Dominio público

Democracia o libertad

 La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante un acto de campaña. EFE/Fernando Villar
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante un acto de campaña. EFE/Fernando Villar

En uno de los episodios nacionales de la tercera serie, Los ayacuchos, escrito en 1.900 pero ambientado en la regencia de Espartero (1840-1843), Fernando Calpena, el protagonista, se lamenta de la victoria propagandística de los reaccionarios: "Con esta táctica los que tiranizan al pueblo saben muy bien cómo han de componérselas para convertirlo en caballería que les arrastre el carro de sus triunfos, mientras que los defensores de la soberanía popular, los propagandistas de la Libertad, ignoran hasta las más elementales reglas para utilizar la fuerza de las masas en defensa de sus ideales". La llamada "guerra cultural", como vemos, viene de lejos, y al parecer siempre la han ganado las derechas, que han sabido utilizar "la fuerza de las masas" en su favor. Como las tácticas cambian con los tiempos, la única diferencia, no pequeña, es que hoy los que tiranizan al pueblo son también "los propagandistas de la Libertad". Esa es una paradoja que propone además un enigma sin respuesta: el de por qué la palabra Libertad excita más cuando la usa la derecha que cuando la usa la izquierda.

Hace unos días, el periodista Esteban Hernández hacía una reflexión interesante. Decía que el momento en el que se podía ser liberal en política y neoliberal en la economía ya ha pasado; y que, por tanto, "si se sigue apostando por la ortodoxia en lo económico, el correlato será el iliberalismo en lo político". Esta regla sencilla, extraída de la realidad brutal de la pandemia, explica sin duda las reformas radicales de Biden y, frente a ellas, el destropopulismo neoliberal de Trump, Bolsonaro, Orban y, desde luego, de Isabel Díaz Ayuso. La característica central de eso que, a falta de otro nombre, se ha llamado "trumpismo" es que se trata de un autoritarismo libertario: el ataque a las instituciones democráticas se hace desde la defensa de la Libertad.

Uno de los éxitos de la campaña del PP en Madrid ha sido el de consolidar de nuevo, y endurecer en su formato más binario y radical, el eje izquierda/derecha, en cuyo desplazamiento la nueva izquierda depositó tantas esperanzas. Es verdad que estaba justificado en nombre de las alianzas anunciadas, pero no dejaba de resultar extraño, en la noche electoral, que el reparto de escaños se reflejase gráficamente por bloques y no por partidos o antes por bloques que por partidos. A nadie en Alemania, por ejemplo, se le ocurriría representar de esa manera la distribución del voto, incluyendo en una misma caja a la CDU y a AfD y en otra, frente a ella, a SPD, Die Linke y Los Verdes juntos. No creo que haya ningún otro país de Europa donde el eje izquierda/derecha haya estado más cerca de descoserse y donde haya recobrado hoy una forma más clásica y feroz, lejos del hipócrita e insípido bipartidismo del 78 y más cerca de la confrontación guerracivilista de los siglos XIX y XX. El trumpismo español abreva, como una vieja mula, en la historia de España.

Porque el otro éxito de Ayuso ha sido el de fijar esta confrontación en un eslogan sorprendente para el siglo XXI: "comunismo o libertad". Los dos términos son tan contraintuitivos que necesariamente sacuden el alma. El comunismo ya no existe, ni como promesa ni como amenaza. Libertad, por su parte, es una palabra que no asociamos a la derecha, cuyos discursos suelen centrarse más en la "seguridad" -como hizo Vox-, en el orden, la patria o la familia. Ayuso, que es la tonta más lista del mundo, lanzó con intención esa consigna, que recogió torpemente una parte de la izquierda para, dándole la vuelta, cerrar la trampa: "fascismo o libertad". A partir de ese momento -sólo a partir de ese momento- el comunismo cobró existencia como amenaza en un país en el que el término "fascismo", nos guste o no, acusa más bien al que lo usa. Si queríamos que una mayoría social viviese con miedo la presumible victoria del tándem PP-VOX la izquierda tendría que haber usado una palabra que diese miedo. Fascismo, en España, no lo da. Incluso suponiendo que ese sea el verdadero nombre -no lo creo-, se imponía renunciar a una verdad inútil que generaba más indiferencia o rechazo que consenso movilizador. La historia de España impone un recinto semántico que nos puede parecer muy triste y muy injusto, pero que no podemos forzar sin renunciar a intervenir en ella.

No sé cuáles han sido los motivos por los que incluso los barrios y ciudades del sur de la CAM se han inclinado por el PP. Me gustaría que alguien se tomase la molestia de preguntar a sus habitantes. No estoy dispuesto, desde luego, ni a condenarlos ni a exonerarlos de responsabilidad. Somos todos mayorcitos. Me preocupan más las políticas de los partidos -no digamos las de los medios de comunicación- y la mayor o menor eficacia, como recordaba Galdós, de las estrategias desplegadas por unos y por otros. Puestos a especular, mucho me temo que una parte del voto del PP ha sido tan activamente negativo como el de la propia izquierda, pero dirigido en este caso contra los que usaban el término "fascista" con desprecio y agresividad. La izquierda se estaba defendiendo del Mal; los que han votado a la derecha también. Resulta que en Madrid hay más personas que temen a los que denuncian el fascismo que al fascismo mismo, en el que no creen o al que no reconocen existencia.

Ahora bien, conjeturo que, junto a este voto en negativo, ha habido otro trágicamente positivo, cifrado en el segundo término de la disyunción: "libertad". Creíamos que la pandemia iba a servir para cuestionar la normalidad de la que veníamos; su prolongación ha activado, más bien, una dolorosa nostalgia de la misma. Esa normalidad, no lo olvidemos, era la de una subjetividad neoliberal construida en el interior de una lujosa nave a la deriva. Madrid era ya el Titanic antes de la pandemia: el rentismo, el dumping fiscal, el ladrillo, la hostelería, la corrupción, se engranaban en una tramoya de dependencias en la que la desigualdad se asumía como inevitable. No creo, no, que los votantes del PP desprecien a los muertos. Ocurre más bien, me parece, que buena parte de la población madrileña, golpeada por la crisis sanitaria, había asumido ya que viajaba en el Titanic y que el Gobierno central no iba a salvarlos. ¿Qué podía hacer?

En el Titanic, un momento antes de naufragar, la única libertad que se tiene es la de bailar y beber cañas. Cuanto más frágil e impotente se siente uno, más necesitamos un ansiolítico o una cerveza (y quizás no es una casualidad que las dos fuerzas que más apoyo han recibido el 4M son las que han hablado, respectivamente, de psicofármacos y de bares). Nos hemos reído mucho con la ocurrencia de las cañas, pero Ayuso sabía muy bien lo que estaba haciendo. No prometía whisky o Vega Sicilia. Prometía cañas a los pasajeros de la tercera clase. Nos hemos reído mucho también con lo del "modo de vida" madrileño, pero Ayuso sabía muy bien que en el Titanic se necesita "un modo de vida" antes de morir. Las élites han votado al PP en defensa de sus intereses; las clases medias y populares en defensa de su "modo de vida", interrumpido trágicamente por las medidas del gobierno contra la pandemia.

En el Titanic, es verdad, se tienen las libertades del Titanic, que son, en este caso, las del Ello desencadenado por el capitalismo neoliberal, el cual se reproduce ampliando las "libertades" libidinales, no curando, cuidando o ahorrando energía. Esa es su ventaja. Durante la campaña alguien colgó en la red un meme para apoyar a Unidas Podemos; dividido en dos partes, en él se veía a un lado la imagen de un cirujano inclinado sobre el cuerpo pasivo de un enfermo terminal; debajo estaba escrito: la izquierda. Al otro lado se veía la imagen ya famosa de la noche de Madrid: ese racimo de jóvenes franceses borrachos coronado por una chica exultante que agitaba una bolsa del Corte Inglés y una copa llena (escena que alguien, acertadamente, comparó con el famoso cuadro de Delacroix "La libertad guiando al pueblo"). Debajo estaba escrito: la derecha. ¿Alguien puede imaginar una propaganda mejor en favor del PP? De un lado la muerte, del otro la vida loca. La izquierda defiende la muerte, la derecha la vida loca. ¿Quién podía tener dudas al respecto? La izquierda se preguntaba indignada: ¿por qué no se prohíbe a los franceses lo que se prohíbe a los madrileños? Pero mucho madrileños se preguntaban: ¿por qué no se permite a los madrileños lo que se permite a los franceses? Se nos olvida que en todas las pandemias de la historia, el miedo ha  generado dos tipos de reacción: la de proteger al otro y la de rebelarse festivamente contra la muerte. La pandemia ha estado muy presente en la campaña a través de las dos candidatas más votadas: una médica y una tabernera. La tabernera ha ganado. Ayuso ha aprovechado la pandemia para introducir un elemento revolucionario que la nueva ultraderecha no tenía y que -este sí- evoca la raíz rebelde del fascismo. Me refiero al de la autenticidad, el riesgo y la aventura. Pandemia y capitalismo son una combinación infalible. "Libertad o muerte". Libertad.

Si volvemos ahora a la observación de Hernández sobre la disociación entre neoliberalismo y liberalismo, hay que llamar la atención sobre el verdadero mensaje del iliberalismo libertario de Ayuso. Nadie se ha atrevido a formular sin velos la disyunción real operante bajo las consignas del PP y de UP. No se trata de escoger entre comunismo y libertad o entre fascismo y libertad. Se trata de escoger -inesperada y terrible disyuntiva- entre democracia o libertad. El iliberalismo libertario del trumpismo ha roto cualquier enlace posible entre la defensa de la democracia y la defensa de la libertad, tal y como anunciaba ya, hace quince años, criticando el neoliberalismo, el helenista marxista Luciano Canfora. En una entrevista de campaña Ayuso lo dejó entrever: "Puede haber democracia plena pero no libertad", dijo, insinuando ya una divergencia y una oposición, oposición frente a la cual había que tomar partido. Por otra parte, su "comunismo o libertad" nos obligó a todos a recordar la contribución decisiva de los comunistas en la construcción de la democracia en España, de manera que -astutísima otra vez- nosotros mismos identificamos comunismo y democracia como enemigos de la libertad. No olvidemos que, desde antes de la pandemia, el problema era éste: el del retroceso democrático en todo el mundo. La derecha iliberal no cree en la democracia. No quiere la democracia. No quiere ninguna disyunción: quiere "pandemia y libertad".

Frente a "la libertad guiando al empresario y al consumidor", la democracia tiene pocas oportunidades. Pero se trata de dárselas. Se trata, en efecto, de recordar, con Hernández, que la ortodoxia neoliberal es hoy incompatible con la defensa de las instituciones democráticas. Esa es la enseñanza que Biden, en EEUU, ha extraído del trumpismo y de la crisis sanitaria: que no se pueden proteger las instituciones, y la propia hegemonía estadounidense, sin proteger a los ciudadanos. El Madrid "indepe" (como dice Martín Caparrós) ha cedido a la libertad; el gobierno central, el "más progresista de la historia", debe defender la democracia como la está defendiendo Biden. Cualesquiera que hayan sido los errores que hayan cometido UP y Pablo Iglesias (al que despido desde aquí con afligido respeto), nuestro problema es el PSOE. Si la izquierda no quiere que otros votantes, en otras Comunidades Autónomas, voten también "libertad", si la izquierda quiere recuperar en dos años una parte de los votantes de Madrid, deberá abandonar las disyunciones retóricas y las series televisivas; pero deberá, sobre todo, aprovechar el gobierno central para hacer esas políticas sociales, ecológicas, económicas y fiscales que hoy autoriza y hasta reclama la primera potencial mundial del planeta, ante la que tantas veces nos hemos bajado los pantalones; medidas orientadas a evitar el hundimiento del Titanic y, por tanto, el deseo rebelde de una última caña en libertad. Ayuso imita y prolonga a Trump con genética nacional; no estoy seguro de que el PSOE vaya a imitar a Biden. Entre sus dirigentes, mucho me temo, son mayoría los que, si hay que escoger entre "democracia" y "libertad", escogerán una vez más "libertad", aun a costa de entregar a los españoles, atados de pies y manos, a la derecha rebelde iliberal. Antes de culpar a los votantes, démosles un poco de democracia de verdad.