Dominio público

El último de Mauthausen. Un largo recorrido

Rosa Toran

Historiadora. Amical de Mauthausen y otros campos

Fotografía del pasado mes de agosto de Juan Romero, último testigo español de la barbarie de Mauthausen en el homenaje del Gobierno español celebrado en Aÿ Champagne, la localidad francesa en la que rehizo su vida. MINISTERIO DE LA PRESIDENCIA
Fotografía del pasado mes de agosto de Juan Romero, último testigo español de la barbarie de Mauthausen en el homenaje del Gobierno español celebrado en Aÿ Champagne, la localidad francesa en la que rehizo su vida. MINISTERIO DE LA PRESIDENCIA

En días recientes los medios de comunicación han informado profusamente sobre la muerte de Juan Romero, a los 103 años de edad. ¿Qué significa el fin de sus palabras y la de tantos otros supervivientes de los campos nazis que desde el mismo año 1945 han ido terminando con sus expectativas de vida?

Hace ya 25 años que Jorge Semprún y Elie Wiesel, ambos deportados a Buchenwald, entablaron un diálogo, Se taire est impossible, que terminaba con la lapidaria frase ¿qué pasará cuando sólo quede un superviviente? El escritor húngaro-estadounidense que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1995, fue el autor de La noche, obra autobiográfica sobre sus experiencias en Auschwitz y Buchenwald, y a Semprún, cuando todavía se movía en los círculos de la oposición comunista clandestina, sus conversaciones ocasionales con el deportado a Mauthausen Manuel Azaustre le impulsaron a relatar en El largo viaje (1963) las penalidades sufridas en el convoy que le transportó desde Compiègne al campo nazi.

El imparable reloj biológico ha ido marcando el final de todos los supervivientes de los campos nazis, aunque no hay que olvidar las muertes prematuras de aquellos que se enfrentaron a la imposibilidad de superar las secuelas físicas y psíquicas de la deportación, desde el mismo año de la liberación hasta edades más avanzadas. Algunos estudios muestran el resurgir de los traumas experimentados en su juventud por antiguos deportados en la etapa final de sus vidas, llegando incluso al suicidio, y aquellos que desvelaron su memoria con la escritura no se substrajeron a la angustia durante el proceso de elaboración de la obra.

Regresemos a la inquietante pregunta formulada por Semprún y Wiesel, cuando la realidad ya la ha convertido en afirmación. Ellos formaron parte del complejo universo de los supervivientes que optaron por el silencio o por la palabra en distintas fases de su vida, sobre todo en el final, y que ahora han callado para siempre.

Su palabra se ha sido substituyendo por lecturas, obras gráficas, documentales, etc. y por acciones en los medios educativos, de distinto grado según la historia y la coyuntura concreta de cada país. España carga con un retraso considerable respecto a otras vecindades, relacionado con la especificidad de una dictadura de 40 años ubicada en el campo de los vencidos, de forma que los deportados republicanos sufrieron la doble condena del nazismo y del franquismo. Su trayectoria de largo recorrido se remonta como mínimo al año 1936 y ni tan sólo la muerte de Franco acabó con la infamia del olvido y, en muchos casos, de la proscripción.

Familiares y amigos rememoran año tras año el juramento del ¡Nunca Más! pronunciado en los campos en 1945, acto necesario pero no suficiente, so pena de convertirlo en una lamentación moralista o en un  grito vacío de contenido; y tampoco puede prescindirse de los tardíos homenajes y reconocimientos, con la compañía de la emoción, uno de los sentimientos más nobles del ser humano. Sin embargo, los relatos, en diversas formas y con su debida contextualización, siempre han de tener un acompañante indispensable, el que nos aporta la historia, con su cronología y su vocabulario específico. Sólo de esta forma reflexiva y rigurosa, se podrán establecer distinciones entre lugares y épocas y evitar comparaciones infundadas y, en el peor de los casos, asimilacionistas. Nada impide comparar los genocidios perpetrados desde los más remotos tiempos y los llevados a cabo en el sangriento siglo XX, pero el estado criminal nazi adquiere una singularidad, a día de hoy bien conocida y estudiada, que permite análisis, reflexión y lección, condiciones indispensables para no caer en simples banalizaciones ni en confusiones en torno a la naturaleza de los diferentes sistemas concentracionarios y a épocas y acontecimientos totalmente distintos.

¿Qué lecciones nos aporta hoy la deportación y muerte acaecida en los sombríos tiempos del nacionalsocialismo? Los campos de concentración y exterminio no fueron un paréntesis en pleno siglo XX, sino que la segregación previa, la esclavitud y el asesinato formaron parte de un proceso histórico, en su amplia vertiente política, social, cultural y económica, desarrollado por hombres sin ningún estigma previo que los distinguiera del resto de la Humanidad, y que se convirtieron en actores directos, cómplices o silentes de distinto signo y magnitud, de lo que fue la política criminal del III Reich y sus aliados, fermentada desde muchos años antes. En definitiva, una mirada a la senda que lo hizo posible, la simiente antijudía y antisemita y la identificación, segregación y guetización en el caso de los ciudadanos judíos y también de los gitanos; o la eliminación de la disidencia política y la resistencia a la sumisión, en el caso de los deportados políticos; o la persecución de los defensores de la República más allá de las fronteras de España, en el caso de los luchadores españoles antifascistas.

Esta mirada al proceso conducente a la esclavitud y a la muerte se conjuga con  la radiografía de los verdugos, con su heroización de la violencia, con su desprecio total de los valores morales y/o éticos, como la falta de compasión ante el dolor ajeno, con su apelación a la obediencia debida y así privar al hombre de su capacidad de tomar partido ante el bien y el mal, y con su atribución de derechos sobre la vida y la muerte del prójimo. Mirada que también se conjuga con el conocimiento de las complejas y largas trayectorias de las víctimas, para desmontar leyendas infectas sobre su pasividad, para despojarlas de su condición de héroes y, en definitiva, para humanizarlas en un medio inhumano.

Lecciones para hoy con la difícil tarea de no soslayar el presente, sin mezclarlo nunca con el pasado, anclado en unos tiempos y en unos lugares, pero en las que primen la defensa de unos valores irrenunciables a lo largo del tiempo, la bondad, la solidaridad, la libertad, la honradez, la responsabilidad y el respeto, entre otros. Valores vulnerados en grado extremo por los nazifascismos destructores de la Humanidad y que deben formar parte de la misma esencia del hombre, sin sentimentalismos ni martirologios. Su defensa deviene condición indispensable para vigilar, prevenir y resistir al mal, que asoma bajo otras formas en latitudes próximas y lejanas.