Dominio público

Cuba y la estática milagrosa

César G. Calero

Periodista. Ha sido corresponsal en México, Centroamérica, Cuba y Argentina.

Fotografía que muestra a Miguel Díaz-Canel Bermúdez (i), Presidente de la República, junto al General de Ejército Raúl Castro Ruz (d), tras su elección como Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (CC PCC), durante la Sesión de Clausura del VIII Congreso del PCC, en el Palacio de Convenciones, en La Habana (Cuba).- EFE
Fotografía que muestra a Miguel Díaz-Canel Bermúdez (i), Presidente de la República, junto al General de Ejército Raúl Castro Ruz (d), tras su elección como Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (CC PCC), durante la Sesión de Clausura del VIII Congreso del PCC, en el Palacio de Convenciones, en La Habana (Cuba).- EFE

Con el prodigioso nombre de estática milagrosa, los urbanistas cubanos se refieren al estado arquitectónico de esos centenarios edificios de La Habana que se resisten a desplomarse pese al abandono en el que se encuentran. De vez en cuando se viene abajo una gárgola, alguna balaustrada, el balcón entero, pero la construcción aguanta desafiante en su majestuosa decadencia. Nonagenaria, la generación de Sierra Maestra ha dado ahora un paso al costado sin perder el equilibrio. Sigue en pie, orgullosa de su pasado, aunque no le ha quedado más remedio que ceder el poder para que el edificio de la Revolución no se derrumbe.

La cuestión biológica se impone. El general Raúl Castro cumplirá 90 años en junio. Y sus dos compañeros de armas todavía en activo, José Ramón Machado Ventura y Ramiro Valdés, rondan esa edad. El VIII Congreso del PCC que se ha celebrado estos días en La Habana será recordado por la salida del Buró Político de esos tres dirigentes históricos y el alumbramiento de un nuevo líder en el partido: Miguel Díaz-Canel. Quizá la tarea más ardua de Raúl desde que Fidel le pasara el testigo en 2008 haya sido el diseño de una sucesión ordenada.

El apelativo de delfín político solía ser sinónimo de mal fario en Cuba. Ahí están los casos de Carlos Lage o Felipe Pérez Roque, catapultados en su día a la primera línea del poder y caídos en desgracia en 2009 por sus "indignas ambiciones". Ambos habían salido del círculo íntimo de Fidel Castro. Ambos tenían carisma y sobradas dotes políticas. Pero si algo dejó claro Raúl en una de sus primeras intervenciones públicas tras asumir el mando interino del gobierno fue que su liderazgo iba a ser diferente al de su admirado hermano. Y así, de la animada batalla de ideas que marcó el último lustro en activo del Comandante, se pasó al monótono pragmatismo del general.

Sin carisma pero con una lealtad a prueba de bombas, Díaz-Canel, a quien Raúl ya le había cedido la presidencia del Consejo de Ministros en 2018, parece haber sorteado con éxito todas las pruebas de fidelidad a la vieja guardia. A sus 61 años, el nuevo primer secretario del Partido Comunista de Cuba acumula todo el poder que en su día ostentaron Fidel y Raúl. Un mandato que se prolongará hasta 2031 y que girará en torno a esos dos campos gravitatorios que han dominado la escena política cubana en la última década: continuismo o apertura.

Raúl y Díaz-Canel han promovido algunas reformas económicas en la isla durante los últimos años. Un lento gradualismo en el que se daba algo de aire a los cuentapropistas pero ni un respiro a cualquier tipo de disidencia o crítica política. En julio se cumplirán 15 años de la Proclama al Pueblo de Cuba. Aquel 31 de julio de 2006 Fidel Castro, aquejado de una grave enfermedad intestinal, delegaba el poder en su hermano Raúl. La Habana era un hervidero de rumores. ¿Podría Raúl llevar las riendas del país? Las dudas se despejaron pronto. Raúl diseñó una tímida apertura económica que hacía presagiar un horizonte de cambios. La iniciativa privada, ciertamente, se ha desarrollado en una década triplicando el número de cuentapropistas. Pero se circunscribe principalmente a los servicios de hostelería y transporte urbano. El octavo congreso ha resucitado el mantra de la "actualización del modelo económico" sin alterar el eje del sistema socialista, con los sectores estratégicos bajo el paraguas del Estado y el mantenimiento del partido único. En el congreso de 2011 Raúl hablaba ya en esos mismos términos.

Pese a su incuestionable trascendencia histórica (ningún Castro estará ya al mando del país), el congreso no ha hecho sino un ejercicio de gatopardismo a la caribeña. La denominada vía vietnamita (esa apuesta por la economía mixta de la que ya se hablaba hace más de diez años) no se vislumbra a corto plazo. El propio lema del congreso ("continuidad y unidad") resumía el estado de las cosas en la isla. Y por si quedaba alguna duda, Raúl se encargó de despejarla en su discurso ante los delegados: "Hay límites que no podemos rebasar porque llevaría a la destrucción del socialismo, porque las consecuencias serían irreversibles y conducirían a errores estratégicos y la destrucción misma del socialismo, y por ende de la soberanía de la nación". Los defensores del aperturismo tendrán que esperar algún que otro quinquenio más.

Cuba vive inmersa en su enésima crisis económica, agudizada por la pandemia. El virus se llevó por delante el turismo, fuente esencial de su economía, e hizo caer el PIB un 11% en 2020. Los avances en el desarrollo de su propia vacuna son esperanzadores para revertir una crisis en la que también intervino el reforzamiento del bloqueo norteamericano durante el mandato de Donald Trump. La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca hizo pensar en una vuelta a la etapa de deshielo de Barack Obama. Pero a día de hoy, no suena ningún teléfono rojo en el Palacio de la Revolución. La isla se aferra así, una vez más, a su capacidad de resistencia (y de resignación).

La vieja guardia sigue temiendo las reformas. El progresivo acceso de la población a Internet en los teléfonos móviles ha generado nuevas formas de protesta, como las que protagonizaron los miembros del colectivo San Isidro a finales del año pasado. La exagerada reacción gubernamental fue difundida por las redes sociales y algunos artistas de renombre levantaron la voz en público en defensa de una cultura sin ataduras. Pese al relevo generacional, el régimen continúa siendo alérgico a la crítica. Díaz-Canel pertenece a una nueva generación de líderes que nacieron después del triunfo de la Revolución. Ha hecho carrera en el partido desde joven y no parece que se sienta incómodo con la supervisión de su gestión por parte de la quinta de Sierra Maestra. Pero deberá hilar muy fino para que la estática milagrosa siga manteniendo el edificio en pie.