Dominio público

¿Hay partido en la izquierda?

Las ministras de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz (c); Igualdad, Irene Montero (i); y de Derechos Sociales y Agenda 2030, Ione Belarra. (EFE)
Las ministras de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz (c); Igualdad, Irene Montero (i); y de Derechos Sociales y Agenda 2030, Ione Belarra. (EFE)

La pregunta es juguetona; dicen que explicar los chistes es la forma más eficaz de asesinar su gracia, así que supongo que algo similar pasa con los juegos de palabras: se intuye que me refiero no sólo a la presencia o ausencia de partido, organización, colectivo, ejército bien pastoreado –en columnas anteriores quedó claro que la única cosa que a eso se parece es el PSOE, aunque la parte de izquierda sea discutible–, sino también a si es posible afrontar los próximos dos años con un poquito de esperanza, no mucha.

Todas las aspiraciones de llegar a ser la formación mayoritaria en un Gobierno de izquierdas han muerto. Enterradísimas. Si en 2015 fue posible, en 2021 antes veremos a Ayuso volando. La aspiración de Unidas Podemos a mejorar los resultados de las últimas elecciones, en un campo de batalla con una división mayor –por ahora–, agoniza lentamente. Unidas Podemos existe de una forma rarísima: hace un tiempo existía como un estado mental, coalición de ánimos extraña, mezcla entre estructura y células y pactos por arriba; ahora existe más como un deseo que como una aspiración, porque hay gente que quiere que exista, pero no sabe muy bien cuánto. ¿Se puede hacer algo? ¿La izquierda es posible? ¿Estamos todos muertos? Yolanda Díaz se hace preguntas, formuladas, claro, de forma diferente en su cabeza, pero aún es pronto como para responderlas… y una sola persona es incapaz de dar resolución a todas, por encantadora, pragmática y carismática que sea.

Si la izquierda lo juega todo a la amenaza de un Gobierno entre el Partido Popular y Vox acabará provocando que suceda esa tan temida confabulación de fantasmitas. Hay una parte del discurso que afirma que llegarán a la Moncloa y vendrán uno a uno a matarnos a todos. Es un discurso que no funcionó en Madrid y funcionará aún menos en España –advertencia, porque la izquierda no siempre lo tiene claro: no son la misma cosa–; si fuera verdad, si Vox pudiera, insisto, matarnos a todos, lo que se estaría destapando sería una negligencia insoportable por parte del PSOE, partido del Estado y en él inmerso por excelencia, que no habría instaurado ningún mecanismo de división de poderes capaz de controlar a los forofos, no habría sembrado las semillas de una justicia mejor, habría permitido que los fascistas campen a sus anchas entre policía y militares, no habría solventado –incluso se habría beneficiado de– ninguno de los déficits democráticos de España, más interesado en el ejercicio del poder entre los cercanos que en la radicalización de la democracia y de sus pilares. Pero un socio de coalición, ay, no haría eso.

Yolanda Díaz es la mejor candidata que tiene la izquierda. Es una mujer inteligente y capaz, pero no sabemos aún demasiado bien si queda algo que no sea ella capaz de generar hoy esperanza en el mundo de la izquierda. Eso es una catástrofe. Habla de que la política debe hacer política, y eso es fantástico; habla de la aspiración a liderar un frente amplio, si acepta liderar, y eso está muy bien. No sé si los demás estarán por la labor. No sé si el partido mayoritario de su coalición, al que ella ni siquiera pertenece, estará por la labor de languidecer un poco más en su existencia menguada, fantasmática. Espero que desde Más País definan lo que sea que vayan a hacer y escuchen con generosidad, mirándose a los ojos; me gustaría incluso que se hicieran cariñitos cómplices. Es difícil. Vamos tarde: en dos años no se construye el mundo. Habría que empezar hoy, ya, pero nadie se habla y nadie sabe qué se puede construir en dos años de sumisión y segundonismo de la manita del Partido Socialista.

En Francia habrá tres candidatos de izquierdas a las presidenciales. Un candidato único que hubiera labrado complicidades entre todos, tarea a la que ya llegan tarde, habría podido llegar a la segunda ronda y acabar como presidente –o primera presidenta– de la República francesa. Ya no. La izquierda va sin frenos a estamparse contra la pared. Lo saben, pero no se intentará construir nada: las elecciones van a ser una primaria de la derecha para elegir a su presidente. ¿Será una lección para España? Espero que no, porque tendríamos menos arte para reventarnos que los vecinos galos, aunque nuestra izquierda esté más viva.

Deseo de todo corazón que la izquierda que se presente a las próximas elecciones esté bien, tenga coraje y éxito, sepa dialogar, se recomponga, no caiga en sus vicios de siempre, se construya. Deseo de todo corazón que haya partido y que no nos estampemos contra la pared, que los proyectos funcionen, que se hable de cosas ilusionantes y se propongan más conflictos y menos historias del lobo que viene. Puede que Vox venga, pero gritarlo más no moviliza más hoy. En Madrid dio un poco igual. Tengo miedo de que ninguno de mis deseos se cumpla. Y eso, ahora que volvemos a septiembre, es lo más terrorífico de todo. Si el objetivo es resistir, estamos muertas; aspiremos a ser un poco más que eso.