por parte personajes ilustres naturales del lugar.

Por tanto, el don unilateral, aunque crea cierto compromiso de los receptores con el donante, nace como pago de una deuda anterior que el poderoso contraía con la comunidad que creó las condiciones de posibilidad para la acumulación de su riqueza. En el caso que nos ocupa, los asalariados que ayudaron con su trabajo a que el magnate amasara una inmensa riqueza con sus productos y, porqué no decirlo, a los primeros clientes españoles que lanzaron con sus compras al dueño de la firma textil al firmamento de las grandes fortunas del planeta. Sin olvidar que la actual externalización de la producción de la empresa Inditex a países del tercer mundo, con una mano de obra barata y en condiciones laborales rayanas en la esclavitud, constituye actualmente una de las claves de bóveda del imperio empresarial del gallego. Al modo clásico, si consideramos la donación como don unilateral, con ello el caritativo empresario no estaría más que devolviendo una mínima parte de lo que la sociedad española le había dado antes.

Como decíamos arriba, para completar el análisis debemos incluir un aspecto crucial, no tratado hasta ahora: observar el contexto real en que la donación se llevó a cabo. Esto revelará finalmente la verdadera naturaleza de la prodigalidad del magnate gallego. A comienzos de 2017 la fundación que lleva su nombre anunció urbi et orbi la millonaria donación a la sanidad española. Significativamente, tres meses antes del estruendoso anuncio (diciembre de 2016) vio la luz un informe elaborado por el grupo de los verdes del Parlamento Europeo que indicaba que Inditex eludió el pago de 600 millones de euros en impuestos gracias a la ingeniería fiscal. Y añadía que para esquivar la imposición fiscal la empresa matriz contaba con 74 filiales en lugares offshore como Holanda, Irlanda o Suiza y en diversos paraísos fiscales como Macao o Mónaco.

Nos encontramos ante dos hechos muy próximos en el tiempo y ambos nos inducen interpretaciones contrarias. Por un lado, la acusación de escamotear los impuestos, que entre otras cosas servirían para financiar la sanidad pública, presenta al empresario como persona insolidaria, tacaña y egoísta, por usar un lenguaje común. Por otro lado, la donación expresa todo lo contrario, mostraba la solidaridad y el compromiso del magnate con sus conciudadanos. No obstante, el escamoteo del que lo acusaron fue inmediatamente anterior al gesto de generosidad y eso proyecta una sombra de duda sobre las verdaderas y ocultas intenciones de los cuidadores de la imagen pública del empresario. A nadie se le escapa que la proximidad de fechas no es algo casual y que ambos hechos están relacionados, de alguna manera. Es lamentable que salvo honrosas excepciones, todos los grandes medios comunicación (radio y televisión incluidos) se hicieran inmediato y estruendoso eco de la generosa donación de la Fundación Amancio Ortega en la cabecera de sus informativos, mientras, ocultando o restándole importancia, al informe del Parlamento Europeo le dieron un tratamiento superficial colocándolo en un lugar recóndito de sus informativos o ignorándolo completamente. Parece que el poder del magnate como anunciante en los medios pesó mucho más que la ética profesional que impone al llamado cuarto poder el deber de informar, pese a quien pese.

Dicho esto, ya podemos aventurar un juicio sobre el asunto. La donación de 290 millones de euros (menos de la mitad del ahorro fiscal conseguido con prácticas de dudosa ética) fue en realidad y sin ningún lugar a dudas una operación de marketing, un lavado de imagen para contrarrestar el aluvión de críticas que inundó las redes sociales tras conocerse el mencionado informe del Parlamento Europeo. Se trata únicamente de un blanqueamiento de imagen ante los reproches recibidos, una operación de publicidad perfectamente orquestada por sus asesores para compensar el deterioro sufrido. Pero, además, el eco mediático producido fue infinitamente mayor que la mera propaganda, y mucho más barato que las costosas campañas contratadas con agencias de publicidad. Podemos asegurar que incluso ahorró costes publicitarios de dudosa eficacia en los más diversos medios y soportes. Que los principales titulares y cabeceras de todos los informativos nacionales hablaran de Amancio Ortega y tan positivamente como lo hicieron fue la mejor y más barata campaña publicitaria imaginable, una operación maestra de marketing que llegó a todos, alcanzando sus objetivos. Una prueba de la efectividad de la campaña es la calle que, hace pocas fechas, un pueblo sevillano dedicó graciosamente a Don Amancio. Aunque nos gustaría decir que la donación de la Fundación Amancio Ortega representa una toma de conciencia y gratitud hacia la ciudadanía comparable al evergetismo clásico, no queda más remedio que afirmar que no se trata de eso. Encubierto con un velo de caritativa generosidad y solidaridad, el gesto no fue más que una campaña propagandística de altos vuelos concebida con el único y preferente fin de restaurar la imagen pública del magnate gallego de guata.