Opinion · Dominio público

Pecados posmodernos

JUAN VARELA

03-13.jpgLa Iglesia se moderniza para competir con las grandes religiones y revoluciones del presente. Busca sitio en el mercado de las verdades, los códigos y las satisfacciones. Necesitada de fortaleza, autoridad y presencia se lanza sobre nuestro tiempo ampliando la lista de pecados. Viejo reflejo. Y lo hace en su versión más posmoderna, a través de los pecados sociales.

Nuevos mandamientos: no manipularás la genética, no te drogarás, no especularás social y económicamente.

El obispo Gianfranco Girotti, director del Penitenciario Apostólico, anunciaba en L’Osservatore Romano las nuevas formas del pecado social, las peores faltas contra el prójimo.

Con los nuevos pecados el catolicismo se convierte a la posmodernidad, a la vida líquida de Zygmunt Bauman siempre en busca de la identidad, y se actualiza para la guerra de culturas que hoy se vive con las diferentes ofertas, religiosas y de otros credos, que encandilan a unos y otros. La ecología como nuevo credo salvador global. La biogenética como gran revolución científica capaz de hacernos entrar en la era poshumana y antropotecnológica avizorada por el filósofo Peter Sloterdijk. Y las drogas, los paraísos artificiales sustitutivos del eterno descanso y que distraen la conciencia del hombre de la revelación de Dios.

Los nuevos pecados no sólo son sociales, apuntan a las peores amenazas contra el pensamiento universal del cristianismo y sus monopolios metafísicos. La Iglesia católica reacciona más tarde que otras religiones. Ha visto el enorme poder de seducción de la lucha contra esos pecados lograda por el islam, por los nuevos cristianos evangélicos americanos o por los grupos católicos más fundamentalistas y opuestos a la modernización de la vida, la doctrina y la norma.

Pero la Iglesia cae en la trampa del relativismo, el peor enemigo denunciado repetidamente por el papa Benedicto XVI. Los anunciados nuevos pecados no son tan fáciles de deslindar como el no matarás. ¿Cuándo se empieza a pecar con la droga? ¿Y cuánto de rico se puede ser sin condenarse? ¿Toda la investigación genética está condenada? ¿Son pecaminosos los ansiolíticos cotidianos?

Respuestas para un canon necesariamente flexible. Tanto que los nuevos pecados podrían llamarse pecados líquidos, por emplear la etiqueta más famosa del orden moderno.

La Iglesia siempre ha sido flexible. Los viejos diez mandamientos dejan un gran ámbito de interpretación. Ahí anida el poder del confesor.

Sospecha: el pecado de los más ricos de Forbes no será igual al de otros plutócratas ni la adhesión al vino y a ciertas sustancias eufóricas tampoco condenará de la misma forma a todos los pecadores.

Si los enemigos de otros tiempos fueron la Ilustración y el liberalismo, la Iglesia condena hoy la globalización, único orden que puede enfrentar y socavar el orden cristiano. Los dos tienen un pecado común: su déficit democrático.

Y como en la expulsión de los mercaderes del templo o la condena de la avaricia, la Iglesia del poder temporal y los fastos cardenalicios arremete ahora contra los especuladores del capitalismo global. La condena de la Iglesia recuerda a la de Joseph Stiglitz en su libro Cómo hacer que la globalización funcione. El Nobel también se queja de la codicia de las grandes corporaciones y su crimen ecológico.

Pero la creatividad capitalista ya ha encontrado remedio a su pecar: la responsabilidad social corporativa y la nueva filantropía. Esas prácticas de superestrellas de los negocios y el poder como Bill Gates, George Soros o Bill Clinton. Liberales comunistas, les han llamado. Ahora podrán ser además devotos cristianos.

Decía Pascal que “los estados perecerían si no se hiciese plegar a menudo las leyes a la necesidad, pero nunca la religión ha sufrido eso ni lo ha usado”. El Vaticano hipermoderno lo desmiente.

En esa condena de la pecaminosa globalización la Iglesia arrumba los años de la teología de la liberación, tan castigados y perseguidos por Ratzinger cuando era el guardián de la doctrina como jefe de la Santa Inquisición.

Demasiado relativismo.

James Lovelock estará contento. El Papa ya se confesó verde el año pasado, cuando admonizó a los poderosos sobre los peligros del cambio climático y el calentamiento global. En el pecado de atentar contra el planeta hay un pequeño reconocimiento del imperialismo ecológico del humanismo cristiano.

Por ahora nada sabemos de si la energía nuclear es pecaminosa o si los problemas del sur de Italia con la basura precisarán de bula.

Los verdes ya pueden rezar y enviar a los grandes contaminantes al confesionario además de continuar su lucha contra los atentados ecológicos. George W. Bush y los neocons, abanderados de la contaminación irresponsable, ya pueden refugiarse en algún credo más acomodaticio. Lo hay, el gran mercado norteamericano nunca falla.

Los dueños de Google, el muy filantrópico Warren Buffet o Amancio Ortega de Zara ya pueden correr a por la salvación de hinojos. Afortunadamente, monseñor Girotti ha reafirmado que la penitencia redime.

“El pecado es una palabra, un pensamiento, un acto, un deseo o una omisión contrarios al plan de felicidad que Dios tiene para el hombre”, dice el catecismo. Pero los hombres andan a la búsqueda de otras felicidades sin esperar los
designios divinos.

La sociedad secular debe estar atenta. La religión se expande sobre todo lo humano. Primero fue el islam, imponiendo sus deberes sobre la vida cotidiana, le siguieron los fervientes evangélicos y ahora anda la Iglesia de Roma acomodando su canon.

Muchos piensan que la moral religiosa ayuda la ética civil para mejorar a los ciudadanos. Pero la religión es ambiciosa. Los pecados de hoy marcan una política, un modelo de sociedad y de futuro en el que todos, más allá de los creyentes, tenemos algo que decir.

Juan Varela es periodista y autor del blog www.periodistas21.com

Ilustración de Iván Solbes