Dominio público

La Libertad guiando a los gabachos borrachos

Elizabeth Duval

Escritora, filósofa y crítica cultural

Terraza de un restaurante en Madrid. Susana Vera / Reuters
Terraza de un restaurante en Madrid. / Susana Vera (Reuters)

Me acuerdo, cuando íbamos por la segunda o primera ola, de cierta campaña de la Comunidad de Madrid (y de sus truculentos eslóganes): "Si vas de fiesta, la próxima estación puede ser el tanatorio"; "Esa ronda de chupitos la paga tu abuelo"; "Si sales de fiesta, quien se la coge es tu padre".

La gente se indignó y después puso en marcha las máquinas de producción en serie de memes, haciendo (casi) difícil distinguir qué anuncios formaban parte de la campaña de verdad y cuáles eran montajes. «Ponte otra raya, que paga la yaya», o «Si compartes tu petaca, te cargas a la Paca».

La covid-19, como todo, nos ofrece sus entradas al interminable festival del humor de nuestra bien querida democracia. Unos meses después, ya con los ánimos un poco más hastiados, los ecos de esa campaña para concienciar a los jóvenes se han convertido en el nuevo marco discursivo favorito de la izquierda madrileña: Pablo Iglesias comparte, bajo el eslogan «Comunismo o libertad…», una foto de un paciente intubado en la UCI y otra de una multitud de jóvenes extasiados en la calle minutos después del toque de queda. Mónica García habla de las «hordas de franceses» que se vienen a visitar Madrid, el nuevo Magaluf de Europa.

Ayuso se frota las manos y promete otra ronda más: saca un spot publicitario con un montón de hosteleros preparando sus tapitas y su fritanga (¡con la trampa, qué astuta, de hacer pasar por camareros a los hosteleros y propietarios, siendo Madrid la única comunidad autónoma sin ayudas directas a la hostelería, pasando por alto la precariedad de los trabajadores!) y afirma que Madrid es libertad. Abandonen toda esperanza: bienvenidos al after de Europa.

Los franceses son un chivo expiatorio demasiado fácil: hablamos de ellos y casi parece que no estamos hablando de humanos, sino de una onda de destrucción masiva roja, blanca y azul que recorre nuestras ciudades, se queda con nuestro alcohol y se carga a nuestros abuelos.

Deberíamos, al hablar de los francesitos borrachos, recordar las numerosas imágenes de botellones plenamente autóctonos que hemos visto antes, durante y después del confinamiento; pensar en todas las fiestas ilegales que hemos sido capaces de desplegar nosotros solitos; hacer un recuento de cuántos madrileños auténticos (ni siquiera pido que sean gatos) estarán en las calles con cañita en la mano y un bocata de calamares en la mesa.

Pero supongo que es más fácil (¡y más útil políticamente!) hacer ver que los malos son ellos, que los madrileños somos buenos y moralmente perfectos, que nunca contravendríamos las restricciones ni pondríamos en riesgo a la población más vulnerable. También es dejar que todo repose demasiado sobre el peligrosísimo desfiladero de la responsabilidad individual.

Hay unas cuantas apreciaciones que me parecen muy pertinentes para tratar un tema tan escabroso. Decía Edu Bayón que, en la campaña ayusista, «no se trata de la libertad: lo que están vendiendo es alegría y ganas de vivir». Esto es más o menos así, y los dos candidatos más votados en las últimas elecciones autonómicas no podrían representar opciones más antagónicas: una señora un poquito irresponsable y temeraria (sólo un poquito) contra un burócrata gris que se reconoce «soso, serio y formal».

Creo que, por desolador que sea no poder visitar a nuestros abuelos mientras vemos a turistas adinerados beberse el agua de los floreros, la política pierde potencial de movilización cuando su mayor gancho es el miedo a la muerte. Una mayoría alternativa puede ganar Madrid… bajo la condición de que esa mayoría alternativa presente otro proyecto vital, otro horizonte, otro futuro distinto a ser un bar abierto las veinticuatro horas o un parque temático del goce y la bebida.

Será que mi discrepancia es más una cuestión de forma que de fondo, igual que con uno de los eslóganes de Más Madrid: ellos hablaban de un «Madrid libre de», cuando la batalla genuina se da en el «Madrid libre para». Y qué importante, incluso ahí, no caer en el marco de la libertad asesina ayusista… en el cual no hay victoria posible.

Las formaciones de izquierda parecen tener clarísimo, y yo no tanto, que enfrentarse a la sociedad de consumo desde la responsabilidad individual y las restricciones es un marco ganador, incluso un año después del comienzo de la pandemia. Es peligroso, aviso, y no quisiera ser ceniza: quizá la izquierda, pidiendo a gritos que acabe la fiesta, se dé cuenta tarde de que tener la razón moral no conlleva tener la razón política.

Resulta que, de darse otra coyuntura, a lo mejor estaríamos defendiendo cosas distintas… como en Francia, donde un Gobierno neoliberal decretó en octubre el cierre de los bares, y cerrados siguen, con un toque de queda a las seis de la tarde y la población montando fiestas ilegales (que llevan siendo ilegales, insisto, casi medio año; ¡esto no evita que se monten!) en pisos privados; país en el cual la izquierda de Jean-Luc Mélenchon propone la reapertura de los pequeños comercios y habla de la necesidad de una estrategia alternativa al confinamiento, definido como «una violencia psicológica que cada uno debe ejercer contra sí mismo, privándose de todo».

¡Privándose de todo! Me vienen a la cabeza las palabras de Xandru Fernández, en un artículo que sacó durante el primer confinamiento, titulado Elogio de la frivolidad: «Digámoslo de una vez: puede que haya poderosas razones para aplazar nuestros sueños y deseos, pero no hay ninguna razón, ni sanitaria ni política ni de ninguna clase, para dejar de manifestar nuestra frustración y nuestras ganas de vivir».

El problema de este tipo de discursos, pues, que coyunturalmente ha asumido la izquierda española, es que no tienen en cuenta ni la frustración ni las ganas de vivir; en otras palabras, aquello que decía Mark Fisher en Realismo capitalista: la izquierda tiene que hacerse cargo de los deseos que ha generado el capitalismo, porque este es incapaz de satisfacerlos. ¿Por qué seduce lo que ofrece Ayuso? Permite liberar toda esa pulsión libidinosa: permite, además, deshacerse de la culpa o la vergüenza.

Fue Ayuso quien firmó aquello de los criterios de exclusión para no trasladar a los mayores de las residencias a hospitales. No son los gabachos borrados guiados por la Libertad que se maman en las calles de Madrid los máximos responsables de las víctimas del coronavirus: resulta, en este caso, que la irresponsabilidad política tiene nombres y apellidos.

Es normal indignarse ante el jolgorio cuando no puedes ir a otra provincia a visitar a tu familia, que llevas sin ver meses. O cuando te toca de cerca ser (o convivir con) población de riesgo. Pero estamos cayendo en la trampa, tan peligrosa, de confundir a Ayuso con la Libertad. Y esto ha de quedar muy, muy claro: pueden ganarse unas elecciones contra Ayuso, pero ante la Libertad, incluso si hablamos de aquella que su partido ha manoseado y pervertido, no hay victoria posible.

No se ganarán elecciones bajo el lema de que "la gente muere por culpa de los franceses"; ni siquiera se ganarán si hablamos de que "la gente muere por culpa de Ayuso". Ante la astracanada ayusista que hacen pasar por vida, la izquierda tiene que responder con otra vida distinta… y con otro sistema económico (¡mal camino el de Gabilondo, negándose a subir los impuestos!).

No es que Madrid sea ahora el nuevo after de Europa o se haya convertido en una nueva Magaluf: es que España entera ya lo era o llevaba tiempo siéndolo; turismo de sol, playa, borrachera, balconing y hordas de turistas.

El futuro es para quien exponga un proyecto lo suficientemente sólido como para convencer de que su alternativa es posible. La derecha tiene el suyo: que se mueran los pobres, que circulen los cubatas. La izquierda, si quiere que Madrid sea algo más que un after, no ha de repartir moralinas o denunciar los ayusismos: tiene que saber articularlo con un poquito de astucia… y con la promesa de otra vida.