Opinion · Dominio público

Reflexiones sobre una tragedia

Antonio Guterres
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y ex primer ministro de Portugal

Hace unos días celebramos el 60 aniversario de la Convención de Ginebra sobre los Refugiados, que surgió por el fuerte sentimiento de “nunca más” impulsado por la terrorífica experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Se ha adaptado y ha perdurado durante seis décadas de grandes cambios, pero continúa dependiendo de estados tolerantes, abiertos y compasivos.
Noruega es uno de ellos. Gobernado por un primer ministro cuyo propio padre en su día lideró la organización que tengo el privilegio de dirigir, Noruega ha sido reconocida durante mucho tiempo por su generosidad, su tolerancia y su devoción por la paz. No es casualidad que sea la sede del Premio Nobel de la Paz.
Que este país haya sido objeto de un ataque tan tremendamente brutal y sin sentido como el del pasado 22 de julio es la más cruel de las ironías.
En ACNUR nos ha entristecido especialmente. Entre las víctimas del tiroteo en la isla de Utoya había refugiados y personas en situaciones similares a la de los refugiados que habían sido reasentadas, precisamente en Noruega, por ser un lugar pacífico, por su tolerancia y su generosidad.
Además, entre los muertos por la explosión en Oslo había una antigua colega. Una persona que había trabajado con ACNUR como Joven Profesional (JPO), una de las mejores y más brillantes del país. Una mujer dinámica, dedicada y trabajadora, deseosa de aprender y compartir, plurilingüe, abierta y alegre. Asesinada. Me quedo sin palabras cuando intento buscar un sentido a todo esto. Al haber sido tocado tan de cerca por la tragedia, es inevitable el peligro de que la tristeza dé paso a la ira. Es comprensible. Pero sería un error.
El presunto autor de la masacre asegura que la llevó a cabo en respuesta al multiculturalismo y a las políticas proinmigración de Noruega. Estas se caracterizan, según él, por ayudar a los musulmanes a “asumir el control de Europa”. El voluminoso manifiesto online de este individuo parece haber sido inspirado en parte por blogueros y escritores de todo el mundo que advierten de la amenaza planteada por el islam. La celeridad con la que algunos medios de comunicación atribuyeron inicialmente la autoría del atentado a los extremistas islámicos es reveladora a este respecto, aunque parece que al menos un grupo extremista había reclamado la responsabilidad.
La xenofobia y la demonización del islam no son cotos exclusivos del salvaje homicida. Estos sentimientos, desgraciadamente, se apoyan a menudo en una amplia corriente –populista– de políticos y en algunos círculos mediáticos de Europa y de más lugares. Muchos se quejarán diciendo que no hay necesariamente un vínculo entre el chovinismo nacional y el asesinato, pero en el autor de los crímenes de Noruega vemos que no existe tampoco ninguna contradicción entre ambas cosas.
Los mensajes de alteridad, exclusión y miedo tienen consecuencias. Contaminan el discurso y degradan nuestras sociedades. Disminuyen lo mejor de nosotros, lo que condujo a la Convención que protege a los refugiados vulnerables y perseguidos. Erosionan los valores de tolerancia y respeto por la dignidad humana que son realmente universales, ya sean establecidos en instrumentos jurídicos internacionales o en las tradiciones de protección y hospitalidad de las culturas y las religiones, incluyendo el islam.
Creo que el multiculturalismo es bueno e inevitable. Todas las sociedades tienden a ser multiculturales, multiétnicas y multirreligiosas. Lo contrario favorece el conflicto, un punto que articuló Amartya Sen en su libro Identidad religiosa y violencia: “La insistencia, aunque sólo sea implícita, en una singularidad no elegida de la identidad humana, no sólo nos empequeñece, sino que también hace que el mundo sea más inflamable”.
En tiempos de ansiedad como los que estamos viviendo, con economías inestables y la gobernanza global cambiando de lo unipolar hacia algo nuevo, todavía indefinido, la gente se inclina por lo que le es familiar, por las cosas tradicionales que le proporcionan tranquilidad. Las novedades y los cambios no tranquilizan, pero estos son indudablemente aspectos de la inmigración.
Tanto si se trata del miedo a que los extranjeros nos quiten el trabajo o a que nos impidan la recuperación de un pasado imposible que tenemos mitificado, como si se trata de un miedo psicológico profundo no reconocido a vernos nosotros mismos desplazados a algún otro lugar, la reacción es siempre la misma: lo nuevo y lo no tradicional es una amenaza que hay que repeler. La ansiedad hace que la gente y las sociedades sean más rígidas y esta rigurosidad termina dirigiéndose contra los inmigrantes. Es una reacción tan habitual que puede malinterpretarse como algo natural.
Normalmente, en el discurso sobre la inmigración, no se distingue que los refugiados se trasladan involuntariamente en busca de una protección que sus estados no pueden o no quieren ofrecerles. Los refugiados se convierten en un daño colateral de las actitudes antiinmigración y de las políticas provocadas, por el miedo y la incertidumbre. Si miramos hoy a Europa, allá donde las economías corren mayor peligro veremos altos niveles de sentimientos contra los extranjeros, que en algunos lugares desembocan en violencia. Y en un lugar en concreto, en un asesinato en masa.
Lograr sociedades tolerantes y armoniosas requiere un compromiso de inclusión social y económica y una inversión en políticas para llevarlas a cabo, tanto por parte del Gobierno como de la sociedad civil.
Si hay que sacar algo en claro de lo que la desolación ha llevado hasta allí, que sea el compromiso renovado por los valores de la generosidad, la tolerancia y la paz, por los que el país es conocido. Celebremos Noruega, incluso mientras expresamos nuestra solidaridad con el pueblo noruego.

Ilustración por Dani Sanchís