Dominio público

Quitad vuestras sucias manos de la Historia

Pablo Casado en una imagen de archivo. EFE
Pablo Casado en una imagen de archivo. EFE

Los amigos del "no reabrir viejas heridas" andan últimamente atareados en hurgar en viejísimas heridas. Encendí el televisor en pleno discurso de clausura de Casado en la convención del PP, y lo pillé perorando sobre un tema de rabiosa actualidad: ¿la renovación del poder judicial? Qué va, algo mucho más acuciante: Stalin y el estalinismo. Así me enteré de que los miembros de nuestro actual gobierno son "amigos de Stalin", cosa cuanto menos sorprendente ya que el líder soviético murió en 1953, y nunca puso un pie en España.

El Partido Comunista Español rompió, junto con sus homólogos franceses e italianos, con la línea soviética en 1977, dando lugar al Eurocomunismo que renunciaba a la dictadura del proletariado para aceptar las reglas del juego del pluripartidismo parlamentario, pero poco parece importarle a Casado el papel decisivo del PCE en los fundamentos de nuestra democracia: si Suárez levantara la cabeza. Tampoco parecía aludir a Stalin por su contribución a la liberación de la Europa ocupada por los nazis, y sí al mito del ogro comunista que sirvió de excusa para los golpistas de 1936. Pero ya sabemos que aquí no hay más golpistas que los catalanes del referéndum, y que los votantes del PP acuden a las urnas para que no nos gobierne Stalin, aunque desde su tumba de la Plaza Roja no parezca muy proclive a concurrir en elecciones. Tampoco parece importar que desde el programa de desestalinización de Kruschev de 1956 sea difícil encontrar algún estalinista convencido en el mundo, como no sea en alguna residencia de ancianos albanesa; ni siquiera Stalin González, opositor venezolano junto a Capriles y Guaidó, parece hacer honor a su nombre. Y es que, ¿en qué otro país de nuestro entorno los líderes políticos siguen agitando el fantasma de Stalin redivivo?

El discurso de Casado en la plaza de toros de Valencia, evocando aquellos buenos-malos tiempos de victorias electorales y corrupción aplastantes, estuvo tan lleno de despropósitos que nos quedamos en aquello de la quinoa que llega en barcos a pilas y obviamos sus resonancias antiestalinistas, que por otra parte no son nuevas: ya recordarán lo del sospechoso parecido de Pablo Iglesias con una foto de juventud del dictador soviético. Pero la cosa no deja de tener su intríngulis, porque si para Casado todo comunismo es estalinismo, para su amiga-enemiga Díaz Ayuso el indigenismo es el nuevo comunismo, y a ver cómo "casamos" a Stalin, genocida y deportador de minorías étnicas por millones, con la Pachamama. Tal vez esa y no otra sea la verdadera batalla ideológica en el seno del PP.

La lideresa madrileña, en sus vacaciones por Estados Unidos contraprogramando la convención de su partido, fue más allá y, con la Casa Blanca de fondo (las ambiciones tontas, contradiciendo al tango de Gardel, ni descansan ni guardan silencio), arremetió contra el Papa, porque está visto que la religiosidad de nuestra derecha es más de la Inquisición que de San Francisco de Asís y el voto de pobreza. Vino a reprocharle a este Papa indigenista y comunista estar renunciando al legado del catolicismo en América, que ella equipara a la civilización y la libertad, nada menos. Isabel Díaz Ayuso no reconoce las civilizaciones inca o azteca como tales, y deberían invitarla (ella asistiría encantada) al próximo concilio vaticano para que explique bien lo del libre albedrío, que los obispos no se enteran.

Causa estupor relacionar las empresas imperiales y de conquista de siglos pasados con la libertad que pregona el liberalismo surgido mucho después (Hernán Cortés nunca habría podido comprender de qué hablan), pero Toni Cantó, que desde que ocupa su despacho del español sabe mucho de estas cosas del pasado, no tardó en salir a jalear a su patrona: arguye, tras mucho estudiar el sistema de encomiendas y a Bartolomé de las Casas, que los españoles en América no fueron conquistadores ni colonizadores, sino "libertadores". Y no cabe ya duda, tras rigurosos estudios históricos, que unos cincuenta y seis millones de indígenas vieron, gracias a las armas, las enfermedades y los trabajos forzosos, sus almas liberadas de los pesares de esta vida.

El alcalde de Madrid Martínez Almeida no ha querido perder vela en este entierro, recuperando otro de los grandes éxitos de la derecha: "Todos aquellos que denuncian lo que llaman el genocidio son los mismos que, sin embargo, defienden en el año 711 la entrada de los musulmanes en España. Critican que hubiera reconquista, les parece fatal que lo hiciéramos nosotros con respecto a la invasión musulmana. Yo no le voy a decir a los musulmanes que nos tienen que pedir perdón por entrar en el 711, por invadirnos", declaró. Resulta que Almeida y los suyos (¿fenicios, celtas, romanos, visigodos de origen germánico?) fueron invadidos. Invadieron su querida ciudad, aunque Magerit no fuera fundada hasta el 852 por el emir Muhammad I. Perdona la vida a los 1800 millones de musulmanes en el mundo, porque a cuál requerir reparaciones por aquella conquista, como no sea al ISIS, único en reclamarse heredero del califato. En cuanto al nombre de "Reconquista", que pretende crear una idea de continuidad espuria entre el reino visigodo del siglo VII y el reino astur leonés del X, no fue acuñado hasta el siglo XIX por la historiografía nacionalista. Aznar ridiculizaba al presidente de México, López Obrador, porque su nombre no daba fe de pertenecer al linaje de Montezuma. No sabemos qué pretendía demostrar con eso, pero lo mismo se le podría reprochar a Al Ma’ida, "la mesa", siguiendo el bucle absurdo.

No les falta algo de razón al señalar el sinsentido de pedir perdón, más allá del simbolismo diplomático, por hechos acontecidos tantos siglos atrás y protagonizados por entidades geopolíticas que no son las nuestras, bajo principios y valores ya superados: tampoco Italia debe pedir perdón por la conquista romana. Pero por eso mismo no tiene sentido alguno seguir reivindicando con orgullo y banderas de la Cruz de Borgoña supuestas glorias y hazañas de una Monarquía católica y universal ya extinguida. La reparación histórica en nuestras sociedades democráticas solo cabe con aquellas víctimas de hechos que quebraron precisamente este orden y cuyas consecuencias persisten en el presente. Y en ese campo, a la derecha española le queda mucho camino por recorrer. Pero también la flamante Secretaría de Estado de Memoria Democrática, y la difusión y debate de una Historia Pública más allá de los muros académicos se enfrentan a una ingente tarea, esta sí, acuciante: porque nuestras víctimas no yacen bajo el hielo de los gulag siberianos, sino en las cunetas de los caminos españoles.