Opinion · Dominio público

Argentina en la trampa del FMI

Manifestación contra las medidas económicas del gobierno del presidente argentino Mauricio Macri. REUTERS / Agustin Marcarian
Manifestación contra las medidas económicas del gobierno del presidente argentino Mauricio Macri. REUTERS / Agustin Marcarian

Las elecciones primarias celebradas el 11 de agosto de 2019 en Argentina entre candidatos de los distintos partidos, conocidas como PASO, dieron la victoria por 15 puntos de diferencia a la fórmula presidencial peronista del Frente de Todos (Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner) sobre el presidente Mauricio Macri, que aspiraba a la reelección. Una victoria opositora que tomó por sorpresa a esa parte de la sociedad que se miraba en el espejismo discursivo del gobierno y navegaba sobre la ola neoliberal con supuesto viento a favor, sin prestar la más mínima atención a los sectores populares cada vez más empobrecidos. La derrota fue contundente a nivel nacional, y más aún en el principal distrito electoral del país, la provincia de Buenos Aires, donde el ex ministro de Economía de Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof, se impuso con cerca del 50 % de los votos y una diferencia de 17 puntos sobre la gobernadora María Eugenia Vidal, hasta ese momento la mayor esperanza electoral del oficialismo.

A lo largo de toda la campaña, Axel Kicillof desarrolló una nueva habilidad política recorriendo intensamente el territorio, y eso sin duda influyó en sus buenos resultados. Pero en la decisión de los votantes tuvo un peso indudable su trayectoria al frente del ministerio de Economía que condujo la política económica de Cristina Fernández. El valor simbólico de su victoria es también el de un proyecto de economía social confrontado al del individualismo económico que propugna el modelo neoliberal. Un proyecto de país que altera los nervios de quienes lo tachan de populista, allí donde “populismo” significa principalmente proteger derechos de los trabajadores y de los sectores excluidos del mercado laboral. Y donde “populismo” también implica la preservación de recursos, bienes y servicios nacionales de carácter público, introduciendo restricciones a la inversión privada y/o extranjera en ciertos sectores estratégicos. A juzgar por sus políticas, este supuesto “populismo” no sería otra cosa que un contrapoder ante el dictado hegemónico del neoliberalismo.

El recuento de votos de las PASO se retuvo y ocultó hasta bien entrada la noche. Se habló de un fallo generalizado del sistema de cómputos, de cortes de suministro eléctrico, etc. Sin embargo, Mauricio Macri salió muy desdibujado esa noche a reconocer su derrota, sin que se conociera ni siquiera una anticipación del resultado oficial. La falta de datos, una hora y media más tarde de lo establecido, hacía presumible el hundimiento total del gobierno de Cambiemos.

El discurso de Macri no fue de aceptación de los resultados con actitud democrática. El presidente se sintió “despechado” por los electores y atacó a sus rivales al afirmar que “la alternativa al gobierno, la alternativa kirchnerista, no tiene credibilidad en el mundo”. En lugar de ahondar en las causas de su pésimo resultado, afirmó que “el kirchnerismo debería hacerse una autocrítica”, hablando como si todavía estuviera en campaña y culpando a los votantes por no haber cumplido las expectativas que habían creado las encuestas.[1] Y manifestaba así su disgusto: «Me duele en el alma que haya tantos argentinos que crean que hay una alternativa volviendo al pasado; y no la hay, ¡no la hay!» Un presidente azorado reprochaba abiertamente su voto a los ciudadanos.

Macrodevaluación y caos financiero

En los días previos a las elecciones los resultados más favorables al gobierno que anticipaban las encuestas alimentaron una reacción “positiva” de los mercados financieros.[2] Apoyándose en estos datos, algunos operadores económicos manipularon el mercado de cambios consiguiendo un ligero fortalecimiento del peso durante algunas semanas. Al día siguiente de las elecciones, cuando empezaron a operar los bancos y casas de cambio, se produjo una brutal devaluación del peso, superior al 30 % de su cotización respecto al dólar estadounidense (en días posteriores la caída se estabilizó en un 25 %). Desde el corazón financiero de la city porteña, el paisaje céntrico de Buenos Aires tuvo ribetes de irrealidad: misteriosamente, ese día habían dejado de vociferar los característicos arbolitos, ese batallón de desocupados que trapichea en la calle con las diferencias de cambio, y que en un contexto de tanta volatilidad no se atrevían a anunciar su machacona oferta a los transeúntes (“cambio, cambio, cambio…”); se había suspendido la actividad de las cuevas (tugurios informales de cambio de moneda que abundan en los centros turísticos de las principales ciudades). Algunas casas de cambio anunciaban valores inmejorables para la moneda extranjera, pero aun así no realizaban operaciones, argumentando que no tenían pesos para atender la oferta de divisas. En realidad, las oscilaciones eran tan extremas que en contados minutos cualquier operación con divisa podía resultar un quebranto. Aunque el negocio cambiario si estuvo muy activo desde primera hora en el sistema bancario. El desarrollo de la “corrida” del dólar fue tan rápido como si se hubiera encendido una mecha: a los diez minutos de la apertura de la sesión del lunes, la cotización mayorista subió más de un 20% sobre el valor de cierre del viernes (45 pesos), y siguió escalando a lo largo del día hasta el 34 % (61 pesos).[3]

El discurso que pronunció ese día el presidente agravó la situación: “esto es una muestra de lo que va a pasar”, dijo, si ganaba en octubre la oposición a su gobierno. Pero después de recibir críticas de su propio partido y de los medios afines por su mala digestión de la derrota electoral y por haber dejado que se hundiera el valor del peso sin haber actuado a tiempo, el presidente aceptó conversar por primera vez con Alberto Fernández. Este solo hecho, sin conocerse el contenido de las conversaciones, permitió distender el clima político y rebajar la presión sobre la moneda argentina, que se recuperó ligeramente.

Con esta última megadevaluación casi toda la actividad económica quedó interrumpida, tanto los insumos internacionales como muchos productos nacionales no se vendían por falta de precio de reposición. La actividad de las empresas que aun sobrevivían con dificultad a la estanflación quedó completamente paralizada. En un improvisado cambio de rumbo, el Mauricio Macri anunció una serie de medidas temporales para aliviar el bolsillo de los ciudadanos, asegurando que había entendido el mensaje que le dieron los argentinos en las elecciones. El anuncio incluyó un recorte del impuesto a las Ganancias, beneficios fiscales para las Pymes y congelación del precio de los combustibles durante 90 días. Además, una reducción de impuestos a trabajadores en relación de dependencia de hasta 2.000 pesos mensuales durante dos meses, y un bono especial de 5.000 pesos para los empleados de la administración pública nacional, las fuerzas armadas y las fuerzas de seguridad.

El paquete de medidas tuvo un marcado corte electoralista. Hugo Yasky, secretario general de la CTA, declaró: «Es como querer curar con una aspirina el cáncer de la dolarización y la especulación financiera que instalaron desde el primer día de su Gobierno.» Además, el anuncio de congelamiento del precio del petróleo y sus derivados generó importantes resistencias en el sector empresarial y también recibió críticas de los gobernadores de las provincias petroleras por el costo fiscal de la medida.[4]

Durante la presidencia de Macri el dólar se apreció cerca del 500 %. La brutal devaluación del peso tiene un costo político ineludible en una economía altamente dolarizada, en la que el dólar es la referencia de los principales precios: viviendas y toda clase de inmuebles, así como automóviles, bienes durables, combustibles y muchos otros productos y servicios se referencian o venden directamente en dólares. Cuando hay bruscas variaciones del tipo de cambio, estas megadevaluaciones se acompañan de incrementos de la inflación en  porcentajes similares; actualmente la inflación supera el 55 % anual. En consonancia con los datos anteriores, las tasas de interés que ya se situaban en torno al 60 %, subieron durante los últimos meses por encima del 75 %, en un desesperado e inútil intento de evitar la huida hacia el dólar de las inversiones financieras en pesos.

Pero el mayor problema que hereda el futuro gobierno del descalabro neoliberal macrista es el altísimo endeudamiento en divisas, principalmente con el FMI.[5] La deuda pública, que al comienzo del gobierno de Macri (2015) representaba el 53 % del PIB, alcanzaba a fines del 2018 el 100 % del PIB, incluidos los últimos desembolsos del Fondo. El 75 % del total de la deuda es en moneda extranjera.[6]

A falta de un proyecto político propio, el gobierno de Macri repitió los viejos errores del neoliberalismo argentino en sus relaciones de subordinación al FMI.  Aunque en este caso el idilio con el Fondo llegó más lejos que en ocasiones anteriores. Macri sabía que este organismo estaba dispuesto a cerrar los ojos y rescatarlo políticamente solo a cambio de promesas y globos de colores, sin un mínimo programa creíble. De hecho un año antes de esta última crisis, a fines de agosto de 2018, el gobierno ya negociaba con el Fondo “una declaración formal” que asegurase a los mercados que no habría default en 2019, como informaba la prensa económica en aquellos días, aclarando el carácter político del acuerdo: “Mauricio Macri asumió que su programa económico no es confiable para los mercados financieros y negocia contra reloj una declaración de apoyo del Fondo Monetario Internacional (FMI) destinada a descartar un default de la Argentina en 2019. Donald Trump conoce las necesidades políticas de Macri y avaló que el FMI asegure a través de un comunicado oficial que hará los desembolsos necesarios para que Argentina cumpla con su plan financiero del próximo año”.[7]

El periodista Alfredo Zaiat resume así la situación actual: “Como ha sucedido en crisis pasadas, en la de 1989 que derivó en hiperinflación, y en la de 2001 cuyo desenlace fue el default y megadevaluación, el Fondo Monetario Internacional ha cumplido el papel de avalar un programa financiero y cambiario pésimo para la estabilidad macroeconómica. Con el gobierno de Macri fue más audaz que en esas dos experiencias traumáticas. Entregó el crédito más abultado de su historia a un país cuando la economía macrista ya había naufragado, en marzo del año pasado, en el momento que Wall Street le cerró el grifo de dólares.”[8] La ambivalencia de esa relación paradójica quedó de manifiesto cuando el FMI, después del fracaso macrista en las primarias, también le cerró el grifo de los dólares.

Después de una semana convulsiva en la que ninguna medida del gobierno consiguió sostener el tipo de cambio del peso, Mauricio Macri anunció el relevo del ministro de Economía, Nicolás Dujovne, y su sustitución por Hernán Lacunza. El nuevo ministro fijó como única prioridad estabilizar la situación cambiaria, contener la devaluación. El cambio en el ministerio produjo un nuevo derrumbe de las cotizaciones de bonos de deuda y acciones de empresas argentinas, tanto en el Merval de Buenos Aires como en la bolsa de Nueva York.

“Reperfilar” la deuda y controles cambiarios

El interés de las élites económicas internacionales en mantener vivo el gobierno de Macri siempre fue patente. La economía macrista empezó a sucumbir en la mitad del mandato presidencial, cuando ya se manifestaban las tendencias a la devaluación y la inflación que luego se agudizarían. En apoyo de las políticas neoliberales del macrismo, el FMI puso en marcha el mayor rescate financiero de la historia del organismo.

Habría que preguntarse para qué sirvió tomar tanta deuda. En un país en prolongada recesión, con aumento constante del desempleo y la pobreza, con destrucción continua del tejido empresarial y cierre generalizado de PYMES, imposibilidad de acceso al crédito por las tasas de interés abusivas y deterioro de todos los indicadores de desarrollo humano, esa deuda solo sirvió para quemar divisas en el mercado financiero en un larguísimo baile del Banco Central con los especuladores, con protagonismo de los propios bancos.[9] Mientras tanto, los créditos a particulares alcanzaron tasas de interés estratoféricas, cercanas al 200 %, y el riesgo país escaló hasta casi 2200 puntos (22 %), uno de los más altos del mundo.[10]

La crisis financiera argentina alcanzó su clímax con la visita de los funcionarios del FMI, en particular después de su encuentro con el candidato opositor Alberto Fernández. El gobierno de Macri estaba pendiente de recibir un penúltimo tramo de crédito del FMI, necesario oxígeno financiero para su asfixiada economía, y por tanto esperaba una visita técnica para analizar la situación económica y financiera, pero se trató de una misión oficial “exploratoria” (léase política). El FMI iba a desembolsar en septiembre el penúltimo tramo del crédito acordado con el gobierno de Macri (5.400 millones de dólares), pero el desembolso no se produjo.

Los funcionarios encontraron un espectáculo poco gratificante para la institución: el Banco Central intentaba contener sin éxito la devaluación con una permanente sangría de divisas para sostener el valor del peso, con subastas diarias de más de 300 millones de dólares diarios. Además, tras el resultado electoral adverso en las primarias, el gobierno de Macri adoptó medidas contrarias a la ortodoxia liberal del Fondo, como el control de cambios y establecer el precio fijo del petróleo y derivados. Medidas toleradas inicialmente por los funcionarios del FMI como un mal menor para mejorar sus perspectivas electorales. Sin embargo, en plena visita de los funcionarios del FMI que debían avalar un nuevo tramo del crédito, el presidente declaraba que una parte de los bonos emitidos por el Estado extendían sus plazos de vencimiento de manera forzosa, con o sin conformidad de los acreedores. El anuncio se intentó maquillar con términos como “reperfilamiento” y “default selectivo”, pero en la práctica significaba renegociar los plazos de la deuda pública, es decir, una forma elegante de anticipar una posible cesación de pagos. Una interpretación generosa del término sería que “reperfilar” implica pedir el consentimiento del acreedor para trasladar los vencimientos, en tanto que un default significaría lisa y llanamente el incumplimiento en el pago. Como quiera que sea, a partir de este momento Argentina se vio privada por completo del acceso -ya de por sí limitado- a los mercados de capitales.

La sangría de las reservas del Banco Central para contener la devaluación del peso y atender la demanda de efectivo en divisas por parte de depositantes cada vez más temerosos, que acudían a los bancos a vaciar sus cuentas en dólares, alcanzó su clímax a fin de agosto, cuando la caída de las reservas alcanzó los 2.000 mill de dólares diarios. Ante esta situación el Gobierno de Macri emitió un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) para poner restricciones a la adquisición de dólares y a las transferencias al exterior, con un límite de 10.000 dólares mensuales para las personas físicas.[11]

En las últimas tres semanas de agosto de 2019, los depósitos en dólares se redujeron en un 12 %. Los bancos tuvieron que afrontar la salida de 4.000 millones de dólares del sistema financiero, que fueron a buscar refugio a la bodega de las entidades, en las cajas de seguridad. Tres semanas más tarde, ya se habían retirado de los bancos 10.000 millones de dólares, un 30 % de los depósitos.[12]  La reducción total de las reservas en las siete semanas que siguieron a las elecciones PASO fue de 17.000 millones de dólares.[13]

El nuevo rumbo del gobierno de  Macri para atajar la crisis financiera supuso renegar en gran medida a su ortodoxia neoliberal. Las élites empresariales lo interpretaron como una vuelta al “cepo cambiario”, como sus ideólogos llamaron al control de cambios que funcionó entre 2011 y  2015, durante el gobierno de Cristina Fernández. La propaganda macrista que lo llevó a la presidencia se forjó en el ataque al famoso “cepo” como uno de los vectores clave de la economía dirigista que Cambiemos venía a cambiar. Esta medida supuso una tremenda humillación política, por lo cual fue adoptada tardíamente y a la desesperada, después de fuertes resistencias en el propio gobierno.

El rumbo enloquecido de una política económica improvisada para evitar la debacle, sin ningún proyecto de futuro, generó desconfianza entre las élites que siempre respaldaron al gobierno de Macri: tuvo conflictos con el sector energético por el congelamiento de precios, conflictos con los inversores institucionales (bancos y multinacionales) por la prórroga obligatoria de vencimiento de bonos y por la restricción a la salida de dólares, conflictos con la industria, que además le reprocha la pérdida de 200.000 puestos de trabajo y el cierre de 5.780 empresas durante su gestión, así como la caída a la mitad (49 %) en el empleo de la capacidad instalada, y ya para completar el cuadro, el conflicto que podía surgir ahora con “el campo”, con los productores e intermediarios rurales, por la exigencia de liquidar las divisas de sus exportaciones en un plazo muy estricto, después de haber liberalizado esta obligación al extremo durante todo su gobierno. Muchas de estas medidas aparecen asociadas en el imaginario de sus votantes a lo que más odiaban de las políticas kirchneristas.

La improvisación fue enturbiando el juego político. La imposición del control de precios de hidrocarburos y las supresiones del IVA (impuestos coparticipados) implicaron la confrontación del gobierno nacional con una decena de gobernadores provinciales que, conjuntamente, le hicieron juicio y lo ganaron, obligando al Estado a compensar a las provincias afectadas por la merma de ingresos. Así mismo, cuando se desató la crisis, Macri volvió a imponer retenciones fiscales a los productores agropecuarios.[14] El gobierno acabó adoptando esta medida ante la urgencia de ingresar dólares en las arcas del Estado para seguir sosteniendo la cotización del peso y evitar un nuevo brote inflacionario. Al hacerlo, el macrismo defraudó a sectores sociales constitutivos de su núcleo duro de votantes.[15]

Desde el punto de vista de la estabilización macroeconómica, el economista Carlos Heler (candidato opositor) se deleita en la ironía de que las únicas medidas correctas que adoptó Macri en sus casi cuatro años de gobierno fueron precisamente las últimas, todas contrarias a su ideario neoliberal: “reperfilar” la deuda externa negociando nuevos plazos con el principal acreedor, el FMI; establecer el control de cambios y poner límites a la compra y salida de dólares, y la obligación impuesta al agro de liquidar en un plazo perentorio las divisas de sus exportaciones. Todas ellas consideradas como políticas kirchneristas por los votantes de Cambiemos.[16] Y todas contrarias a la ortodoxia económica del FMI a la que se había obligado el gobierno al llamar a sus puertas. El 25 de septiembre, el presidente interino del Fondo, David Lipton, comunicó al gobierno argentino la  decisión de suspender el programa financiero para el país, interrumpiendo los desembolsos pendientes hasta la elección del nuevo presidente. En sus palabras, el Fondo “trabajará para una eventual reanudación de algún tipo de relación financiera, que tal vez deba esperar un tiempo”.[17] El esfuerzo de Macri y de su nuevo ministro de Economía Germán Lacunza de persuadir al FMI para que realizara con urgencia el desembolso cayó finalmente en saco roto.

Emergencia alimentaria

“Nosotros tenemos como objetivo económico lograr una Argentina con pobreza cero”. “Hay una cantidad enorme de argentinos que no lo está pasando bien, les decimos que estamos trabajando todos los días para ir a pobreza cero”.

Mauricio Macri, en la campaña electoral de 2015, y el 28/09/2016, tras nueve meses de gobierno.

Las promesas de campaña de Macri se convirtieron pronto en papel mojado. En los debates y entrevistas preelectorales de 2015, aseguró que las grandes metas de su gobierno eran alcanzar la pobreza cero, controlar la inflación, impedir la devaluación del peso y no volver al FMI como fuente de financiación. Tales metas, una tras otra, se incumplieron de manera sistemática durante su gobierno.

Parece una ironía del destino que uno de los países que produce más cantidad de alimentos en el mundo, con capacidad para alimentar a una población 10 o 20 veces mayor que la propia, se declare al final del gobierno de Macri en emergencia alimentaria. La causa no es la sequía, ni las malas cosechas, ni plagas que pudieran afectar a vegetales o animales. Bien al contrario, esto ocurre en tiempos de abundancia, cuando la cabaña de ganado vacuno (52 millones de cabezas) supera incluso a la población de seres humanos (44 millones). Pero dicha abundancia se concentra en muy pocas manos y se destina a la acumulación de divisas a través de la exportación.

Entre tanto, la situación social causada por las políticas neoliberales en menos de cuatro años puede considerarse catastrófica. El INDEC, instituto nacional de estadística, admite que hay 3,6 millones de personas por debajo del nivel de indigencia. Según un reciente estudio de la UCA, la pobreza infantil habría pasado en los dos últimos años del 44 % al 52 % de los niños, afectando a cerca de  3,4 millones de menores. Un estudio de la UNDAV señala que “más de cinco millones de argentinos hoy no pueden acceder a una alimentación básica”,[18] mientras que la cantidad de personas en esta situación se habría duplicado desde 2016. Los comedores escolares son en muchos casos el principal medio del que disponen los niños para alimentarse, pero hay comedores y merenderos que frecuentan cada vez más jubilados y otras personas de escasos ingresos. Dichos comedores, de por sí precarios y muy mal dotados, dejaron de abastecerse incluso de leche ante los desorbitados aumentos de precios, lo que desencadenó la movilización social para brindarles mayores asignaciones a través de la ley de emergencia alimentaria.

Como consecuencia de las protestas sociales y las críticas lapidarias al gobierno sobre la crisis social, incluso desde instituciones como la Iglesia católica, la precaria situación alimentaria de muchas familias entró a formar parte de la agenda política nacional. Inicialmente el gobierno rechazó la iniciativa presentada por la oposición. El secretario de Cultura de Macri, Pablo Avelluto, llegó a afirmar que “el hambre” se había convertido en un eslogan de campaña. Aunque inicialmente el gobierno se opuso a la tramitación de esta ley, impulsada desde la oposición y los movimientos sociales, el 18 de septiembre fue aprobada en el Senado por unanimidad. Una semana antes obtuvo el mismo resultado en la Cámara de Diputados. El macrismo se plegó al proyecto por razones no menos electoralistas, en parte por el costo político de oponerse a un instrumento legal para paliar el sufrimiento del pueblo ante la grave situación económica (inflación interanual del 55 % y del 60 % en alimentos), y en parte también para desactivar las movilizaciones y acampes en espacios públicos de organizaciones populares que podían enturbiarle la campaña para las elecciones del 27 de octubre.[19]

El desastre económico en campaña

La ley de Emergencia Alimentaria regirá por tres años, hasta 2022, y establece un incremento urgente, “como mínimo del 50 %”, en las partidas presupuestarias destinadas a “políticas públicas nacionales de alimentación y nutrición”. Pero este y otros aspectos que contempla la ley son absolutamente insuficientes. El impacto de la crisis económica sobre la actividad de las empresas y la vida de las personas es enorme. La imposibilidad de obtener créditos a tasas de interés razonables para favorecer la actividad económica asfixia a todo el sistema productivo, causando cada vez más despidos y expulsión de trabajadores al circuito informal. Los únicos grandes beneficiarios de esta situación fueron los bancos e inversores financieros, que apostaron al juego permanente con las oscilaciones del tipo de cambio y las elevadas tasas de interés.

El desastre económico que desencadenó la política macrista solo se hizo palpable para el presidente al conocerse el resultado de las PASO. Después de una primera reacción airada contra los votantes, Macri fue cambiando de tono en los días siguientes, desgranando un mensaje oportunista, formateado en una cuña de campaña para las elecciones del 27 de octubre. En esa breve intervención publicitaria, Macri asegura haber entendido el mensaje que le dieron los votantes en agosto y se muestra decidido a cambiar el rumbo de su política económica. Este discurso del “recambio” (cambio del cambio) carece de credibilidad entre los sectores económicos y los medios periodísticos que hasta ahora lo apoyaron, pero aún existen fuertes resistencias a aceptar la vuelta al peronismo y a una mayor redistribución de la riqueza como única alternativa política, especialmente en amplios sectores de las clases medias urbanas y de la burguesía vinculada al agronegocio.

Ante la evidencia de una economía arrasada, devastada por el giro neoliberal de las políticas de Macri, el voto se orienta cada vez más hacia la fórmula presidencial Fernández-Fernández, principalmente entre las clases populares, pero también en otros sectores sociales vinculados a la actividad productiva. El desastre económico que acabó estallándole en las manos al gobierno tras las elecciones primarias solo puede achicar su base de votantes. Por eso su campaña, carente de ideas, se ceba una vez más en el odio al kirchnerismo, al peronismo, al populismo… y en la evocación de su “pesada herencia”, como si no hubieran transcurrido cuatro años de desgobierno macrista.


NOTA
[1]La mayoría de las encuestas daban una escasa diferencia de votos a favor de la oposición, en torno al 4 %, y en algún caso hasta inclinaban la balanza a favor de Cambiemos.
[2]Por ejemplo, la empresa Elypsis, dirigida por un ex funcionario macrista, daba un punto de ventaja a Macri sobre su rival, y también hubo empresas del exterior, como la brasileña Ideia Big Data, que predijeron un triunfo gubernamental. https://www.clarin.com/politica/paso-2019-encuestador-previo-brecha-grande-k_0_TPRwlBckD.html
[3]https://www.lanacion.com.ar/economia/dolar-hoy-cotizacion-nid2276661
[4]Las provincias patagónicas de Neuquén y Río Negro cobran regalías de entre 12% y 15% sobre el precio del barril del petróleo, según sea producción convencional o por fracking.
[5]Sobre la subordinación de la política económica del gobierno de Mauricio Macri al FMI, ver Eduardo Giordano: “Argentina: colapso económico y crisis financiera”, El Viejo Topo Express, 01/11/2018.

Argentina: colapso económico y crisis financiera

[6]Infobae, 10/02/2019. Según datos básicos de la CEPAL, ampliados con los desembolsos del Fondo por la consultora LCG, a fin de 2018 la deuda pública argentina equivalía a un 97,7 % del PIB, la más alta de América Latina.
[7]https://www.infobae.com/politica/2018/08/29/la-casa-rosada-negocia-con-el-fmi-una-declaracion-formal-que-asegure-a-los-mercados-que-no-habra-default-en-2019/
[8]https://www.pagina12.com.ar/211804-quienes-son-responsables-de-la-corrida-cambiaria
[9]El anterior presidente del Banco Central bajo el gobierno de Macri, su amigo y empresario Luis Caputo, consumió 10.000 millones de dólares en apenas tres meses, en un vano intento de contener la devaluación del peso, mientras que su sucesor Guido Sandlers aumentó la apuesta, dilapidando 15.000 millones de dólares en menos de un año.
[10]Este indicador significa, en definitiva, que Argentina debe pagar un 22 % más de interés sobre los estandares internacionales por el dinero en divisas que toma prestado, es decir, un disparate. Obviamente, nadie prestará dinero a un país tan arriesgado.
[11]En los días siguientes a las elecciones PASO, creció la demanda de cofres de seguridad en los bancos y en algunos casos los clientes se apuntaron en listas de espera. Y en la mañana del lunes posterior al decreto de Macri, el microcentro de Buenos Aires se pobló de furgones blindados trasladando dólares del Banco Central a la oficina central de cada banco.
[12]El Cronista, 18/09/2019. El nivel de depósitos en dólares a esta fecha es de 22.500 millones, y se espera una caída de otros 7.500 millones hasta fin de año.
[13]Infobae, 05/10/2019. Las reservas totales en divisa pasaron del 66.000 millones a 49.000 millones.
[14]Esta fue la medida que mayores ingresos en dólares aportó al Estado argentino durante los gobiernos kirchneristas, en particular con el auge de las exportaciones de soja
[15]Después de las elecciones PASO circularon por redes sociales dos mapas que mostraban claramente cómo en la llamada “patria sojera” predominaron ampliamente los votantes de Juntos por el Cambio. En realidad el mapa de las áreas sembradas con soja es un calco del mapa de las principales áreas en las que ganó Macri: casi toda la provincia de Córdoba y amplias zonas de las provincias de Santa Fe y Buenos Aires (las zonas de la fértil Pampa húmeda).
[16]Radio La Red, 05/10/2019.
[17]El País, 27/09/2019.
[18]Página 12, 04/09/2019.
[19]Las principales organizaciones sociales que acamparon durante algunos días en la Avenida 9 de Julio y que se movilizaron al Congreso en defensa del proyecto de ley fueron la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), Barrios en Pie y la Corriente Clasista y Combativa (CCC).