Dominio público

Democracias comparadas

RICARD VINYES
Historiador
Ilustración por Miguel Ordoñez

 

En discursos y debates relativos a los símbolos de la dictadura en España, sean televisados o radiados, congresuales o escritos en las páginas de revistas y periódicos, es frecuente escuchar o leer una motivación terca y de apariencia inapelable para reclamar su retirada necesaria: "En países como Italia o Alemania, los gobiernos no permiten símbolos del fascismo y nazismo, es impensable encontrarlos en una democracia, no como sucede aquí". Lo común es que esa analogía preceda relatos sobre la Transición tratada como pura y llana traición, pero sobre todo usada como un principio de determinación causal (Dios es un principio de determinación causal) que todo lo explica y revela, pone la luz y quita la tiniebla del pasado, el presente y el futuro de este valle de lágrimas que habitamos. Pero las comparaciones son traicioneras, a veces hasta el ridículo.
Predappio es una bella localidad de la provincia de Forlí-Cesena, en la estupenda región de Emilia-Romagna, con acogedores hoteles, casas de comida y tiendas de antigüedades y recuerdos que llenan sus calles, orilladas por una arquitectura de medida humana, de paz y de belleza cuidada por sus poco más de 6.000 habitantes. Allí nació Benito Mussolini, en una casa rural austera, de herrero y maestra. Y en Predappio se halla enterrado con honor público (y exuberante), a pesar de la ley italiana que prohíbe toda exhibición fascista. Pero la ley ya se sabe que lleva venda en los ojos y, así, Predappio exhibe con interés al fascista número uno, sus restaurantes sirven vino nero, en lugar de vino rosso –que es como llama al tinto la lengua italiana–, y el 28 de octubre sus calles se cubren de neofascistas que, para celebrar la Marcha sobre Roma de aquel 1922, se dirigen ruidosamente al cementerio de San Cassiano y se juntan ante la tumba del duce para cantar y decir urbi et orbi: "Somos y estamos".
Tiendas y bazares de souvenirs hacen su agosto con los más impensables objetos fascistas; aunque lo mejor, lo indispensable, lo más transgresor es el pequeño pero activo comercio con nombre berlusconiano, Predappio tricolore, donde al cruzar el portal su propietario saluda al cliente levantando el brazo. Ahí uno puede volverse loco porque no sabe qué escoger. Es una especie de jauja del objeto fascista: puñales, escudos, bustos y medallas, camisas negras de la época, sudaderas contemporáneas, calzones y bufandas, pijamas, libros y calendarios (por cierto, bastante bestias), incluso dispone de una atractiva sección outlet… todo muy fascista o muy patriótico (muy español, diría Rajoy). Una simbología poderosa que la República no impide porque el comercio es influyente y, además, por lo que parece, sin escrúpulos. Pero la República tampoco tiene demasiados, al fin y al cabo ahí está el obelisco al duce a la entrada de la ciudad olímpica de Roma, o tantos y tantos cementerios repletos de símbolos alusivos al fascio.
Alemania es otra cosa, tan sólo se hallan alusiones simbólicas hitlerianas en los cementerios, que así devienen lugares de reunión de la derecha más conservadora del país. Por otra parte, la decisión de las autoridades de desactivar esos lugares ha sido bastante contundente en los últimos tiempos, ahí está el ejemplo de la tumba de Rudolf Hess, exhumado, incinerado y lanzado a las aguas para que en ningún lugar pueda ser venerado. Como Adolf Eichmann, juzgado en Jerusalén hace 50 años, ejecutado en la horca y lanzado al mar en forma de cenizas. No sé, tal vez sea un ejemplo para los cuerpos de determinados dictadores y fascistas indígenas. Ya se verá, pero la solución parece homologable.
En cualquier caso, el esmero alemán que hoy se percibe no comenzó hasta la caída del muro. Que nadie se lleve a engaño: ¿acaso debe ser recordado el discurso de Konrad Adenauer en la Universidad de Colonia, en 1952, apelando al orgullo de ser alemán? La ‘desnazificación’ fue un proyecto y un producto de los aliados ocupantes, no alemán, y diseñado para el consumo externo, pues entretanto la Administración se iba llenando de antiguos cargos del partido nazi. Se produjo el gesto de Willy Brandt en Polonia, arrodilládose ante las víctimas en diciembre de 1970, sí; pero ese gesto existió por la actitud de ciudadanos que a lo largo de los años sesenta y setenta reclamaron otra memoria pública para su país. Por ejemplo, Beate Klarsfeld, que en 1968, a sus 29 años, le soltó una torta al nuevo canciller Kurt Georg Kiesinger en pleno congreso de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), por su antigua pertenencia al Partido nazi, exigiéndole la renuncia del cargo por ello, e inició en los años siguientes una campaña que permitió que los criminales de guerra alemanes fueran juzgados en la República Federal acabando así su impunidad, lo que consiguió de Willy Brandt.
Personas como Beate Klarsfeld hicieron en la Alemania de los sesenta y setenta no sólo la desnazificación real, sino la limpieza simbólica, y con su presión comenzaron a incorporar la memoria democrática en la nueva Alemania; el Leopold-Dahmen de Colonia –un antiguo centro de detención y tortura de la Gestapo– fue convertido en museo memorial porque un tipo comenzó a pasearse, días tras día, con un cartel de cartón que decía: "Aquí se torturaba"; el barrio de Schoenberg recordó a sus vecinos deportados por iniciativa de otros vecinos, las casas de nazis relevantes fueron señalizadas, etc. Pero fue lento, vino de abajo y de una fuerte conciencia ética. No fueron los gobiernos, sino ciudadanos que se hicieron escuchar y algún que otro mandatario que sí atendió. Las comparaciones siguen siendo odiosas.