Dominio público

14 de abril de 1931 - 14 de abril de 2021

Ángel Viñas

Historiador especializado en la II República, Guerra Civil Española y el franquismo

Alegría por las calles de Madrid tras proclamarse la II República.
Alegría por las calles de Madrid tras proclamarse la II República.

El que ahora se celebra es un aniversario especial. En primer lugar, es redondo. En segundo lugar, cubre lo que hoy deberíamos considerar nuestra historia contemporánea y no remontarnos a la guerra de la independencia o, en el mejor de los casos, a las Cortes de Cádiz. Los noventa años son el período en que conviven diversas generaciones en un mismo territorio y cuya vida coincide con tal lapso de tiempo. Dentro de diez años, en el centenario, tal constatación no será posible.

En este período de nuestra contemporaneidad se ha producido un viaje con marcha hacia adelante, hacia atrás y de nuevo hacia adelante. Las reformas que inició la República hace noventa años en una España con relativamente bajos niveles de desarrollo económico, social, cultural, institucional  y político son historia. También lo es que fueron anegadas en el fuego y en la sangre. Un sistema potencialmente similar al de las democracias de nuestro entorno fue derribado por la fuerza de las armas tras una sublevación preparada con pretextos espurios, con justificaciones no menos espurias y con fines antitéticos a los republicanos, que siempre adolecieron de una notable diversidad pero que en modo alguno fueron homologables a los de las dictaduras fascistas que aspiraban a dominar Europa.

Noventa años más tarde muchas de las aspiraciones republicanas en materia institucional, política, democrática, económica, social, educativa han vuelto a echar raíces en la piel de toro. La España de nuestros días es homologable con las grandes democracias de nuestro entorno. Cada una con sus particularidades, sus problemas y sus conflictos. Solo en los cementerios no los hay. Todos sus ocupantes están en iguales condiciones.

En estos noventa años se han sucedido cinco de reforma, crispación y polarización políticas; casi tres de guerra civil (es un decir, también fue una guerra internacional por interposición); treinta y seis (o treinta nueve según los casos) de dictadura; un lapso de límites variables según los criterios que se apliquen entre la salida de la misma y la reintroducción de un sistema parecido al dominante en una Europa que había cerrado sus puertas al franquismo. Por último, una democracia en la que muchos de los sueños republicanos se han hecho realidad e incluso los han sobrepasado en varios ámbitos.

Nos somos un caso aislado en Europa, pero sí singular. Las dictaduras fascistas o semifascistas cayeron en 1945. Alguna otra sobrevivió (hay que "admirar" el caso portugués). Las dictaduras comunistas empezaron a hacerlo tras el derrumbamiento del muro de Berlín (me precio de ser uno de los españoles que lo vieron nacer y que se lo recorrió enterito).

Como todo país tenemos nuestras características propias. No son mejores ni peores que las de otros. Son diferentes. Compartimos problemas y nos enzarzamos en disputas un tanto singulares. Ya no las abordamos aislados. Hay, sin embargo, movimientos políticos e ideológicos a los que estas circunstancias les repugnan. También existen en Francia, Bélgica, Italia y en los antiguos países del Este.

El análisis de la comparatividad ha vuelto a la escena historiográfica. Es buena cosa, siempre y cuando ello no diluya del todo la singularidad del caso español. La característica más importante del mismo es que, en Europa occidental, somos uno de los pocos países que no ha terminado de ajustar cuentas con su pasado. O, dicho de otra manera, que todavía no se ha reconciliado con su historia.

Nuestra democracia no está basada en el rechazo masivo de la dictadura que tantos años marcó sus antecedentes. Lo mismo pudo decirse en un principio del país que solía conocer mejor, o que menos desconocía, que es la República Federal. En algún momento leí en un libro sobre la RFA que un periodista norteamericano logró de Adenauer la confesión que la naciente República se enfrentaba a un dilema: podía convertirse en un sistema plenamente democrático o hacer justicia y enfrentarse con un pasado algo más que negro. Lo que no podía era atacar simultáneamente ambos problemas. Él optó por la primera alternativa. La evolución subsiguiente abordó el segundo. El resultado está hoy a la vista.

El nonagésimo aniversario de la República puede servir para reflexionar en la vertiente española de un dilema relativamente similar. ¿Hasta cuándo el sistema público de enseñanza, la orientación del mismo, la actividad del Gobierno central y de las autoridades autonómicas condenarán a las nuevas generaciones de ciudadanos a seguir inermes ante los mitos, las distorsiones, las estupideces que se vierten casi diariamente sobre la República española y su pugna por no caer en brazos del fascismo?

En los últimos cuarenta y cinco años hemos aclarado muchas de las parcelas más conflictivas del pasado. El sistema político no ha sabido distinguir adecuadamente entre quienes se batieron por la libertad y quienes la hollaron durante otro período de similar duración. Con independencia de lo que suceda en Francia el año que viene, los españoles deberíamos hacer un esfuerzo para tragarnos nuestros sapos y evacuarlos de nuestro sistema digestivo. Esperemos a los debates sobre el proyecto de ley de Memoria Democrática. Están a la vuelta de la esquina.