Dominio público

República de países, cambio de ciclo

Ana Pardo de Vera

Directora corporativa y de relaciones institucionales de Público

BNG, Bildu y ERC, cuando presentaron su coalición para las europeas con una llamada a "frenar el fascismo" y la "represión".
BNG, Bildu y ERC, cuando presentaron su coalición para las europeas con una llamada a "frenar el fascismo" y la "represión".

La contundente cuarta victoria de Feijóo sin las siglas del PP y su "Galicia, Galicia, Galicia" no ocultan, sino que subrayan, la profundidad del cambio de ciclo que buscan los/as ciudadanos y a los que los dirigentes políticos deben dar cabida sin dramatismo y con madurez. Cuanto antes se acepte, mejor para todos.

Faltan las elecciones catalanas, pero si las encuestas llevan razón -y aunque las comparaciones políticas entre territorios siempre son arriesgadas-, es ERC quien lleva hoy las de ganar cuando los comicios se celebren, pandemia mediante. A Esquerra se le adjudicó, precisamente y por primera vez, eso del "nacionalismo pragmático" para explicar su apoyo al Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos en un cambio de estrategia con respecto a sus socios mayoritarios de la Generalitat, JxCat, que no apoyaron a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias y que a día de hoy, siguen buscando cómo mejor concurrir con todos sus matices a los comicios sin fecha y sin Torra, hoy presidente catalán.

En el BNG, al nacionalismo pragmático prefieren llamarlo "nacionalismo inclusivo" o "nacionalismo de izquierdas" desde que Ana Pontón tomó las riendas y consiguió llevar este domingo al Bloque al resultado histórico de 19 escaños en Galicia (uno más que Xosé Manuel Beiras en 1997). EH Bildu camina hoy por los mismos derroteros y Maddalen Iriarte también ha conseguido un resultado histórico en Euskadi, con 22 escaños. Mientras, en Podemos y sus confluencias territoriales lamentan que el discurso de izquierdas de las dos formaciones nacionalistas (y ERC) sea ya idéntico al suyo, dicen, pues no se ha hablado en esta campaña electoral ni de independencia ni de soberanía, sino de competencias y autogobierno para afianzar una justicia social que se convierta en la seña de identidad de ambos países, Galicia y Euskadi, frente a un Estado a cuya transformación se siguen poniendo todas las trabas con la complicidad socialista.

A ese discurso se han sumado, como era previsible, votantes desencantados del PSOE y de Podemos, que sin ser nacionalistas, se identifican mucho más con el programa social específico para Galicia y Euskadi de BNG y EH Bildu que con las llamadas  "franquicias" de los partidos nacionales y sus líderes llegados de Madrid y de otros territorios para la campaña, de los que pocos/as tienen que ver con ambas naciones. ERC es la incógnita en estos momentos, aunque con presos/as políticos y compañeros exiliados, la cuestión independentista cobra una dimensión comprensible pero mucho más pesada en Catalunya.

Las campañas electorales autonómicas en clave nacional han fracasado estrepitosamente y eso lo sabe también Urkullu (PNV) y siempre lo ha entendido Feijóo (no-PP): una vez revalidada su cuarta mayoría absoluta en Galicia, ya está listo para ser aclamado por su tambaleante partido en Madrid y erigirse en el líder que Pablo Casado nunca será. ¿Su tarjeta? "Se ganan elecciones y (sobre todo) se aglutinan derechas", como ha demostrado el presidente de la Xunta al dejar a Ciudadanos y a Vox en la indigencia parlamentaria.

La tentación socialista del 'centro'

Las mayorías nacionalistas de izquierdas constituyen hoy una fuerza muy importante en los territorios gallego, vasco y catalán, pero también en el Congreso: nunca las Cortes españolas han tenido tanta representación territorial y con tanto peso del nacionalismo de izquierdas en las tomas de decisión del Gobierno, empezando por la investidura de Pedro Sánchez. Ignorarlo sería una torpeza supina, y de momento, no hay señales de avance en este sentido, al contrario; desde Moncloa se felicitan efusivamente por la reedición del pacto de Gobierno PNV-PSE en Euskadi (al que Idoia Mendia ha aportado un escaño más), cuando lo ideológicamente natural de un partido de izquierdas habría sido la apuesta por EH Bildu en Euskadi y por ERC en Catalunya, de la que ya se ha apresurado también a desmarcarse el PSC, por lo que pueda pasar.

Los complejos frente a la derecha centralista del PP (y ahora de Vox) hacen soñar ahora al PSOE -al menos, a una parte- con un Gobierno respaldado con cierta regularidad por PNV y Ciudadanos, girando a una mayoría letal para la izquierda de Unidas Podemos. El socio minoritario del Gobierno ha salido muy tocado con el resultado de las elecciones del 12-J y, pactando con Cs, quedaría solo como la coartada perfecta del presidente del Gobierno frente a la base socialista más de izquierda que pudiera resentirse de los acuerdos con Cs. Este giro del PSOE supondría, sin embargo, una estocada mortal para un partido al que, antes de asociarse con Sánchez, ya se le advirtió sobre el riesgo de ser engullido por el puro devenir de la gobernanza, que nada tiene que ver con el de estar en la oposición.

Podemos no ha rentabilizado en absoluto sus medidas sociales sin precedentes durante la pandemia en estas elecciones vascas y gallegas y hay que preguntarse los motivos. Sobre todo, porque tampoco ha habido trasvase de votos al PSOE, aunque su derrota no haya sido tan estrepitosa, probablemente, gracias a una estructura de partido más consolidada en Galicia y Euskadi. Toda la política social del Gobierno progresista la han rentabilizado en sus territorios sus socios nacionalistas de investidura, que además, han aportado programas específicos desgranados en campañas muy propositivas, con pocas apelaciones al Estado salvo para censurar la corrupción de las instituciones españolas y reivindicar más autogobierno, justificado, hoy más que nunca, por la crisis sanitaria, social y económica que nos ha traído el coronavirus.

El PSOE se difumina en Galicia y Euskadi como tercera fuerza y Podemos desaparece o casi. Probablemente y si no cambian mucho las cosas, en Catalunya asistamos a unos resultados parecidos para los dos socios de Gobierno en España. Las "franquicias" de los partidos nacionales (y el no-PP de Feijóo cobra aquí su significado pleno) no tienen un espacio identitario en los territorios con más nacionalismo y sus políticas no seducen, mucho menos, mientras las instituciones españolas se miran el ombligo madrileño y, en una estrategia que puede sonar obscena pero es real (sic), pretenden seguir blindando a una monarquía presuntamente corrupta por encima del interés general, sin que Unidas Podemos pueda hacer nada: la fortuna de Juan Carlos I ilícita (e ilegal si se le aplica la justicia más elemental) ya no es un secreto a voces; es un asunto judicializado fuera de España primero y aquí a regañadientes, ahora que la vergüenza internacional obliga.

Asistimos a un cambio de ciclo después de otro cambio de ciclo que protagonizaron el 15-M, la crisis financiera y el fin del bipartidismo. Frente al blindaje de unos poderes centrales apolillados, en los territorios "pasan cosas", parafraseando a Rajoy y su genuina oratoria. Y no tardarán en tomar nota las autonomías restantes y los ayuntamientos: diversidad, identidad, cercanía, proyectos propios, país de países, justicia social, solidaridad y cooperación... República. La Constitución está pidiendo a gritos su reforma.