Dominio público

El destino de la felicidad

Claudio Zulian

@claudiozulian1

"Sostenemos que estas Verdades son evidentes en si mismas: que todos los Hombres son creados iguales, que su Creador los ha dotado de ciertos Derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad." Así reza la Declaración de independencia de los Estados Unidos de América (1776). Un breve párrafo que resume el largo debate de ideas de la IIustración, indicando de manera lapidaria sus valores centrales. Con optimistico arrojo, compendia las necesidades de la supervivencia humana – la comida, la casa, la salud – en la palabra "vida"; en la palabra "libertad" sintetiza el individualismo moderno; y en el derecho a la "búsqueda de la felicidad", da por superada toda posticipación ultraterrena del bienestar individual. Ahora, trescientos cincuenta años después, no hay cultura en el mundo que no haya sido dislocada y transformada por estas concepciones y por el estilo de vida que conllevan.  Pero ahora también, el liderazgo mundial estadounidense y occidental empieza a menguar, y China y oriente vuelven a exhibir un poderío que ya fue suyo hasta el siglo XVIII d.C. Nos hallamos en un cambio de rasante de la historia – y, por lo tanto, en un momento en que la reflexión encuentra abundante materia.

China también se ha "americanizado", aunque de manera particular. Por una parte,  parece haber asumido el compromiso con la "vida" – este año ha declarado oficialmente erradicada la pobreza – y con la "felicidad" – adoptando plenamente el estilo de vida consumista. Sin embargo, lo ha hecho en el marco de una organización política autoritaria. Ha desmentido así que la palabra "libertad" tenga que acompañar forzosamente las otras dos – y, por lo tanto, que la democracia sea el sistema político necesario para el desarrollo de la american way of life. Se adscriben a menudo estos rasgos de la política china actual a una distinta tradición cultural, en la que el individuo tendría una menor preminencia respecto de la sociedad. Sin embargo, el auge del populismo autoritario en muchas partes del mundo e incluso en los Estados Unidos mismos,  da a la cuestión un alcance mucho mayor. Una parte importante de la población del mundo también considera que mientras tenga asegurada la vida y la felicidad, la libertad le sobra. En este sentido, quizá, China está revelando algo que, como destino (o peligro, si queremos ser optimistas), estaba aguardando en los pliegues de las ideas ilustradas.

Aunque el contenido de la Declaración de Independencia es de orden filosófico-político y no económico, el contexto en el que se concibe y que la sostiene es plenamente capitalista y consumista. Uno de los episodios más recordados, previo a la Revolución Estadounidense, fue, por ejemplo, el "motín del té" que tuvo su origen en una disputa sobre los aranceles que tenía que pagar el té chino vendido en las colonias inglesas de América. Más allá de su valor político, este suceso muestra hasta que punto ya estaban desarrolladas las industrias y las redes de comercio globales – y sus instituciones financieras.

Fue el capitalismo, esencialmente a través de su desarrollo tecnológico, quien dotó de contenido concreto la "búsqueda de la felicidad" y a ello debe, en buena medida, su éxito mundial: nunca se trató de un milenarismo, sino de una muy específica propuesta de confort. Nuevas técnicas de organización y nuevas máquinas, que aprovechaban y fomentaban nuevos conocimientos científicos, se fueron haciendo cargo no sólo de la producción de objetos útiles o simplemente placenteros, sino también de la gestión de la vida en general – a través de la medicina, por ejemplo. En el mundo capitalista, técnica y búsqueda de la felicidad han sido dos caras de la misma moneda, hasta el punto que quizá podemos suponer que comparten algo más que una relación instrumental.

Casi en los mismos años de la Declaración de Independencia, el Marqués de Sade publicaba "La filosofía del tocador" (1795). La novela contiene un panfleto titulado "Franceses, todavía un esfuerzo más para ser republicanos", donde, en aras de una realización todavía más cumplida del ideal revolucionario,  propone que toda persona deseada por otra, tenga que someterse a sus deseos. La irónica proposición de Sade subraya – con una muy consciente carga crítica contra los ideales de la Ilustración – que mi búsqueda del placer (aceptemos aquí que, en una óptica materialista, tener placer y ser feliz es lo mismo), supone la sumisión de personas y cosas, y su reducción a objetos. El "otro" está allí sólo para que mi felicidad aumente; no tiene derechos, ni voluntad - es una "cosa". Si mi objetivo es la búsqueda del placer material, el mundo entero se dispone ante mí como una inmensa reserva de cosas que tienen como finalidad mi felicidad.

Por otra parte, en su clásico ensayo "La pregunta por la técnica", Heidegger argumenta que lo propio de la esencia de la técnica, no son los procedimientos, ni las máquinas y ni siquiera los conocimientos para construirlas, sino el disponer el mundo como "fondo". Un stock, como diríamos en lenguaje más coloquial, al que se requiere una continua y total disponibilidad para ser utilizado.

Desde este punto de vista, por lo tanto, la técnica y la búsqueda de la felicidad coinciden en su acción: cosifican el mundo, lo disponen como "fondo" – y lo utilizan. Podríamos decir que la búsqueda de la felicidad terrenal es una técnica y que la técnica es, esencialmente, búsqueda de la felicidad.

Hasta tal punto ha sido eficaz tal planteamiento que, el heroico "derecho a la   búsqueda de la felicidad", ha ido mudando poco a poco en "derecho a la felicidad" tout court. Un derecho apodíctico puesto que la felicidad está aquí, al alcance de la mano, en las tiendas llenas de productos, en los paisajes urbanizados para comodidad de los turistas, en los medios de trasportes que permiten largos viajes sin riesgo alguno, en los grandes hospitales y en las redes de comunicación. Muchas de las actuales reclamaciones respecto de los derechos individuales son cabales expresiones de este deseo inmediato de felicidad - que ya ha dejado atrás la necesidad de una búsqueda.

Sin embargo, al eliminar el recorrido de la búsqueda, el intervalo entre un estado no feliz y la felicidad, sucede una inesperada inversión. Puesto que la "técnica de la felicidad" ha dispuesto el mundo como stock, al dejar de existir toda distancia, el individuo se encuentra, él también, inscrito en el mundo como objeto inerte y disponible.

No es tan paradójico como podría parecer a primera vista. Freud ya advirtió la fundamental ambigüedad del deseo, cuya aspiración es la quietud que sucede a su realización. Por ello relacionó el deseo con eros que nos empuja a la búsqueda, pero también con thanatos, la muerte, que es el fin de toda búsqueda. El "técnico de la felicidad" construye el mundo que desea: un mundo muerto y disponible, que le espera para acogerle, él también finalmente inerte y satisfecho, y ahora sí, plenamente feliz, por la extinción de su deseo.

Las utopías tecnológicas de la modernidad han dado repetidamente cuenta de ello. A veces con temor y muchas otras veces con regocijo han descrito la desaparición de la humanidad y su transformación en una máquina, como lo imaginaron los futuristas a comienzos del siglo XX, o en un algoritmo como postula cierto transhumanismo, incluso científico, al comienzo del siglo XXI.

En el mundo inerte y disponible de la felicidad técnicamente realizada, la palabra "libertad" no tiene ningún sentido. Al contrario, la persona "feliz" se caracteriza de manera esencial por no tener ni querer tomar ninguna decisión – no tener ni querer, por lo tanto, ninguna libertad. La promesa de la "técnica de la felicidad" es justamente que a cambio de una continua disponibilidad como cosa, la persona no tendrá que pre-ocuparse de nada.

Así, el derecho a la búsqueda de la felicidad que nació como expresión de la posibilidad de la plena realización individual, se transforma en su exacto contrario. Entendido como realización de la felicidad y no como búsqueda, supone el fin del individuo y por lo tanto, la obsolescencia del concepto mismo de libertad. Desde el punto de vista político esto significa que el individuo se desembaraza voluntariamente del poder que la democracia le indicó como suyo, a cambio de que una autoridad benévola y técnicamente eficacísima vele por su felicidad terrena. La coherencia y las razones de este insospechado destino de los ideales ilustrados es lo que parecen haber comprendido de manera cabal, entre otros, los dirigentes chinos.