Dominio público

De diccionarios e historia(s)

José Luis Ledesma

 

JOSÉ LUIS LEDESMA

En tiempos de indignación, son legión las encendidas reacciones que ha recibido el Diccionario Biográfico Español editado por la Real Academia de la Historia (RAH). Puede parecer injusto juzgar así una obra con decenas de tomos y más de 40.000 entradas, la mayoría solventes. Pero los dislates que acumulan las que se están divulgando son de tal calibre que vierten una sombra de sospecha sobre toda la empresa.
Quizá lo más espectacular sea la biografía de Franco, que incurre en sutiles y no tan sutiles equívocos y está trenzada con un asfixiante tono apologético, y que es capaz de evitar los términos "dictadura" o "dictador" y de no dedicar una palabra a la fase de autarquía y a los sangrientos orígenes de su régimen. Pero hay muchos otros botones de muestra. Resultan inquietantes la saña con que se trata a dirigentes y militares de izquierda durante la Guerra Civil y la delectación con que se narran episodios del terror rojo, mientras que sus rivales son descritos en tonos encomiásticos rayanos en la pura extravagancia. Y por lo mismo, causa estupor que se describa a los maquis como "bandoleros y terroristas", como los presentaban los mandos franquistas, y que en varias entradas se nombre la contienda de 1936-39 como "alzamiento nacional", "guerra de liberación" e incluso "verdadera cruzada".
En esos y otros muchos ejemplos impera un olímpico desprecio –pues no es creíble que sea mera ignorancia– hacia la labor de una o dos generaciones de historiadores que han opuesto criterios y metodologías críticas de hoy frente a los mitos y propagandas de ayer. El resultado es que, lejos de reflejar el estado actual de nuestros conocimientos, una parte del Diccionario retrasa el reloj varias décadas para recuperar la historia que escribían los vencedores de 1939.

La crítica de tales desatinos no implica negar la libertad de expresión y de cátedra de los autores de esas entradas. Aunque sea invocada a menudo, sería ingenuo olvidar que la objetividad, al modo de una estrella polar, sirve de guía pero es inalcanzable. Cada generación reescribe la historia, esta se halla determinada por la mirada del historiador y no hay una sola historia posible. Superados los tiempos de visiones únicas impuestas desde el poder, toda democracia debe garantizar el pluralismo también respecto de su pretérito y de sus memorias. Ahora bien, la misma libertad existe para opinar y valorar críticamente, en este caso el Diccionario de la RAH.
Dos al menos podrían ser los ámbitos de esa crítica. En primer lugar, una serie de aspectos de la obra, o de parte de ella, se oponen a las más básicas reglas del método historiográfico y al sentido común: la reproducción acrítica de las categorías de los protagonistas; la adjudicación de entradas a autores carentes de la menor distancia crítica hacia sus biografiados; la falta de un riguroso sistema de revisión de los textos; la ausencia entre los colaboradores de muy reputados historiadores; el citado desdén hacia los avances y consensos del grueso de la historiografía… Todo ello podría pasarse en el caso de una empresa privada, pero resulta poco admisible tratándose de un macro-proyecto de la Academia de la Historia y sufragado con casi seis millones de euros del erario público.
Y en segundo lugar, resulta propio de nuestro tiempo considerar que cualquier narrativa histórica es válida; pero, incluso para quienes defienden el relativismo en el conocimiento histórico, unas lo son más que otras. Para Hayden White, quien al escribir esto pensaba en el Holocausto, un relato histórico no es aceptable si falsea u oculta los hechos, resulta incohe-
rente con ellos y no está animado por un criterio ético responsable y una cosmovisión tolerante. Hay razones para afirmar que esos requisitos no siempre son respetados en el Diccionario. Pero lo relevante aquí es que, además de las exigencias en lo relativo al método, la valoración del trabajo histórico se produce también en otro nivel; un nivel que cabrá o no llamar moral, pero en el que en todo caso se dirimen problemas amplios como si debe haber límites, y dónde fijarlos, en la escritura de la historia. No parece que estemos ante querellas del alcance de la suscitada por la negación del Holocausto, y tampoco que las medidas legales de varios países contra el negacionismo hayan resuelto más problemas de los que han generado. Sin embargo, tampoco parece descabellado que se pueda exigir en determinados casos responsabilidades, correcciones, revisiones sustanciales e incluso retiradas de ediciones, sobre todo si hay detrás patrocinio y financiación de los poderes públicos. Por ejemplo, no otra cosa sucedería en Alemania ante una apología de Hitler.
Con todo, tal vez esto tenga derivaciones insospechadas. Por una parte, el escándalo de este Diccionario ha hecho que se cuestionen no sólo las actividades, funcionamiento e incluso dirección de una Academia que, valga aquí la paradoja, hoy es a lo sumo un vetusto apéndice de la historia académica (que ahora es la universitaria). Ha puesto también en la picota su propia función, que ya no puede ser como en el siglo XIX la de guardián de la ortodoxia histórica, y con ello su misma existencia. Y por otra, volver a avivar los debates sobre la Guerra Civil y el franquismo no tiene por qué ser necesariamente negativo. Mejor un pasado en conflicto que disecado. Siempre que no sirva sólo para litigios políticos de miras cortas, o como evasión y coartada ante un futuro cancelado, dialogar con el pretérito hace posible vislumbrar la contingencia, preguntas, contradicciones, retos y horizontes que laten en nuestro incierto presente.

José Luis Ledesma es historiador. Universidad de Zaragoza

Ilustración de Diego Mir