Opinion · Dominio público

El 11-M y nosotros

 

ADOLFO GARCÍA ORTEGA

España es un país que prefiere no tener memoria. Sólo la utiliza para arrojarla contra el otro, contra el que es diferente o adversario. Tal vez lo que sucede es que algunos tienen miedo a la memoria, y por eso eligen el rencor, eligen la revancha, gruesa o sutil, pero revancha al fin y al cabo.
Pero la memoria existe, es inevitable, y en ella casi siempre está el germen del futuro, para evitar repetir algo o para procurar repetir algo. Parafraseando a Gabriel Celaya en uno de sus más hermosos poemas, se podría decir que la memoria es un arma cargada de futuro. El que sea. Y sin embargo, España es refractaria a la memoria, porque no ha superado nunca la división histórica que acumula siglo a siglo.

Según nuestra ancestral característica, la amnesia generalizada sería nuestro ideal como país, y especialmente en materia de víctimas del terrorismo. Si pudiéramos no recordarlas, mejor; incluso si fuera posible eludirlas, mejor todavía. A veces se emplea la eufemística expresión de “tratar de olvidar” aplicada a la superación de un atentado. ¿Por qué? ¿Acaso es algo vergonzante traer a la memoria los atentados de ETA, uno a uno, o el atentado especialmente terrible del 11-M, con todas sus causas y con todas sus consecuencias, la primera las víctimas, una a una? Entonces, ¿por qué eludir la solemnidad general, sobrecogedora y a la vez orgullosa y posiblemente poseída de una altiva dignidad, cuando llega la fecha, incómoda para tantos, del 11-M?

Han pasado siete años. Son pocos para atenuar el dolor de la ausencia. Pero también son muchos años ya y han cabido muchas cosas en ellos: por ejemplo, un cambio de Gobierno, y por dos veces, porque el partido de aquel cambio de Gobierno volvió a ganar las elecciones en 2008, pese a una legislatura basada en la más innoble de las oposiciones que jamás ha habido en España; hubo una larga investigación y los periodistas más innobles que jamás ha habido en España trataron de crear por todos los medios, en connivencia con esa innoble oposición, una tupida red de confusiones, mentiras y manipulaciones que son un insulto a la cara de las víctimas del atentado; hubo un juicio que se impuso contra las mentiras y las manipulaciones con admirable ejercicio de la Justicia; hubo unas condenas que permitieron cerrar un capítulo de nuestra historia, pero en cambio no cerraron, ni podrían cerrar jamás, las heridas que ese capítulo de nuestra historia abrió. El odio que derecha e izquierda se siguen profesando en España mutuamente (aunque más por la derecha, proveedora de bilis para españoles sin memoria) ha encontrado en el 11-M un empuje añadido a su ya enorme biografía cainita.
Todo lo que le ha llegado a la opinión pública en estos siete años es una catarata de rencor permanente vomitada por determinadas áreas de la derecha política y sus sacerdotes periodísticos, imbuidos de un amarillismo inmoral nauseabundo. Han confundido y han desviado el foco de atención de donde es obligado volver a ponerlo: los 191 asesinados aquel 11-M, los asesinos que lo cometieron y el impacto que ese asesinato ha dejado en nuestra memoria colectiva.

En estos años hemos aprendido a malvivir con el fantasma del islamismo, y el precio que ha enturbiado nuestra sociedad, verdaderamente plural y rica, es el recelo hacia todo lo que tenga visos de ser musulmán. Cierto es que no ha habido más atentados, pero también es cierto que los terroristas islámicos no los necesitan para mantener el miedo en la sociedad, al menos por ahora. Han conseguido lo que querían. Han sembrado el miedo, la sospecha, el racismo, la intolerancia y la crispación. Esa es la base del perfecto terrorismo de manual: crear la amenaza de otro atentado sin tener que llegar a producirlo, bastando tan sólo con haber inoculado en la sociedad la idea de que su repetición es posible e inminente, pero suspendida en el tiempo.

Ahora el séptimo 11-M llega con toda su carga de incomodidad, de división política por estar inmersos en la misma y agresiva campaña electoral, y porque, por desgracia, hablar de víctimas nos sitúa en el estrecho margen que le concedemos al dolor en nuestras vidas. Las víctimas siempre quedan en un extraño limbo vacío, tan vacío como el descuidado monumento que las recuerda en Atocha.
Con el respeto que supone reconocer el amargo trance anual que han de pasar los familiares, otra vez está aquí la fecha que ya es un emblema: 11-M. Cada año han de revivir de nuevo lo que para ellos sí sería justo olvidar. Y la herida, además, no se cierra porque es una herida colectiva, nuestra, de todos. Hasta que no asumamos eso, no comenzará el duelo histórico que España necesita.
No se ha de huir de nuestras víctimas, sino recordarlas con orgullo. Y con absoluta piedad. Necesitamos incorporar el
11-M a nuestra historia como algo que nos afecta e interpela personalmente, porque fue un atentado contra la mejor arma cargada de futuro que crece en España: la pluralidad de nacionalidades, razas y creencias. El número de ciudadanos corrientes muertos aquel día, personas con las que todos podríamos identificarnos ante un espejo, lo convierte en un atentado absolutamente plural y general. Pocas veces un atentado ha sido tan premeditada y arteramente mortal contra todos.

Adolfo García Ortega es Escritor. Su última novela, ambientada en el 11-M, es ‘El mapa de la vida’

Ilustración de Gallardo