Dominio público

La socialdemocracia y el poder

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA

Profesor de Sociología
de la Universidad Complutense y autor de ‘Más democracia, menos liberalismo’ (Katz)

Ilustración de Javier Olivares

Un género literario no menos aburrido que el de la muerte de la novela es el de la muerte de la socialdemocracia (aderezado con muchas citas de Tony Judt). Los lamentos que se entonan parten todos del supuesto de que la socialdemocracia, tal como la conocemos, está acabada y necesita refundarse, repensarse, renovarse, revisarse y re… no sé cuántas cosas más. Pero igual que la novela no acaba de morir por muchos funerales que oficien los teóricos de la literatura, tampoco la vieja socialdemocracia será enterrada en el corto plazo a pesar de los negros augurios de tantos analistas.
Resulta extraño que la derecha nunca padezca esa angustia existencial. Los liberales no se rasgan las vestiduras por el fracaso estrepitoso de sus recetas económicas ni reclaman una nueva elaboración de sus principios. Esta curiosa asimetría quizá se deba al hecho de que mientras la derecha, con mejor o peor fortuna, es siempre capaz de llevar a cabo sus políticas, la socialdemocracia se ha encontrado, sobre todo durante la crisis, con que las circunstancias le impedían desarrollar su programa. La frustración resultante propicia ese ánimo introspectivo y melancólico que ya es marca de la izquierda.

A mi juicio, el problema de la socialdemocracia no deriva de que sus políticas estén mal diseñadas o anticuadas, ni de que carezca de propuestas para enfrentarse a los desafíos actuales. Algo de eso habrá, sin duda, al igual que lo hay también en la derecha, pero no radica ahí la dificultad principal. Tampoco creo que se trate de que la modernización haya diluido las clases sociales que conforman el tradicional electorado socialdemócrata. Aunque hoy pueda ser más complicado construir coaliciones de apoyo, la socialdemocracia ha logrado sobrevivir a los enormes cambios económicos y sociales que se han producido en el último siglo. La clave está, en mi opinión, en que los partidos socialdemócratas se han olvidado de la cuestión del poder y de las barreras que este opone a la realización de ciertos proyectos políticos. Las resistencias al proyecto socialdemócrata, que se han agudizado enormemente durante la crisis, son de tres tipos.
El poder financiero es sin duda el que impone mayores restricciones. En las últimas dos décadas, el crecimiento de los países desarrollados se ha logrado a partir de una expansión insólita del crédito, que ha hipertrofiado el sector financiero. Puesto que, además, el capital tiene total movilidad, los gobiernos evitan medidas que puedan hacer huir a los inversores. Este tipo de crecimiento basado en el crédito no sólo genera desigualdad, sino que otorga un poder enorme a un pequeño grupo formado por las grandes fortunas.
En segundo lugar, el medio institucional es muy adverso. Los gobiernos europeos han aceptado de forma acrítica la pérdida de poder discrecional en beneficio de instituciones no representativas. Bancos centrales independientes, las reglas del pacto de estabilidad del euro, tribunales constitucionales y agencias reguladoras configuran una tupida red institucional que impide que los gobiernos gobiernen como lo hacían en el pasado. La Unión Monetaria fue diseñada por los gobernadores de los bancos centrales con la aquiescencia, y a veces el entusiasmo, de gobiernos socialdemócratas. Así se creó un Banco Central Europeo con máxima independencia, cuya actuación irresponsable está poniendo ahora en peligro los logros del modelo social europeo.
Por último, se encuentra el poder que procede de las ideas; en concreto, la hegemonía del pensamiento macroeconómico liberal. Es muy común que, cuando los socialdemócratas llegan al gobierno, se rodeen de economistas liberales que se resisten a considerar políticas económicas alternativas a las dominantes en la profesión. A esto hay que sumar la influencia ambiental de los economistas a través de think-tanks, universidades, lobbies, instituciones supranacionales y prensa. Son los guardianes de una ortodoxia que los gobiernos socialdemócratas no se atreven a romper por su excesiva dependencia del saber técnico.
Es verdad que es muy difícil luchar contra las restricciones que impone el capital financiero en estos momentos. Desde luego, no se puede hacer nacionalmente. Las soluciones (reglas más estrictas y tasa a las transacciones financieras) sólo pueden ser acordadas globalmente. En la actualidad, no parece haber consenso suficiente entre los países para avanzar en esa dirección. Ahora bien, los partidos socialdemócratas siguen teniendo algún margen para modificar las resistencias institucionales e ideológicas a sus políticas. Dichas resistencias no son parámetros inmutables. Pueden llegar a vencerse, pero eso requiere una reflexión profunda, no sobre cómo llegar al poder político, sino sobre cómo crear las condiciones para que desde el poder político se puedan hacer políticas progresistas.
Sin esa modificación de la estructura de poder, los partidos socialdemócratas no podrán materializar sus políticas. Y eso acabará teniendo consecuencias sobre las posibilidades mismas de llegar al poder y de mantenerlo. Cuando los gobiernos progresistas no pueden hacer su política, el electorado fiel se desanima y se refugia en la abstención o en partidos minoritarios que no tienen que tomar decisiones incómodas. Por su parte, los electores más volátiles y menos ideologizados optan no por el partido que mejor propuestas pueda hacer, sino por aquel que creen que tiene mayor capacidad para resolver los problemas económicos. Y ahí la derecha lleva ventaja.